La universidad desconocida

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¿Alguien sabe lo duro que jugar a ganar, lo estúpido que es jugar a perder y lo raro que es jugar por jugar? La literatura es en esencia: juego. Y en ese juego, casi siempre la obra gana, y el escritor pierde. Jugó Cervantes, y ganó el Quijote. Jugó Bolaño, y ganó Belano. La España inmensa y poderosa del siglo XVI ganó el privilegio de tener el primer escritor moderno de la literatura universal y lo dejó vivir y morir en la miseria. Chile ganó el privilegio de parir a Bolaño, y no lo supo. México ganó mucho más al darle su cultura, su ciudad monstruosa y su anonimato (y ahí quedó estampado en sus mejores obras). La España pacata y empobrecida de los años ochentas reprodujo la misma afrenta en pleno siglo XX, pero en esos años logró vencer el talento de este escritor Chileno llamado Roberto Bolaño para aguantar adversidades (o lo que él mismo llamó en su novela 2666 “inteligencia del hambre”).


En el prólogo a su novela Amberes habla Bolaño y nos cuenta cómo fue su vida al llegar a España: En aquellos años, si mal no recuerdo, vivía a la intemperie y sin permiso de residencia. Por supuesto, nunca llevé esta novela (Amberes) a ninguna editorial. [...] Mi enfermedad, entonces, era el orgullo, la rabia y la violencia. Estas cosas (rabia, violencia) agotan y yo me pasaba los días inútilmente cansado. Por las noches trabajaba. Durante el día, escribía y leía.. No dormía nunca. Me mantenía despierto tomando café y fumando”. De todas estas notas al margen está hecho el libro de poemas La universidad desconocida.


Es uno de los dos libros póstumos que publicó Anagrama el año anterior. Recoge la poesía completa de Bolaño desde que llegó a España. Luis Fernando Charry dice en Arcadia que la lectura de este libro “a pesar de ese tono conversacional un tanto fallido, de los reiterativos guiños a Nicanor Parra (a los malos poetas normalmente le gusta mucho parra) y de los regulares ejemplos de prosa poética- tiene la virtud de mostrar a Bolaño en medio de la batalla”. Para Rodrigo Fresán (que fue el mejor amigo de Bolaño en sus últimos días de enfermedad), el libro es: “Un tractat –de ahí que además de trascendente, sea peligroso por su potencia radiactiva a la hora de tentar con reproducir un estilo inimitable que, de intentárselo, me temo que resultaría en torpe parodia– al que incautos o irresponsables tal vez interpretarán, más que equivocadamente, como un promiscuo y apto para todo público Manual Para Ser Como Bolaño rebosante de eslóganes y mandamientos y pasos por seguir y calcar por fans adictos compulsivos”. (Ver Letras Libres algo que escribió Fresán)

Yo confieso que me autoregalé este libro hace unos días, después de recomendarlo como regalo de navidad. Creo que con este libro y 2666 el lector desprevenido tiene la oportunidad de llevarse la imagen real del escritor que era Bolaño y de la obra que se propuso -y consiguió- casi dándose puños con la vida.

Me encabrona que ahora digan los amigos que le conocieron en la ambig[uedad de estar enfermo y entre vacas gordas (y pontificando lo que aprendió entre vacas flacas) que no hay que ser como él, que eso es muy duro, que el último libro publicado póstumamente debe leerse como un manual para no ser Bolaño.
Que yo sepa, esa cláusula expresa la dejó dicha sólo para su hijo Lautaro, y era para no verlo sufrir como él sufrió detrás de la belleza. El resto, que se jodan. Si quieren ser escritores de obras inmensas raptadas a la adversidad, pues que sufran, que coman mierda. El último libro póstumo de Bolaño no es un manual para escribir como Bolaño. Es un manual para ser Bolaño. Porque cuando no hay camino, ni luz, ni guía, los escritores imitan a los escritores. Porque Bolaño escribió con el estómago vacío como Cervantes, pontificó como Ezra Pound y se peleó con todo mundo como Ernts Hemingway.



(Calle Bucareli. México D.F.)
«Un minuto de soledad
la frente apoyada
En el hielo de la ventana
Y los tranvías
En los alrededores
De Bucareli
Con muchachas fantasamales
Que se despiden
Al otro lado de la ventana
Y el ruido de los automóviles
A las 3. A.M.»

"Es de noche y estoy en la zona alta
de Barcelona y ya he bebido
más de tres cafés con leche
en compañía de gente que no
conozco y bajo una luna que a veces
me parece tan miserable y otras
tan sola y tal vez no sea
ni una cosa ni la otra y yo
no haya bebido café sino coñac y coñac
y coñac en un restaurante de vidrio
en la zona alta y la gente que
creí acompañar en realidad
no existe o son rostros entrevistos
en la mesa vecina a la mía
en donde estoy solo y borracho
gastando mi dinero en uno de los límites
de la universidad desconocida"

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Maneki-Neco

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