Murió Germán Espinosa (1938- 2007)

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Hay una forma absurda del éxito que consiste en fracasar triunfando. Le ocurre con frecuencia a los ejecutivos cuando (una vez alcanzada la reñida presidencia de la empresa) no les queda sino morir. Le ocurre a los futbolistas cuando ya nadie da un peso por la artillería oxidada de sus dos piernas. A las ex divas del cine, cuando a la hora de combatir arrugas no les queda más remedio que el pérfido aguijón de las avispas. Le ocurre a las divorciadas, a los generales, a los guerrilleros, a los políticos, a los demagogos, a los dictadores (y el fenómeno puede apreciarse con total nitidez leyendo “El Otoño del Patriarca” de Gabriel García Márquez).

A los escritores, por su puesto, les ocurre con más frecuencia. Ernts Hemingway —un escritor portentoso y malogrado como pocos podría ser el ejemplo de mayor evidencia—. Por el contrario, hay una infinidad de autores que pautan la diferencia, haciendo el recorrido habitual y tortuoso de aquella selección darwinista que se expresa así: el más fuerte sobrevivirá. Joyce, Kafka y Hrabal pertenecen al gremio de los sobrevivientes por terquedad. En Colombia hay por lo menos 3 especímenes que sobrevivieron a los desprecios críticos y editoriales: R-H Moreno Durán, Germán Espinosa y Fernando Vallejo. La semana pasada murió el penúltimo de ellos. De cáncer en la lengua. En una clínica bogotana. Había escrito una obra monumental por extensión: cuarenta libros por 69 años vividos. Se había enfrentado a todos esos años, a la incredulidad de la crítica, a la censura de los editores, al desprecio de un país con analfabetismo funcional. La única vez que lo vi, de lejos, fue en una mesa de la feria del libro junto a Juan Villoro, Luz Mery Giraldo y Chaparro Valderrama haciéndole un homenaje a Moreno Durán (recién muerto por otro cáncer) en el 2006. Allí habló del camino difícil que era sobreponerse al fracaso y seguir escribiendo como le tocó a él, a R-H, y a todos los escritores de una generación declarada estéril que se “vislumbraba como un yermo donde sólo asomaran yerbajos despreciables”. Había escrito por encima de todo, y había hecho así el camino inverso a los que fracasan triunfando. Germán Espinosa triunfó fracasando. Alfaguara preparaba la edición de sus cuentos completos para este año, y en la mudez del cáncer, de cuando en cuando se levantaba de la cama para escribir un libro de “reflexiones” que permanecerá inédito no sabemos por cuánto tiempo. Queda su obra, su postura y un río de palabras que se pierden en el aire: “Acorralados por una crítica autofágica, compuesta por cogeneracionales aupados por la prensa y dispuestos a tolerar tan sólo el compadrazgo o el amiguismo, tres o cuatro escritores luchábamos a brazo partido contra un medio que nos desconsideraba y, en última instancia, abiertamente nos repelía. Sólo dos formas de literatura parecían granjearse el favor de los censores: la que con abyección observara los lineamientos del Partido Comunista o aquélla que se acomidiese a acatar, con igual servidumbre, las tiranías de la moda.”

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