Gotas cordiales de un bienpensante

6:55

cordial. (Del lat. cor, cordis, corazón, esfuerzo, ánimo). adj. Que tiene virtud para fortalecer el corazón. 2. Afectuoso, de corazón. 3. m. Bebida que se da a los enfermos, compuesta de varios ingredientes propios para confortarlos.

¿Será que Andrés Hoyos, editor de la revista El Malpensante salió a marchar “contra las Farc” el pasado lunes? Seguramente. ¿Y será que también esgrimió allí su autoridad de gurú-editor, en la camiseta, como lo hace en el e-mail que remitió a este administrador de blog y a un grupo de contactos? Quiero decir: ¿Será que bajo el eslogan “contra las Farc” de su camiseta estampó también: Att. Andrés Hoyos - Editor El Malpensante? Parece que sí. Por algo es un tipo cordial que siempre da consejos de corazón a los enfermos de la cabeza, y por eso siempre firma sus declaraciones, cuando las hace. Yo también firmo las mías, cuando son mías, pero no soy cordial. Escribo esto porque recibí a vuelta de correo un e-mail firmado por él y a nombre de El Malpensante, que dice así:
Don Daniel Ferreira,
Bastante tonto su “análisis” (no maltratemos sin comillas la palabra), como el de la mayoría de la gente que cree que ante la barbarie lo mejor es callarse la boca y bajar la testuz. ¿Eso lleva a alguna parte? Pues no ha llevado hasta ahora a ninguna. En las marchas, como había millones, había todo tipo de gente. ¿De dónde saca que es legítimo destacar a los tres skinheads que vio y que lo traumatizaron?Ah, y no piense tanto en Hitler: por lo visto maltrata mucho las neuronas.
Un saludo,
Andrés HoyosRevista El Malpensante
Calle 35 N°14-27, Bogotá, DC, Colombia
Teléfonos: 7.1.3200120 ext 111 o 112
En realidad recibí varios e-mail similares, unos insultantes y otros de discrepancia respetuosa (como el del profesor Jorge Enrique Rojas Otalora de la Universidad Nacional) y uno de saludo (no sé si a nombre de las Farc, pero firmado en todo caso por la Agencia ANNCOL que no pongo en la palestra porque tal vez me haga un muy flaco favor en temporada de caza de brujas).
Me había prometido no responder comentarios de nadie, pero la palabra “tonto” y “análisis” del señor Hoyos, y dos problemas de imprecisión en su mensaje magro me mueve a contestar con arrebato.
En primer lugar mi “análisis” de la marcha pasada “contra las Farc”(con comillas para no ofender la semántica) es este. El que circuló la misma noche del lunes es sólo mi expresión libre de la fobia que me produce una muchedumbre de estupidez unánime en pie de lucha o en camino de un concierto de Rock, indistintamente. La marcha del lunes, me amargó el almuerzo. Entiendo que la acidez estomacal y el síndrome de papiloma en un hombre como yo tiene que ver menos con el estado político del país que con la oralidad en el sexo (aunque si me mata el cáncer, moriré diciendo que fue Colombia quien me lo provocó), pero ahora no quiero hacer distinciones y voy a “analizar” los motivos políticos que advierto tras la marcha que me causó tal acidez.
Lo que sucedió el lunes y lo que hizo sensible a tantos editores (véase la editorial de El Tiempo del día miércoles) es que en tres horas ocurrió lo que en otras situaciones requeriría de años: la generación de un mito. El mito de que los pueblos para ser gloriosos les basta con ponerse en marcha. Digamos entonces, la re-generación de un mito. Porque ya lo creyó Mao, y Mussolini, y lo creyó Hitler (que me encanta como figura histórica y me trastornó el seso según el comentario acertado del señor Hoyos), y hasta lo creyeron sus contrarios morales: Luter King, y Mahatma Ghandi. Y todos terminaron muertos, y sus pueblos fracturados.
Para que ocurriera en Colombia la estomacal marcha del lunes anterior, tuvo antes que creer en este mito un único hombre con ínfulas de prócer (que sospecho debe estar detrás de todo el asunto). Lo voy a deletrear para que quede claro que no es el presidente Uribe: J-O-S-É-O-B-D-U-L-I-O-G-A-V-I-R-I-A.
Primo de Pablo Escobar, asesor presidencial y principal consejero, José Obdulio Gaviria es el único personaje siniestro con un poder capaz de hacer que desde la presidencia se den las ordenes precisas para que se mueva al gabinete ministerial, al cuerpo diplomático y a los estamentos militares a la velocidad que hemos visto desde los dires y diretes del presidente Hugo Chávez. La marcha del lunes fue posible porque el gobierno colombiano vio en la iniciativa de un pobre cibernauta anónimo y sin poder de convocatoria (como yo) y que apenas intentaba batir un récord Guinness a través de internet (y hoy está a punto de convertirse en embajador o ministro de comunicaciones), la oportunidad de refrenar el Estado de Beligerancia con que invistió un país fronterizo a la guerrilla colombiana. Allí no se marchó por las víctimas, porque hubieran tenido entonces que marchar por los crímenes estatales y para-estatales que son tantos e innumerables que nunca alcanzan los ladrillos disfrazados de lápidas en ambos andenes de la carrera séptima para recordarlos. Allí no se marchó a nombre de los secuestrados, porque el más flaco favor a estos rehenes se lo hizo la multitud mientras aprobaba y aplaudía tangencialmente la salida del rescate cívico-militar que plantea el presidente de rodear los campamentos en una selva imposible de cercar.
Lo que demuestra tal desmesura en el evento, es que el único “arte” (para no ofender la semántica) que le queda a un gobierno en aprietos, está en invocar el nacionalismo (tan criticado a los venezolanos) a través de la televisión, y así unificar a los indecisos y a los descarriados, ubicándolos de su lado.
Es a la televisión y a sus dueños, a quienes debemos la re-fundación de un mito y el hormiguero que ensució en consecuencia las calles de 120 ciudades el pasado lunes con banderitas e insultos a una abstracción llamada FARC.
El medio es el mensaje, ¿recuerda, señor Hoyos? Yo sé que sí, porque usted es una autoridad recordando títulos de libros y dando buenos consejos. Recomiéndele a los lectores de su revista (entre los cuales me incluyo) algún libro de McLuhan, y Mi Lucha, de Adolfo Hitler, no para que se les atrofien las neuronas (como dice acertadamente usted de mí) al termitero de colombianos que acude a la convocatoria de cualquier noticiario, sino para que entiendan por dentro la manipulación mediática y empiecen a sentir vergüenza al verse desde el aire convertidos en lo que más le causó daño al siglo pasado: “la masa” “la horda” “la muchedumbre de estupidez unánime” como la llamaba José Agustín Goytisolo, mi poeta.
Recomiende algo así, y un que otro librito de historia patria. A ver si hacemos recordación (Del lat. recordatĭo-ōnis) y aprendemos que la guerra en Colombia ha sido siempre una guerra de Bandos sin equilibrios, con una característica que hace particular su ignominia: los muertos los puso el pueblo, las hordas; y los fines y conductos los puso su clase dirigente. La Colombia que marchó el lunes es el mismo país que se levantó el 18 de mayo de 1902 con más de cien mil muertos por la guerra de los Mil Días y al mismo tiempo con el decreto 820 del presidente —y novelista de cuarta— José Manuel Marroquín por el cual nos consagraba al Sagrado Corazón de Jesús. En ese entonces, y en un país cristianizado, el pueblo intonso (Del lat. intonsus. Que no tiene cortado el pelo. 2. Ignorante, inculto, rústico) respondió favorablemente con marchas (procesiones) y misas también llamadas “históricas”, por lo multitudinarias, como jamás se habían visto en todo el territorio nacional. ¿Resultados? Automáticamente, como tocados por el espíritu santo, desaparecieron de la memoria colectiva 100.000 muertos en 3 años y se abonó el terreno para la guerra de los años 50 llamada tautológicamente Violencia. En septiembre de 1940, Laureano Gómez redactó un famoso discurso y lo leyó ante el Congreso, y fue emitido por radio y sirvió para arengar al mismo país cristianizado para que si “el rey atropella al reino, óiganlo bien, honorables senadores, si el rey atropella al reino, entrega al robo las fortuna públicas y privadas y desprecia y vulnera las leyes y la sacrosanta religión… lo mejor sería deliberar sobre lo más conveniente en grandes reuniones después de advertirle al príncipe para que se corrigiera, haciéndole la guerra de lograrlo, declararlo enemigo público, darle muerte. En grandes reuniones públicas se deben pintar cuál es el estrago y cuáles los bienes inalienables y aceptar la declaración de la guerra y seguir las consecuencias de la guerra, cualesquiera que sean” . ¿Resultados de la convocatoria, señor Hoyos? 300.000 muertos que nadie recuerda y el terreno abonado para los crímenes de las guerrillas y los crímenes estatales y para-estatales de los años 60, 70, 80, 90 y 2000.
Si cambiamos la alegoría con que empieza la cita de Laureano Gómez (El rey, o el príncipe) por los blancos visibles de la marcha y la oposición en Colombia (y por otros millones de colombianos descartados del unánime “colombia soy yo” que se encuentran lejos de las ciudades labrando la tierra) el resultado es desalentador: la marcha del lunes fue una marcha del odio. Concertada por las fuerzas más reaccionarias de este país y que llevará a todo un pueblo intonso a validar cualquier método para borrar cualesquiera atisbo de inconformidad y beligerancia de la faz de Colombia por cualquier método, o por cualquier camino.
Ya empezaron los insultos contra mí, insignificante blogsívelo (aficionado al blogspot) que defiende desde este pozo de narciso su derecho a no aplaudir la estupidez de la manada. Y creo que muy pronto volverá entonces el crujir de motosierras.

Un saludo, señor Hoyos
Att. STANISLAUS BHOR
(A título Personal)

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