El nido de la serpiente

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La portada: Un enmascarado de oro vestido de chaqueta sesentera. Al parecer no dice nada, pero hay que leerse el libro entero para entender que es una gran portada. Eso es lo malo de los títulos y de las portadas: que sólo podemos entenderlos hasta la última página. Y si somos verdaderamente devotos de los libros, nos dejamos engañar por sus carátulas. Para mí hay tres portadas inolvidables: 1. Operación masacre de Rodolfo Walsh, Ediciones de la Flor (El cuadro de Goya que ilustra este blog), 2. Que me quieres amor de Manuel Rivas (sin título, el mero cuadro La hilandera de Jan Vermeer) y 2666 de Roberto Bolaño, de Anagrama y Photónica. Voy a hacerles la reseña de este libro que acabo de leer sólo por averiguar la insipidez de su portada y la enjundia de su interior, y empiezo por el final: “En la espalda tenía aquella frase: born to be free. A lo lejos se veían las luces de la Habana. Me sentía borracho, desorientado y aturdido. No sabía qué hacer. No sabía qué quería ni hacia dónde iba. Pero no podía detenerme. Tenía que seguir caminando y atravesar la furia y el horror.” Así termina estas Memorias del hijo del heladero. Cualquier parecido con el comienzo de Trópico de Cáncer de Henry Miller es puro tributo al maestro. Podría decir que así empieza la Trilogía Sucia de la Habana del mismo autor, pero es mentira, porque no la he leído y mal podría saberlo. Sin embargo no puede uno menos que quererse leer la sucia trilogía después de conocer este libro, puesto que las solapas dicen que este es apena el prólogo a la segunda entrega del Ciclo Centro Habana del tal Pedro Juan Gutiérrez. Lo editó Anagrama (¿quién más podría hacerlo?) en el 2006. No es una novedad editorial. Pero sí una novedad de lector. ¿Dónde más podría engendrarse un escritor y una prosa al mejor estilo de Henry Miller y de Charles Buckowsky (¿Por qué nunca puedo escribir Buckoski bien?) que en la mismísima Cuba? No sé dónde vive este señor Pedro Juan Gutiérrez. La solapa dice que en La Habana. Yo me temo que debe ser gusano, o que le debe haber ido particularmente bien con el régimen si vive dentro y publica libros de este talante en Anagrama. Pero es mejor no asegurar que le ha ido bien ni mal con la censura, porque al respecto no sabemos nada los que conocemos de lejos las vicisitudes de los cubanos: los escritores son tan extraños como las mujeres: pueden amar incluso a un monstruo. La historia del hijo del heladero es una historia de iniciación sexual. Pero detrás se esconde una historia de iniciación literaria. Y aun más atrás: la iniciación de un régimen comunista en el caribe. El protagonista, hijo del heladero, se llama Pedro Juan. Nunca dice que Pedro Juan Gutiérrez. Sólo que Pedro Juan. Y Pedro Juan, además de ser el hijo del heladero que se quedó sin hielo y sin energía para fabricar el hielo de las banana Split y el Cubalibre y el Wishky en las rocas que tanto gustaban a los turistas (en el momento que se acabó el turismo y se acabó el hielo y la energía para fabricar hielo en la Cuba revolucionaria de los años sesentas), es también un aprendiz de escritor. Sólo que no lo sabe. Lee a algunos de los buenos escritores (norteamericanos casi todos): Hemingway, Faulkner, Capote, Sartre, Hansum, Poe, Defoe, Dickens. Y un intelectual en la sombra, con una biblioteca clandestina, acaba por rellenar sus lagunas proponiéndole dos lecturas adicionales: Mi lucha de Hitler y El príncipe de Maquiavelo. Están prohibidos, dice el intelectual, léelos y la vida te será más fácil, porque entenderás los mecanismos del poder. Pero el hijo del heladero ya sabía lo suficiente para entender la vida y el camino de ser escritor:
Las reglas para afrontar el destino
Regla número uno de un escritor cubano, según Pedro Juan Gutiérrez: “Has oídos sordos a los aplausos y a las ofensas”. Regla número dos: “El mundo está vacío. Sólo existo yo y mis personajes. El resto no me interesa.” Regla número tres: “No imites a nadie. Y no preguntes. El camino debes encontrarlo tú solito. “Y regla cuatro: Pagarás un precio alto por alejarte de los caminos trillados.”
Debo hacer una pequeña digresión en la reseña sólo para señalar que si Pedro Juan Gutiérrez pensaba alejarse de los caminos trillados escribiendo lo que a muchos buenos corazones les eriza la piel y les da vergüenza, no llegó muy lejos. El libro fue escrito entre el año 2003 y 2004: a esas alturas ya debía haber más de cien epígonos de Buckowski (Buckoswsky, bucows..) y de Miller en toda América Latina. En Colombia nos ha quedado uno: Efraim Medina Reyes. En Bolivia me parece que también tiene otro. Y en Perú, y en Chile deben tener más de cien, y en Argentina y México, ni hablar: a lo menos miles. En Ecuador y en Venezuela deben estar un poco atrasados, atollados en Huasipungo y Doña Bárbara, pero alguno de esta línea saldrá más tarde que temprano, estoy seguro. El patrón que parecen seguir estos escritores es la de una literatura “dura”, que aborda el sexo explícito y cierta forma de violencia íntima como recurrencia narrativa. ¿Son los escritores sucios los niños terribles de América Literaria? Me temo que no. Más terribles son los presidentes de este hemisferio. Los senadores de Colombia. Los industriales de Colombia. El presidente de Colombia. Los militares y paramilitares y guerrilleros y mafiosos de Colombia, por ejemplo. Eso sí es ser un Enfant Terrible. Pero los epígonos de Buckowsky y Miller no lo creo. Su defecto no es que sólo imiten, sino que a pesar suyo, imiten mal. Buckowsky maneja una estructura clásica del cuento, con una técnica muy definida, y eso olvidan los replicadores ad infinitum de escenas sexuales sadomasoquistas sin sustancia. Un poco de carpintería del oficio no les vendría nada mal para frenar el exceso de semen literario.
Pedro Juan Gutiérrez es de esta línea de literatura “dura” que tiene buena acogida. Es el primer libro suyo que leo, pero no está nada mal dentro de la fauna cohonestadora de la literatura latinoamericana. La historia de iniciación sexual del hijo del heladero es aun más interesante que la de iniciación literaria: Pedro Juan, el narrador epónimo del autor, se folla putas, viejas, adolescentes, vírgenes, feas, pestilentes, enfermas, ladillentas, milicianas; se folla todo lo que le pongan por delante, pero nada lo satisface. En esta Cuba de los años sesenta, la mujer que no es puta, quiere irse de la isla, o sueña con lo que nunca tendrá: un marido acaudalado, hijos, casa, tranquilidad. Sin embargo, las únicas que parecen saber lo que es el comunismo, son estas mujeres de sexo tan generoso. Los hombres no. Un travesti burgués, el único con las dos sensibilidades y agudezas (la del hombre y la mujer, y la del rico venido a menos) es quien sabe lo que se avecina en Cuba en ese nido de serpiente, y es el que lo dice mejor que ningún otro, hombre o mujer: “Todo en este país va hacia la vulgaridad. Todo el que tenga pensamientos propios será condenado. Es un caos Kafkiano, un laberinto sin salida. El desprecio total.” El mismo personaje travestido el que le da la chaqueta que luce el enmascarado en la portada de Anagrama, y la misma chaqueta que lleva Pedro Juan cuando abandona a la última mujer de esos años y camina por una carretera directo a la Habana, sin saber lo que quiere y lo que será de de su vida: Born to be free. ¿Será cierto? ¿Nacer para ser libre?

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