Angelitos empantanados, de Andrés Caicedo

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Andrés Caicedo se suicidó en el Valle del Cauca, Cali, avenida sexta, el 4 de marzo de 1977, delante de su mujer que lo creía homosexual y lo celaba con su buen amigo Harold Alvarado Tenorio, poeta. Esa mañana anduvo por muchas de las calles de Cali, enseñando a todo el que quisiera verlo el único ejemplar impreso de la novela ¡Que viva la música!—su primera novela, que acababa de recibir por correo—. A mí lo que me sorprende es que se ufanara del libro publicado por la mañana, para terminar matándose en la tarde. Bueno, en la tarde no fue. Al rededor del medio día volvió a su apartamento y resolvió matarse, inexplicablemente. El que quiera saber más al respecto, que lea lo que dice Sandro Romero en la última biografía. Dejó una obra enjundiosa que nadie imaginó, pero que gracias a esos amigos (siempre los amigos, sólo los amigos) conocemos. La ciudad que Caicedo quiso poetizar no se escuda bajo seudónimos, se llama Cali, está en camino del ensanchamiento y por todos lados se vive un torbellino falaz de amarga feria. La rumba y la drogadicción parece ser el único lugar donde todos se encuentran en igualdad de clase: los marginales y los esnobistas, los delincuentes y los educados. Andrés Caicedo lo sabía de modo vivencial (que es el mejor y el más peligroso método de conocer el entorno y de conocerse a sí mismo). Era un escritor muy joven, no del todo acomodado, pero acomodado en muchas cosas, escribiendo sobre angelitos empantanados, adolescentes que se inician en la rumba escuchando rock en bares de nueva era y el albor de las drogas se van alejando a los dominios y terrenos cenagosos de la salsa, para terminar confundiéndose entre los pobres de cualquier discoteca. Son los años setentas en Cali, la ciudad de los traficantes incipientes, la reina de la salsa y de la cocaína. Los adolescentes de estrato alto, hijos de emergente promedio empiezan yendo al cine del norte y estudiando en el colegio de los curas, y terminan siendo puñaleados por huérfanos y ladronzuelos, estudiantes de las peores escuelas, a la salida de un cine del sur. Sur y norte: la jerarquía de las clases sociales, la topología de una ciudad estratificada donde hay barrio de los ricos y barrio de los pobres, colegio de los ricos y colegio de los pobres, donde la clase a que pertenece cada cual se hace notoria en el barniz de la cara. En sus Historias para jovencitos (Angelitos empantanados) Andrés Caicedo ya lo intuía de buena data. En esta obra póstuma, tenemos a Angelita Rodante (hija del ilustre y poderoso azucarero Luis Carlos Rodante “El rey del ají”), su amado Miguel Ángel Valderrama (descendiente directo del adelantado y hacendado del siglo XVIII don Pedro Valderrama) y el desconocido “pretendiente” (del que se sabe poco, pero por lo menos queda claro que vive en una mansión y tiene criada), y estos protagonistas me los tomo yo como prototipos ideales de una clase económica emergente, donde la totalidad de las necesidades materiales están resueltas y los problemas existenciales parecen trivializados. Los antagonistas de la historia, por otro lado, son un mueco al que le dicen El Indio, un bailarín moreno al que llaman El Mico y un granoso ignorante conocido como alias Marucaco. Estos últimos viven en el sector de los pobres y sus problemas son de subsistencia y de rencor social. Por eso roban. Por eso se ofenden. Por eso apuñalan. Hay un pasaje donde el narrador del último capítulo (el pretendiente) se refiere al encuentro con los granujientos en términos esperanzadores y con un atisbo de desconfianza: “ya que nosotros nos metimos en su mundo ellos se iban a meter en el nuestro, por qué no, todo se puede lograr si hay mutuo entendimiento, les dije, uno puede vivir en paz, ellos me oyeron pero no me dijeron nada, y yo quedé un poco desconcertado ante este silencio”. Pocas cuadras más adelante sacan la navaja y llueven puñaladas. La ciudad que se adivina de fondo es la que se desborda en tráfico, la que ensucia el río, la que sitia a los ricos en sus mansiones, la que empieza a recibir gente por millares y empieza a talar sus bosques de mango para construir nuevas casas. Gran parte del azote y la vergüenza compartida por la historia bélica doméstica, la recibe en Colombia el departamento azucarero conocido como Valle del Cauca, al sur del país. Allí las grandes matanzas a manos de los Pájaros, los paramilitares de 1950, produjeron colosales desplazamientos que se concentrarían en barriadas alrededor de Cali en los sesentas para producir luego el crecimiento de este desastre urbano a niveles insospechados de miseria y marginalidad en los setentas, ochentas y noventas que siguieron. Andrés Caicedo vivió muy poco, pero el poco tiempo que estuvo vivo le alcanzó para redactar en estado de euforia un puñado de cuentos, dos novelas muy cortas, algunas obras de teatro y numerosas críticas al cine que más le gustaba. Es una obra coherente en su conjunto y demasiado insurrecta a nivel de lenguaje como para cuestionarle la péndola. Me sirvió al menos para reconciliarme con los temas superfluos de juventud, y para entender que la gran literatura puede también construirse sobre la podredumbre y los años misérrimos de la primera adolescencia, cuando aun no llega la edad de la razón. Además tiene la virtud extraña de resumir —como la de los autores que siguen— toda la literatura urbana que vendría y toda la que no sobrevivió a su época: 1970.

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