Antes que anochezca

12:19


Un hombre me seguía de cerca con una pistola, yo corrí y me subí a un árbol en el que estuve varios días sin atreverme a salir. El parque se llenó de policías. )(A los tres días bajé del árbol. Tenía un hambre enorme… Insólitamente, en el mismo árbol en que yo había estado subido, había un cartel con mi nombre, mis señales, una foto mía y un enorme editorial que decía: SE BUSCA. )( Nunca dormía en el mismo sitio. Me refugiaba en cunetas llenas de grillos, cucarachas y ratones… a veces, en la noche, continuaba leyendo La Ilíada con ayuda de la fosforera.” Reinaldo Arenas. Antes que anochezca.

Si en algún libro se puede aprender por acto reflejo todo lo que se necesita para escribir (si esto no resulta de por si una imposibilidad ontológica), si en algún libro caben retratados todos los míseros escritores latinoamericanos que han vendido su vida al mejor postor y se han envilecido en trabajos y en profesiones despiadadas que postergaban una obra o los diezmaba anulando su creación, si hay un libro en el que quede plasmado todo el horror de una censura por tener un pensamiento políticamente incorrecto, si en lo que va de un libro de memorias a una novela sobre la vida y la muerte es posible definir la literatura como lo que es: no un oficio, sino una maldición (y al planeta tierra como lo que es: el engaño de un Dios que da el infierno por mundo), si hay un libro que provoque el prodigio de dos emociones opuestas al mismo tiempo: la ira y la ternura, el odio y el amor, el horror y el valor, la locura y la lucidez, y si hay un libro que sea la venganza de un pobre y exiguo escritor contra todo el género humano (que se lo merece), ese libro se llama Antes que anochezca. Es el último libro que escribió Reinaldo Arenas antes de tomarse un cóctel de alcohol y pastillas en su apartamento de Hell’s Kitche en Nueva York, para así adelantársele a un final inminente a manos del SIDA. Se llama “Antes que anochezca” por la sencilla razón de que Reinaldo Arenas tuvo que vivir varios meses escondido en un parque público de la Habana, huyendo de la policía, y en esos meses tuvo que escribir lo poco o mucho que pudo escribir, antes de que cayera el sol, antes del anochecer.
¿De qué huía el escritor cubano? De casi todo. Huía de sus amigos, que lo traicionaron. De la policía secreta que lo perseguía por contra-revolucionario. De los escritores que no le perdonaban su independencia intelectual. De su tía, que no le perdonó su homosexualidad y terminó vendiéndolo. Huía del brazo largo de Fidel Castro. Huía de Cuba. De su pasado. Huía sin poder huir. Dormía en los árboles de ese parque, dormía en las piedras, en un lago desecado y a la orilla del mar:

Morir en junio y con la lengua afuera
Que se viste de blanco, dicen.
Que es un demonio, dicen.
Que sólo su presencia corrompe, que algunas calles se han
encorvado
gracias al maleficio de su mirada.
Que lo vigilan, dicen.
Que de un momento a otro lo van a fulminar, dicen.
Dicen
que lo han visto buscar algo extraviado en el pinar cercano.
Que no se peina, dicen. Que usa pelucas, dicen, que no come,
dicen.
Que es terriblemente cruel y que su rostro varía de acuerdo al
rigor de las estaciones.
Dicen que por las noches sale a robar a la tintorería cercana.
Dicen que por las noches envenena a los perros,
tira cubos de agua hirviendo al patio,
Rompe un bombillo,
Lanza una piedra a la casa de enfrente.
Que no tiene padres, dicen.
Que no trabaja, dicen.
Que sólo se entiende con el mar, dicen.
Que no es un ser humano, dicen.*

Esto decían, en su persecución, los detractores. Y tal vez era cierto. Tal vez Reinaldo Arenas era todo eso, y más. Era un poeta. Y un poeta nunca olvida. Ese es su deber. Ser un testigo insobornable. Hasta es las más agudas desolaciones, sin embargo, el poeta parece reírse de una vida que incluso a él mismo, que la padeció, le suena irreal. Hasta en los momentos más difíciles oímos decir a su humor cáustico: “Procuraba permanecer la mayor parte del tiempo en el agua, (pero) aun en aquella situación de peligro inminente tuve mis aventuras eróticas con muchachos pescadores, siempre dispuestos a pasar un rato agradable con alguien que les echase una mirada promisoria a la portañuela.”
Hay un instante en que el lector de esta memoria formidable levanta la grupa, toma café, fuma una bocana y puede pensar en su confortable sofá que nada puede ir peor con el protagonista, que la huída de Reinaldo Arenas por un mar infestado de tiburones en un neumático con una botella de ron es absolutamente el fin de las capacidades de un hombre, pero baja el pocillo, vuelve a leer, y entonces viene la imposibilidad de escapar, viene el tiempo de vivir en los árboles del parque Lenin, y cuando ya empieza a parecernos insólito que un cuerpo de seguridad en uno de los países más vigilados del mundo sea incapaz de capturar a un pobre escritor desarrapado que se oculta en un parque público, entonces apagamos el cigarrillo con impaciencia, volvemos a leer y viene la captura de Arenas, y cuando pensamos que aquella cárcel del Morro constituye una de las páginas más escalofriantes que se hayan escrito sobre la degradación humana (y que Reinaldo Arenas ya no soportará mucho), escupimos también el tinto y lo cambiamos por vino o Whisky (que misteriosamente echa a saber a sangre y a mierda) y volvemos a leer con aprehensión y llegan las torturas, y cuando pensamos que nada puede ser peor que estar a punto de ser desaparecido sin que nadie sepa de su paradero, volvemos a los cigarrillos y al siguiente capítulo, y con este capítulo viene el descubrimiento y el doble dolor de que tus propios amigos te traicionen, y cuando ya escupimos de asco una vez más y parece que ningún extremo moral y físico puede prolongarse por mucho tiempo, y que vamos a necesitar café para seguir leyendo el resto de la noche el libro de Arenas volvemos a encender el cigarrillo y otro y otro, y todo se dilata en el devenir del relato y en el tiempo perpetuo de los condenados a trabajos forzados.

“Antes que anochezca” tal vez no tenga una prosa muy pulida, es cierto. Pero no porque Arenas fuese incapaz de una prosa pulida. Basta sumergirse en novelas apasionantes como Otra vez el mar, que tuvo que reescribir cuatro veces (las veces que perdió su manuscrito, o fue confiscado por las autoridades cubanas) y basta pensar en versos pulidos como “Morir en junio Y con la lengua afuera” para saber de ritmo. No es prosa pulida la de sus memorias, porque se las dictaba a una grabadora para ser trascrita luego por sus amigos de Nueva York.
Reinaldo Arenas, tras contraer SIDA, y después de soslayar provisionalmente los embates de dos pulmonías y un cáncer en metástasis, está demasiado débil para teclear. Sabía que la enfermedad desconocida lo mataría pronto. Había tenido una experiencia mística (que narra hacia el final de Antes que anochezca) y suponía que sus días estaban contados: “Cuando yo llegué del hospital a mi apartamento, me arrastré hasta una foto que tengo en la pared de Virgilio Piñera, muerto en 1979, y le hablé de este modo: ‘Óyeme lo que te voy a decir, necesito tres años más de vida para terminar mi obra, que es mi venganza contra casi todo el género humano’. Creo que el rostro de Virgilio se ensombreció como si lo que le pedí hubiera sido algo desmesurado. Han pasado ya casi tres años desde aquella petición desesperada. Mi fin es inminente. Espero mantener la ecuanimidad hasta el último instante. Gracias, Virgilio. Nueva York, Agosto de 1990”.
Lo dictó todo a su grabadora, pulió alguno de sus ocho libros de novelas, de sus muchos relatos y rimó las últimas poesías, y luego de dictar una carta donde exonera de culpas a todo el mundo, menos a Fidel Castro, se suicida el 7 de diciembre de 1990.

La imagen viva que le queda al lector de Reinaldo Arenas y de sus memorias, varía según el pasado puritano y militante de tal lector, o según el repertorio de reglas morales que imponga un juicio crítico a una obra que lo trasgrede casi todo. Si usted es de los doctrinarios que detesta y no soporta la idea de que haya homosexuales en el mundo, no lo lea. Si es de los que aun creen que la salvación de la humanidad es el socialismo, no lo lea tampoco, pues la imagen que va a llevarse bien puede variar entre la de un homosexual resentido que no perdió oportunidad para enaltecer el hecho de haberse tirado a tres mil o cuatro mil muchachitos entre Cuba y Estados Unidos, o la de un gusano contra-revolucionario que predijo la caída de un país herido de muerte por los embates de su propia represión.
La que a mí me queda, sin embargo, es la imagen temible de un hombre avanzando en alta mar sobre un frágil neumático, tratando de huir de su país a otro, no menos infame (“si cuba es el infierno, Estados Unidos es el purgatorio”). La imagen que conservo es la de un escritor cubano, vestido con un viejo bluyín roto por la rodilla y que vaga con una bolsa oscura bajo el brazo donde lleva sus manuscritos para ir a esconderlos bajo las tejas de barro de una antigua casa (antes que sean confiscados por los sabuesos de turno). La imagen que aun me persigue, no es una sola. Son muchas. Son tantas que se superponen en mis recuerdos de lector. Son, quizá, terribles. Pero entre las más terribles, se levanta, con un brillo de belleza y absurdidad la imagen de un muchacho que se muere de miedo y que es masturbado en un tren por otro muchacho que se muere de hambre.
Hay otra: la imagen entera de la dignidad expuesta en un hombre enfermo que tiene la valentía de matarse antes de presenciar su propia degradación.
Y hay una, la última
definitiva:
la imagen de todos los escritores de Latinoamérica tratados como apestados, obligados por el sistema de turno a ser lo que no quieren ser o a morir en el intento.
Lo único que se necesita para escribir, es valor. Para hacer arte, se necesitan más cosas.
Reinaldo Arenas las tenía de todas, todas.
Sexo en su tumba.

Autoepitafio**

Mal poeta enamorado de la luna,
No tuvo más fortuna que el espanto;
Y fue suficiente pues como no era un santo
Sabía que la vida es riesgo o abstinencia,
Que toda gran ambición es gran demencia
Y que el más sórdido horror tiene su encanto.
Vivió para vivir que es ver la muerte
Como algo cotidiano a la que apostamos
Un cuerpo espléndido o toda nuestra suerte.
Supo que lo mejor es aquello que dejamos
—precisamente porque nos marchamos—.
Todo lo cotidiano resulta aborrecible,
Sólo hay un lugar para vivir, el imposible.
Conoció la prisión, el ostracismo,
El exilio, las múltiples ofensas
Típicas de la vileza humana;
Pero siempre lo escoltó cierto estoicismo
Que le ayudó a caminar por cuerdas tensas
O a disfrutar del esplendor de la mañana.
Y cuando ya se bamboleaba surgía una ventana
Por la cual se lanzaba al infinito.
No quiso ceremonia, discurso, duelo o grito,
Ni un túmulo de arena donde reposase el esqueleto
(ni después de muerto quiso vivir quieto).
Ordenó que sus cenizas fuesen lanzadas al mar
Donde habrán de fluir constantemente.
No ha perdido la costumbre de soñar:
Espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente.

*Nueva York 1989, de Inferno, editorial Lumen
**Morir en junio
Y con la lengua afuera.
Fragmento Op. cit.
Antes que anochezca, Editorial Tusquets

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