Gay Talese en Bogotá

8:25


El arte de merodear

“Vamos a dar una clase de periodismo a los que no sepan, y otra a los que crean saber…”

Así debió empezar su conferencia en el Modern Gym el sucesor de Capote, pero no. Así habría empezado Truman, el prepotente. Talese, amable y pulcro viejito chismoso que se dignó visitar nuestra amada Bogotá, la horrible, empezó de este otro modo su conferencia magistral: “Buenas noches, soy Gay”. Vaya vaya, pensé, cuando al fin pude activar el transistor para la traducción simultánea justo justo sobre la palabra Gay: de modo que viejito pulcro, amable, chismoso, dicharachero y homosexual… Y sonreí por lo bajo (en mi ignorante mal humor que se empezaba a contagiar con más de una hora de espera en los pastizales bien podados del Gimnasio Moderno y de oír a todo mundo picoteando quesos, saboreando vinos, alardeando en mal inglés y jugueteando con el significado ambiguo contenido en el nombre del gran cronista norteamericano.) Pero la voz dulce de la traductora me disuadió pronto de la estupidez colectiva cuando me senté casi en primera fila y encendí el transistor para darle continuidad a la palabra Gay: Gay Talese. Good Evening. Answer as the question next. Le habían pedido contestar cinco preguntas enteramente relacionadas con el oficio que lo hizo famoso: ¿Cómo se hizo usted un periodista diferente, viejito cordial? ¿Por qué prefirió escribir sobre los perdedores en el país de los ganadores? ¿Por qué dejó el New York Times para escribir sus libros estupendos sobre la MAFIA y el crimen organizado? ¿Cuál es su percepción del cubrimiento a la Guerra de Iraq por parte de las agencias de su país, viejito elegante? ¿Qué significa que para vender, en periodismo, sea preciso que los periodistas se vendan? Preguntas sin interlocutor, preparadas con fría premeditación por Andrés Hoyos, viejo zorro y director de la revista El Malpensante. Preguntas a las que el viejito (a primera entrada remolón) empezó a contestar con una voz vigorosa que desdibujaba su edad avanzada sin darse espacio a merodeos, en medio de un auditorio oscurecido a propósito y bajo la luz de un reflector que lo bañaba a todo lo largo que era. Empezó entonces por contarnos lo que le cuenta a todo mundo: la historia de su familia, la vida de su madre desde que llegó a Atlantic City, un pueblo primitivo fundado por metodistas, y descubrió que allí tenían el mal gusto de prohibir desde el modo de sentarse hasta el traje de baño femenino. “Nací en Oshon City. Mis padres vestían a la gente. Mi madre era costurera, les decía a las mujeres cómo se veían bien, qué tipo de vestido debían usar, y las mujeres iban a su boutique para escucharle consejos de moda y sobretodo para entretenerse teniendo a quien contarle la historia secreta de sus vidas”. Talese le ayudaba a su madre en aquella Boutique. Las mujeres acudían allí como acudiendo al siquiatra, contaban sus historias, y el niño las miraba. El niño lo sabía todo de sus minúsculas vidas domésticas. Sabía sus pensamientos. Entendía sus preocupaciones. Sus dolores. Discriminaba sentimientos. Escuchando. Siempre escuchando a las mujeres. “Y se me ocurrió, tiempo después, años después, que quería escribir sobre la gente común, escribir sobre los pensamientos de esta buena gente, sobre sus preocupaciones más esenciales”. Luego volvió a leer el cuestionario preparado por Andrés Hoyos, y pasó a responder el interrogante de por qué prefería escribir sobre los llamados “perdedores”. Dijo que hacia los años 50s en los Estados Unidos el periodismo generalmente se hacía cargo de las personas “importantes”, pero que él había buscado en la ciudad a personas que no iban a ser las principales, y de las cuales, sin embargo, se podía publicar algo quizá contundente. “A mí me interesaban las mujeres en la sombra. Mi primer puesto en el New York Times fue el de cubrir la sección deportiva. Entonces iba y me sentaba muy cerca del cuadrilátero, y allí podía escuchar los chasquidos de los puños y oler sangre”. Al terminar la pelea, los periodistas corrían siempre al camerino del ganador, siempre del ganador, pero Talese prefería ir al camerino de aquel que perdía. Y así descubrió que quien perdía, siempre tenía mejores cosas por contar, y que siempre se esforzaba por justificar su derrota, y que siempre necesitaba explicar más que el otro por qué no había ganado, y que siempre terminaban contándole estos boxeadores el modo en que los echaron de un empleo anterior y el modo en que habían terminado jugándose la vida a los puñetazos… Puso varios ejemplos a continuación: Habló de Frank Sinatra, que fue un ídolo popular muy desdichado en los Estados Unidos, y de quien logró sacar un gran reportaje, su primer gran reportaje, que derrochaba humanidad desde la imagen del título: “Sinatra tiene gripa”. “No es verdad decir siempre que una persona es un perdedor. Pero decirlo implica que no tiene valor. Y a mi no me gusta decir eso de la gente. Las cosas de la vida no se tratan de ganar o de perder, y eso hoy lo tengo claro”. ¿Por qué hoy, viejito sabio? ¿Por la edad? Es que era un viejito tremendamente lúcido a sus años Gay Talese. Y da lástima que este país no se imaginara tan siquiera el tipo de visitante que estaba alojando. Recordó entonces que su mayor dificultad como redactor en el NYT era estar limitado (como todos los reporteros del mundo) por el tiempo y el espacio. (Aquí también, viejito, pero no por esas entidades abstractas del universo, sino por los mismos periódicos de cuarta llamados El Tiempo y El Espacio). La segunda limitación, dijo, es que el énfasis de todo periódico es la noticia, y la noticia en aquellos años era esencialmente de carácter negativo, de robos, de incendios y de crímenes. (Aquí todavía lo es, viejito maravilloso, todavía, y si quieres comprobarlo deberías merodear un poco por las galerías de nuestras salas de redacción de diarios y canales). A Talese lo que le interesaba era escribir historias para hacerlas perdurar hasta el día de mañana. Esto, por supuesto, no le interesaba a los editores de noticias diarias en el New York Times: “Mi interés por escribir libros empezó con una huelga contra los dueños del periódico”. Y habló de 3 meses aciagos en que todos los periódicos de New York se cerraron. “Me vino muy bien el cierre. Tenía una historia acerca de un puente que estaban construyendo sobre el mar, y estuve todo el tiempo entrevistando a un ingeniero, y hablando con los obreros, y viendo salir los pilones del agua. Durante la huelga lo único que pude hacer fue merodear cómo los obreros llegaban, cómo hacían la telaraña, los cables… era un arte el hacer ese puente. Entonces la huelga en el periódico me dio la libertad de los narcóticos. Quería escribir una historia y mantenerme en ella hasta haberla terminado. Volví al NYT después de la huelga, renuncié, y me fui al puente y escribí un libro llamado El Puente”. Talese quería hacer con su escritura lo que siempre quieren hacer los buenos escritores: que perdure. Y por ello nunca más regresó a los periódicos. Se dedicó a merodear la ciudad. Los extramuros del mundo. Y los recovecos de la gente anónima. Para responder a la pregunta obligada sobre su libro a la mafia se puso a narrar a continuación una historia larga, de propuestas y rechazos, de asedios y postergaciones (que no es pertinente reproducir aquí sabiendo que cualquier lector atento puede descubrirla si acaso se le da por leer el libro llamado: “En el nombre del padre”). Pero fue en esta respuesta cuando Talese enseñó los ases de la baraja que lleva bajo la manga, las claves de su merodeo periodístico: para lograr que un mafioso accediera a dejarse narrar, lo amenazó con el peor de los horrores: la posteridad. Le recordó con toda la amabilidad y cortesía de que parece ser capaz el viejito cordial y chismoso en que se ha convertido, que cuando muriera acribillado en una balacera su mafioso postulado, sólo le darían a esa muerte un tratamiento policial, delictivo, jamás glorioso. Dirían a lo sumo que era un hampón, que murió el asesino a mano de otros asesinos. “Pero yo le propuse contar su vida, toda, y no solo la criminal. Cuatro años después me envió una tarjeta navideña, y me citó al norte de California. La historia de su esposa, de sus hijos, de su padre, fue realmente fascinante”. Tan fascinante que el periodista terminó comprendiendo al dedillo las reglas hereditarias del mundo mafioso al estilo italiano (y el peso del dinero mal habido en la conciencia de las nuevas generaciones de un mismo clan) y decidió educar entonces de su propio bolsillo a 4 hijos de capos, y logró además que ninguno se hiciera hampón al crecer. Amable viejito dicharachero… amable y sabio en realidad.
Pero acaso las respuestas más relevantes, las más pertinentes de todo lo que dijo, las que más aluden al triste país que acaba de visitar, las que mejor dibujan su conciencia crítica, el pilar de su magisterio (al mismo tiempo que desdibuja el panorama oscuro del falso periodismo nacional que nos abruma, la ruina de nuestros reporteros imbecilizados) está en sus dos últimas intervenciones: “El cubrimiento de la prensa sobre Iraq es irresponsable. Los de la prensa fueron los tontos que usaron los miembros del gabinete Bush, los idiotas que publicaron como cierta la idea de una guerra en busca de armas de destrucción masiva. La prensa no cumplió su objetivo más noble: la veracidad. No verificaron. Publicaron sin comprobar. Si yo fuera el director del New York Times en este tiempo no hubiera permitido que mis reporteros subieran a los tanques, que formaran parte de la misión del gobierno, que fueran simples agentes de prensa, mascotas de militar. La información que destruye la reputación de la gente no es buena. Nadie puede limpiar una reputación destruida. Los diarios que publican una información que denigre, una información de la que no se conocen sus fuentes, una información que no se puede comprobar, son mediocres y peligrosos, no son prensa libre, están lejanos de la verdad…”
¿Qué quiere decir entonces venderse, señor Talese?
“Les digo a mis colegas: para que la gente se entregue a un periodista, hay que venderse a ellos. Y venderme a ellos es explicar qué hago, qué quiero hacer. Les digo simplemente que creo en su historia, que me interesa su historia, que necesito que me ayuden a entenderla, porque creo que su historia puede ayudarle a los otros a entenderlos también. Por eso me visto lo mejor que puedo. Se necesita buena apariencia para que te cuenten las historias. Lo aprendí de la mejor merodeante que he conocido: de mi propia madre, en una boutique...”
(Creo que estas dos respuestas bastan para resumir muy bien la figura de Gay Talese, el maravilloso gentleman del New Journalism, el viejo hombre del “nuevo periodismo” que ya no es tan nuevo, el gran viejito dicharachero que se sobrepuso a sus quebrantos de salud para venirse hasta Colombia a dar dos bofetadas a nuestro periodismo huero y atiborrado siempre de fuentes oficiales, temeroso hasta los tuétanos a que lo acusen de proselitismo subversivo si le da la voz al enemigo o si acaso interpreta a favor del ciudadano no ilustrado el sentido profundo y mezquino de la charlatanería estatal.)

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