Por unos dólares MAS

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Paramilitarismo 3

Sicarios y sayones

Si en otras épocas hombres como Efraín Gonzales y Sangrenegra y Tirapavas y Chimbilá y Chispas y José María León alias “El cóndor” “Pájaro” o “El pájaro”, encarnaron al mismo tiempo tipos ideales de bandolero, de paramilitar, de asesino y criminal profesionalizado y a sueldo; en los años 80s Pablo Escobar y el núcleo de mafiosos de clase media y baja citadina son los fundadores del sicario moderno colombiano, expresión de la ciudad y el modelo urbano donde empezaron a afincarse el imperio de los carteles y el espacio sublimado que los sabuesos de la literatura han llamado sicaresca. Gonzalo Rodríguez Gacha y el nicho de los mafiosos de clase media y baja rural, por otro lado, son los continuadores de una tradición de sayones campesinos, vestigios del paramilitarismo vetusto que ha sufrido ese otro país rural llamado Colombia desde Los pájaros y Efraín Gonzales, hasta Gonzalo de Jesús y Henry Pérez (y los hermanos Castaño y los recientemente extraditados y las Águilas Negras). Convocados originalmente por las fuerzas militares colombianas y su Doctrina de Seguridad Nacional (que trataba de detener el ascenso del movimiento popular y guerrillero al poder), los sicarios paramilitares encontraron su sentido de ser finalmente al ser implementados por terratenientes y narcotraficantes para su autodefensa a comienzos de los años ochentas, después de “limpiar” a plomo el Magdalena Medio boyacense y santandereano. Mientras Escobar y sus lugartenientes se granjeaban la simpatía de las clases marginales citadinas ofreciendo empleo a jóvenes pandilleros y millones de pesos por cada policía asesinado —es decir, convirtiéndolos en ejércitos personales de sicarios— y a las mujeres repartiendo dinero y obras civiles que les dejaba ante los ojos ignaros en el papel de benefactores; los narcos esmeralderos y terratenientes del lado de Rodríguez Gacha invertían en terrenos baldíos, en lugares de difícil penetración estatal, donde la guerrilla imponía la ley y administraba impuestos a campesinos y compañías petroleras multinacionales y tocaba declararles la guerra por agiotistas, por cobradores y sobretodo: por comunistas. Corría el año 1984, y faltaba poco para que cayera Tranquilandia, el complejo cocalero más grande que ha caído en el sur del país, al mismo tiempo que caía el ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla en una calle de Bogotá. Ocurrió entonces que a Rodríguez Gacha alias el Mexicano, el más emergente de los emergentes capos de la mafia, un ex vendedor de camisetas en la plaza de la Mariposa de San Victorino en Bogotá, elevado a la nobleza por los privilegios de enviar cocaína a Estados Unidos, las Farc le incautaron varias toneladas de cocaína en el putumayo. Gacha le advirtió al mono Jojoy de las Farc que si no le devolvían la droga, la guerrilla tendría guerra con él. El mono Jojoy le dijo que sí. Pero la droga nunca fue entregada en su totalidad al capo. Entonces Rodríguez Gacha cumplió su promesa: en menos de cuatro años, todos los líderes del movimiento político fundado por las Farc (Unión Patriótica) tenían que desaparecer. ¿Quién se beneficiaría de esta guerra declarada entre mafias y guerrillas? En primer, lugar los brigadieres de un ejército asediado por doce grupos guerrilleros, que incapaces de hacer frente a los ataque desempolvaron viejos códigos militares donde al pueblo civil se le veía como un potencial armado en contra de la subversión. Los políticos apadrinados por la mafia. La clase política seglar que se veía amenazada por el impacto de un partido político integrado por guerrilleros amnistiados, sindicatos, campesinos y los sectores más depauperados, y se negó a ceder su fosilizada cuota de poder. Los manufactureros de la coca que veían con impavidez cómo la guerrilla descubría en este negocio la gigantesca mina de oro que los llevaría a socavar al régimen. La sociedad para la defensa de la tradición, familia y propiedad que editaba manuales de anticomunismo para enseñar desde las leyes cómo era legítimo armarse y defender las siglas de su nombre si se veían amenazadas. Los industriales con el ojo puesto en futuras zonas de gran inversión de capital (Chocó, putumayo, llanos orientales). Los terratenientes con el ojo puesto en zonas de alta riqueza como el Córdoba y Urabá donde podían establecer ganaderías que camuflarían muy bien la procedencia de real de sus recursos: la cocaína. Las multinacionales del banano. Los Estados Unidos y su guerra insulsa contra la droga. La sociedad que aceptó al paramilitarismo como un mal necesario. Los obispos que bendijeron fusiles paramilitares en las plazas públicas, frente a las cámaras de la televisión. Las élites colombianas representadas en seis notables de todos los sectores que se reunían cada mes, con capucha y lista en mano para dictaminar un magnicidio o un genocidio. El pueblo colombiano que vio el desangre con la desidia de quien está tan acostumbrado a la desgracia que una masacre más ya no lo conmueve. ¿Qué provecho le sacaron? Tener hoy el 90% de los territorios más fértiles del país en sus arcas. Formalizar el asesinato como una economía menor. Tener una representatividad en el parlamento. Haberse deshecho de sus matarifes para quedar limpios en el sumario. Obtener sobre sus crímenes toda la impunidad y todo el olvido infame que le cabe al mundo. Haber pulverizado a una generación entera de colombianos, convirtiendo a unos en muertos y a otros en asesinos. Ser una consolidada minoría de cinco millones que eligen y gobiernan otro país conformado por treinta y cinco millones de pobres. Haber eliminado toda verdadera oposición de la faz de Colombia.


La guerra limpia

En enero de 1988 fue traído a Colombia un mercenario Israelí llamado Yair Klein (hoy detenido en Rusia y a espera de ser extraditado a colombia) para que entrenara en técnicas de asalto urbano al grupo más selecto de asesinos de todas las mafias y sus ejércitos insipientes: tres de Pablo Escobar, dos de las autodefensas del Magdalena Medio (encabezados por Henry Pérez), un par de la autodefensa del Córdoba enviados por Fidel Castaño (Rambo), uno de las autodefensas del margen izquierdo del magdalena (Ramón Isaza), uno de Angostura de los Andes (canoso Parra) uno de carare-opón (Miguel de Jesús Baquero, Vladimir) y otros de Cundinamarca y los llanos enviados por Gilberto Molina y Víctor Carranza. Una escolta de la brigada XIV del ejército con sede en Puerto Berrío (y en comandancia de Faruk Yanine Díaz) llevó a Yair Klein a la ciénaga de Palagua, predios de la Texas Petroleum Company, para dar comienzo a la instrucción militar. En el segundo viaje de Yair Klein a Colombia un año después el entrenamiento siguió en Puerto Triunfo, y son de ese entrenamiento que datan las imágenes que se transmitieron en televisión unos meses después (ver fotos). De modo que el año 1988 fue un año para no olvidar: Elecciones, y masacres: El 4 de marzo son masacrados docenas de trabajadores bananeros en Turbo, Antioquia. El 3 de abril mueren treinta campesinos en una aldea infeliz de Córdoba llamada sardónicamente La mejor esquina. El 29 de mayo, durante el paro campesino del nororiente colombiano, el ejército al mando del coronel Rogelio Correa Campos abre fuego contra la multitud en la vereda Llana Caliente de San Vicente de Chucurí, Santander. El primero de septiembre los periódicos publican como noticia de relleno las imágenes de una masacre en Canalete, Córdoba. El 11 de noviembre dos camionetas al mando de Fidel Castaño Gil atraviesan el municipio de Segovia, Antioquia, y van dejando un reguero de muertos por el callejón de las reinas y la plaza principal, a cinco minutos de una guarnición militar donde no se vio ni se oyó nada. ¿Al mando de quién iban estas expediciones que terminaron en incursiones con objetivo múltiple popularmente conocidas con el galicismo “masacres” (que debería ser matanzas) y que han hecho a nuestra Colombia tan afamada? Al mando de Henry Pérez, de Vladimir, del Canoso Parra, de Fidel Castaño Gil. ¿Dónde los entrenaron? En el Magdalena Medio. ¿Quiénes? Mercenarios ingleses e israelíes. ¿Por quién pagados? Por el narcotráfico. ¿Con qué motivo? Exterminar. Exterminar. Exterminar. ¿Y qué objeto tenía una guerra tan demencial? Que sus fines no eran demenciales. Sus medios aparentemente lo eran. Los fines, sin embargo son los mismos que tiene la política y cualquier ambición: hacerse con una gran riqueza para hacerse a una piltrafa de poder. ¿Y qué quedó de todo aquello? Muertos, heridas que supuran, más muertos, ejércitos de asesinos a sueldo, muertos, una riqueza que corrompió a la política, más muertos y un mal gusto vergonzoso que conocemos como cultura tradicional colombiana.

Colombia tierra bonita
Mientras por un lado los rituales de la opulencia hacían revivir en pleno Medellín urbanizado las tradiciones más provincianas como el poncho y el carriel y los caballos finos y la pasión mafiosa por los carros antiguos como una forma de apología al derroche; y mientras en la costa caribe emergían otras tradiciones costeñas como la camisa guayabera y la música de conjunto vallenato con odas al cacique de turno; y hacia el Valle del Cauca se sublimaba la comida fritanga y los bailaderos sofisticados de una sociedad desigual pero cohesionada por los dividendos de la droga y la salsa antillana; por otro lado, en el Magdalena Medio, arraigaba la música de carrilera preferida por alias “El mexicano” con letras innovadoras de corrido norteño donde se inmortalizaban las gestas y triquiñuelas del mundo narco, el sombrero texano, el poncho ganadero, la atracción por los carros tipo campero y las grandes mansiones de hacienda del peor estilo y peor gusto, revestidas con estuco veneciano, machimbres de maderas finas y desfondadas para encaletar dólares, mampostería de oro, piscinas de agua azul, lagos artificiales, gárgolas de ninfas desnudas, fieras africanas y piedras talladas con falsos precolombinos. Todo el proceso sicarial y opulento de ciudades como Medellín se fue incorporando a la conciencia urbana y a la literatura, a veces esquemática, a veces monótona que allí se hizo. Mientras que todo el proceso rural, por otra parte, se fue dejando de lado, se fue sedimentando en los procesos históricos, y mimetizando en las tradiciones que sobrevivieron hasta hoy en forma de canciones y fiestas populares, convirtiéndose así en el naif de una conciencia nacional —explotada en cientos de miles de reinados y festividades como honra a un embuste llamado por todos los alcaldes y folcloristas regionales cultura tradicional colombiana—. ¿Tradicional de Colombia el corrido mexicano? Bueno, el sincretismo, la globalización… Pero la verdad es que da lástima verse reflejado en una de esas canciones, o en una bazofia de vallenato de mal gusto que suena en la radio, o en la salsa de ese grupo que camuflaba coca en los timbales, o en las feria de las flores de amapola y marihuana de Medellín, o en un corrido prohibido donde se apologiza la memoria de los ancestros narcotraficantes. Y sin embargo vete a vivir un tiempo allí. Ya verás que acaso empieces a tararear y a sentir a colombia hervir en tus venas. El caso es que aquella contradicción aparente entre las élites tradicionales y la élites emergentes se zanjó en los años ochentas cuando unas y otras, aparentando que se desconocían, terminaron asimilándose, adocenando negocios, gustos y tendencias, aspirando a colmar los espacios donde la otra estaba situada, y ya no se pudo distinguir qué de la una le prestaba a la hermana, porque ya dijo RH Moreno Durán que en Colombia la política corrompió al narcotráfico, y el narcotráfico sedujo a las clases menos favorecidas como método único y eficaz de montar en los mismos carros, probar los mismos platos y asistir a los mismos clubes selectos de la aristocracia más fina. ¿Cómo no iba a arraigar este impacto sobre los harapos de la cultura llamada tradicional, y sobre la prosa que se estaba escribiendo, y sobre la música que se estaba escuchando, y sobre lo que la gente obnubilada ansiaba saber porque los aludía y porque se parecía de algún modo a lo que las nuevas generaciones consideraban su realidad? Aquel que no puede cumplir un sueño, debe aplacar su vacío en la embriaguez de la sangre.

Desidia

El tráfico de drogas en Colombia y su desborde criminal sólo puede ser entendido a la luz de la política prohibicionista estadounidense que convirtió a la cocaína en el mejor business para el emergente colombiano sin educación y sin posibilidades de desarrollar un capital. Todo aquel sistema prohibicionista, a partir del presidente Ronald Reagan y su “guerra contra las drogas”, provocó que hombres como Carlos Ledher, Orlando Henao Montoya, Pablo Escobar y Rodríguez Gacha fuesen elevados al título de Reyes en el negocio de las drogas. Colombia entera fue satanizada mediática y exteriormente con la aprobación de los dirigentes de la época que acataron las reglas impartidas por un orden mundial donde los Estados Unidos legitimaban amigos, enemigos, economías, gobiernos y vocablos, admitiendo la lógica miope de que hay consumo en el gran país del norte, porque hay oferta de drogas en Suramérica. A Colombia y a sus narcotraficantes les achacaron gran parte de la decadencia y “desazón espiritual” de tales las sociedades que se consideran perfectas y catalizan con drogas su dolor y su fisura. La guerra contra la droga, y la prohibición, que aun se mantiene en firme, disparó los muertos, las bombas y los precios de la misma a cifras astronómicas, y cada vez más colombianos se vieron atraídos por esta nueva fiebre del oro blanco y sus espejismos de riqueza sublimada. La posibilidad de obtener a corto plazo una fortuna desmedida es más tentadora que los caminos del saber y la legalidad. Más importante que la salud mental de cualquier extranjero, o cualquier cerebro norteamericano flojo de mollera. Mucha tinta se invirtió desde entonces, mucha tecla de computador gastada entre sociólogos e historicistas, pero pocas veces en literatura se ha dicho una idea justa del desastre que ha ocurrido a nivel de muerte y a nivel rural por tal prohibición y por tal espejismo, encadenados a todo un sistema social y no a sus pequeños focos marginales. Para ser sensato, tratar de entender semejante embriaguez estúpida (que siendo bien vista podría resumirse con el mito y el lastre del rey midas) es inútil y no sirve para nada. Esta columna no sirve para nada, mejor dicho. En este país nadie lee. Ni la derecha ni la izquierda. Las claves para entender una cultura pueden estar en un libro de Faulkner, o en la ropa que use la mayoría. En el pan que se comen y en el pan que rechazan. En el tipo de carro en que montan y en la música que más los alude. La historia de los años 80s en Colombia es infame. Tómese cualquier año, léase un periódico. Infame. Mejor aun: tómese cualquier periodo desde la fundación nacional, y ríase la gente: Infame. Pero lo es, entre otras cosas, porque el país olvida pronto, y como no estudia, menos se acuerda, y como no lee, de nada le sirve el estudio al que estudia. Si los años ochentas son infames, los noventas son asquerosos, y la primera década de este siglo, candorosamente vergonzante. Entre otras cosas, lo son por lo que tengo preparado para el ‘recorderis’ en una próxima entrega de esta historieta, pero que voy a postergar por unos meses hasta que la desidia vuelva a abandonarme, y hasta cuando el asco y la repugnancia que me inspira este país gobernado por mastuerzos que ruedan en Estados Unidos en busca de Tratados de Libre Comercio y bases militares en guerra extranjeras vuelva a revolverme la bilis, ya que desde el próximo post pienso volver y quedarme de nuevo con mis recomendados literarios, para que no digan como están diciendo que esto se politizó, y porque estoy que aúllo con los libros que acabo de leer, y porque este es, ante todo, un blog literario, de veras, mis niñas, de veras.

FUENTES:
Violencia en la zona andina, CINEP; Deuda con la humanidad, paramilitarismo de estado en Colombia, CINEP; Magdalena Medio: Autodefensas, narcotráfico - Carlos Medina Gallego. Campesinos de los Andes; La violencia en Colombia; Magdalena Medio, colonización y conflicto armado, Alejo Vargas; Matar, rematar, contramatar; Guerrilleros, Gamonales, Campesinos; Manual Anticomunista, Asociación para la defensa de la sociedad la familia y la tradición; Mi confesión, Castaño; Prensa: El Tiempo, El espectador, Vanguardia Liberal, Semana (archivo Luis Angel Arango 10986-1990).
RH Moreno-durán, presentación de Manuel Ponce, revista número (no recuerdo el número).

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