Otro Alzhaimer de Colombia

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En el año 1972 se otorgó sin bombo ni platillo el primer premio Planeta a un latinoamericano: un tal Jesús Zárate (que ya estaba muerto). Se había muerto en 1967 y su familia había decidido enviar a concurso el manuscrito de una novela llamada La cárcel. El cheque de cien mil pesetas tuvo que girárselo Planeta entonces a sus herederos, y de paso perder la promoción de ventrilocuos que se hace con el rostro del autor vivo cuando está vivo, y modificar las bases del concurso para evitarse de paso fiascos futuros en la difusión con otros posibles muertos: desde entonces sólo podrían participar autores de todo el ámbito de Iberoamérica, pero que aun respiraran. No muertos, como Zárate. Y es de ese Zárate que se sabe hoy prácticamente lo mismo que entonces: además de ser un muerto con cien mil pesetas en el haber, nada, señores. Que nació en 1915, y murió en el 67. Que era santandereano, que había hecho política con el rival de partido de Jorge Eliécer Gaitán, Gabriel Turbay. Que desde el año 49 hasta el 54, publicó en el periódico el Espectador un cuento semanal.

(Y me permito aquí una disgresión: haciendo el cálculo, este mero dato debería llevar al equívoco de pensar en Zárate como una especie de monstruo escribidor al estilo Chéjov, al menos en lo que a capacidad de producción se refiere: 237 cuentos, en 5 años. Pero en realidad, del medio centenar recogidos en un volumen diminuto llamado El viento en el rostro, ediciones Espiral, 1953, y firmados con el seudónimo Zalacaín, se salvarán muy pocos. Son más bien repentistas, periodismo del bueno, del literario, pero tal vez no sirvan más que para una antología de esos profesores universitarios que tiene el buen hábito de alimentar a sus polluelos como los marabú de la India: regurgitando cadáveres.)

Se sabe que escribió también teatro. No se conocen montajes de estas obras, pero se sabe que las escribió y que siguen esperando director en alguna biblioteca. Se sabe que publicó una novela anterior a La Cárcel y cuatro volúmenes de cuentos en España. Eso es todo lo que se ha sabido desde entonces, y por solapas, de Jesús Zárate, y tal parece que eso es lo que se sigue sabiendo hoy.

Yo sé un poco más, porque acabo de leerlo: me basta con saber que escribió una novela que no se parece a nada, una novela que es una de las grandes de Colombia. Y cuando digo "grandes" no estoy diciendo que Colombia sea Grande, o que su literatura sea Grande, o que pertenezca al gremio de los libros Grandes (o voluminosos) de un país pequeño (como Celia se Pudre de Rojas Herazo). Estoy diciendo dos de las anteriores (adivinen cuáles, ¿y adivinaron?). Estoy usando un epíteto efusivo y diciendo que es una verdaderamente Grande, en un país de chicos, en un país donde las grandes novelas se pueden contar con los dedos de mi hermano (que era manco), y eso me basta.

La cárcel no se parece a nada. Pero como todo el mundo insiste en que la gran literatura debe parecerse a algo para lanzarse a leer epígonos, entonces diremos que es una novela que de parecerse a algo, se parece a un diálogo socrático; pero no cualquier diálogo, sino uno muy especial, trascrito por un Platón chiflado de aburrimiento tras los muros de una cárcel, esperando cicuta con su maestro, y no temperando las fiebres en su confortable cama de enfermo.

Los tres capítulos de que está compuesta La Cárcel son un manual de claustrofobia sólo para hombres con más de cincuenta años de prisión. Una cárcel platónica para aquellos que se sientan presos en la pocilga de mundo que nos dieron por cárcel. La leí porque un amigo me contó la anécdota del primer Premio Planeta entregado a un latinoamericano. Pero al finalizar el primer capítulo, ya sabía que era infecciosa como el perro de un leproso, y que estaba condenada a ser una de la grandes novelas desconocidas y sin patria, porque la patria es no estar solo, como dice Mister Alba, el personaje de Zárate que seguramente ocupará un lugar en la memoria literaria de aquel que lo lea, y apátrida, porque Colombia olvidó a Zárate, y porque Zárate olvidó a Colombia, y porque su libro fue escrito para otra gente y para otra época que aun no han llegado, y ya va siendo hora de que llegue.

Para Zárate, escribir es como amar: como levantarle la falda a las palabras, o eso dice.

Zárate es el único que sabe a lo que sabe la sangre de las mariposas, ¿o ustedes también?

Cuatro presos en una celda se detienen a interpretar el concepto más antiguo del hombre, designado bajo la palabra libertad. Cuatro presos de una cárcel se amotinan, se reinventan la comedia de la justicia, domestican a las ratas, hacen florecer rosas de plástico, humanizan el crimen dejando el revólver y volviendo al garrote, y lo más extraño de todo es que el protagonista del libro, un escritor culpable de nada y preso por nada, se fabrique un crimen real para que su condena tenga sentido y después de cometido el crimen se sienta libre y lo dejen libre y enhorabuena.

(El libro fue reeditado por Arango Editores en el 2003, y sobra decir que esto no es publicidad política pagada, sino una campaña personal de desprestigio de la pobre literatura Colombiana, y ensalzamiento de la buena, señoras y señores)

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