Fotografías Infames

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No hay fotografía definitiva

Por lo menos 2 imágenes hay que Colombia le ha entregado en tres décadas al álbum de la tragedia mundial. Deberían ser más, pero apenas son estas: Omaira Sánchez, la niña de 12 años que sobrevivió sepultada en las ruinas de Armero hace 22 años hasta que murió frente a las cámaras de CNN internacional, y la que ronda en estos días en todas las agencias del mundo con una Ingrid Betancur de pelo hasta la cintura y el rostro demacrado por seis años de secuestro. La primera es una imagen de reportería en medio de una calamidad natural como la explosión de un volcán. La última, sin embargo, debe estar compitiendo al lado de la reportería de guerra junto al cadáver del Ché Guevara, el bombardeo del Guernica, las torres gemelas cayendo y la de Planthi Kim Phuc, la niña Vietnamita bañada en NAPALM que huye por una carretera en medio de los soldados norteamericanos. Umberto Eco supone que para que una fotografía se prolongue en la historia debe reunir por lo menos dos características esenciales: no ser coyuntural y hablar de valores e inhumanidades recurrentes en la historia. El video estático de Ingrid Betancur las reúne. De modo que la comparación del presidente Uribe con las imágenes de los judíos en el guetto de Varsovia no es tan descabellada. Lo descabellado es su falsa conmoción. Su discurso patético donde invoca a la virtud, en un mundo donde sólo median intereses económicos y donde la virtud no puede valer ya nada. Su patrioterismo desvergonzado donde insta a todos los ciudadanos para ser soldados de su causa sin norte, para que delaten al enemigo, o para que se enfilen y mueran o pierdan sus piernas a nombre de la patria. Nada más canalla, sin embargo, que su apología de las leyes y de Francisco de Paula Santander para hacer legítimo aquel leguleyismo que tanto lo caracteriza en tiempos de crisis (y tiempos de crisis han sido todos los de su mandato). Se le olvida que el epigrama tutelar del “hombre de las leyes” era lo que pendía de los muros en el Palacio de Justicia horadado por cañonazos del ejército nacional hace 22 años. “Colombianos: Las leyes os darán la libertad”. Frase necia y contradictoria a más no poder, porque las leyes precisamente no fueron hechas con otro propósito distinto al de restringir las libertades. La imagen de Ingrid Betancur no llegó sola. Llegó además acompañada por una carta dirigida a su madre (que entre líneas se descubre como una carta pública). Tal carta, a parte del dolor manifiesto, evidencia que lo último que se pierde es la clase. Debería ser lo primero en medio de las catástrofes, pero no. El hambre entonces la disfraza de regodienta. La alopecia por estrés se reduce a la falta de shampoo con ceramidas. La adversidad de la selva, en desconsideración de aquellos que no consiguen pronto un diccionario para mantener filudo su verbo político (mejor conocido como retórica o demagogia) es sinónimo de ruindad. La experiencia trágica no le ha servido para poner en tela de juicio los valores esenciales del progreso, y al margen de tanto dolor sigue empeñada en que su hija no se conforme con el magíster en New York sino que además le hace prometer el doctorado, porque sin ser doctor no se es alguien en el mundo. ¿En qué mundo sigue creyendo Ingrid Betancur? ¿En este espectro gobernado por hombres que ignoran el dolor ajeno mientras enriquecen su arca de caudales? El milagro de la libertad significa menos que el doctorado de su hija. Es extraño. A pesar de todo parece seguir teniendo ilusión. Pero lamentablemente, tal y como van las cosas parece que Dios (ni Uribe Vélez) conceden milagros. Leída a la luz de la tragedia esta imagen (y aquella carta) ha desatado diversas manifestaciones en todos los nichos de poder. Francia se estremece y su presidente pide la liberación humanitaria y llama por primera vez a tirofijo “señor Marulanda”. Sin embargo, al presidente colombiano no se le hace ningún llamado. Estados Unidos se estremece y su presidente exige acelerar el tratado de libre comercio para sacar del paleolítico a semejante país suramericano. Y al contrario de lo que opinen los noticieros, Colombia no se estremece. Colombia sólo se estremece cuando su selección anota un gol en el arco de Argentina. Entonces es notable sentir por la ventana el fervor patrio, escuchar gritos de euforia, bocinas de taxi, abrazos y lágrimas. La masacre de Bojayá, ni la de Mapiripán, ni la de San José de Apartadó, ni la tragedia de los secuestrados generan histeria ni lágrimas. Nadie sale a agitar la bandera, o al menos a quemarla, nadie derrite su cédula por indignación, porque sencillamente la tragedia es tan cotidiana que ya a pocos conmueve. Suponiendo que la prensa francesa no genere opinión (como ocurre en Colombia), sino que por el contrario recoja la opinión de su pueblo, y suponiendo que la popularidad de Ingrid después de la susodicha imagen tenga cabida a la hora del almuerzo en los hogares de Francia, lo que resulta dudoso y desalentador es que la misma Francia que desprecia a los inmigrantes clame ahora por una colombiana de adopción y que el presidente Sarkosy vaya a lograr mucho reuniéndose con un personaje como Luis Carlos Restrepo despreciado por las FARC y urgido de siquiatra. Los Estados Unidos, tierra de libertad y democracia, tiene la obligación de velar por sus ciudadanos en desgracia fuera de las fronteras, pero sobretodo debe velar por el bienestar de sus inversionistas en las tierras agrestes y prósperas de Suramérica. Lo cual conduce a que si la solución de los secuestrados radica en aprobar el tratado de libre comercio con Colombia, es porque Bush, antes de la silla eléctrica, también merece un siquiatra. la imagen de Ingrid ha sido comparada por el presidente de Colombia con las fotografías de Judíos sobrevivientes a Buchenwood y Ausztwich. No es que el presidente sea tan semiólogo como viejo zorro al recordar a Europa su pasado de infamia a través de tales paralelos. Lo que olvida el viejo zorro es que el mundo entero conoció mucho antes del holocausto las imágenes del guetto de Varsovia y de Budapest y de Italia, y lloró y se estremeció y echó discursos, pero a los famélicos judíos les sirvió de nada. Al finalizar la guerra terminaron convertidos en simples vestigios para la historia y en cifras que dicen sólo esto: “Entre 500.000, 1000.000,o acaso 3000.000 judíos fueron exterminados entre 1940-1945”. Y luego el silencio. Así funcionan las estadísticas. En esto terminan convertidas las grandes tragedias. Si al menos hubieran medido los hombres muertos por kilos, como en las mejores carnicerías, hubieran llamado más la atención en la memoria colectiva: “Seiscientas mil toneladas de hueso y de carne, ocho millones de litros de sangre, seis millones de libras de masa encefálica desperdiciada”. Casi tan elocuente como la imagen de un torso huesudo forrado de piel camino de Ausztwich. Casi tan elocuente como una mujer cautiva, sentada en silencio, con una mano entrelazando un rosario, y resignada a los dires y diretes del gobernante mayor y sus archienemigos guerrilleros (y sobretodo al ineludible transcurso del tiempo). Susan Sontag escribió en sus reflexiones sobre la imagen: “No hay fotografía definitiva”. Entonces esperemos un poco más y tal vez nos daremos cuenta que el dolor en Colombia se cura con el dolor.




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