Sin remedio, Antonio Caballero

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Antonio Caballero es el heredero disidente de esa clase rancia de oligarquía a la que se endilga el patronato de la banca y el mecenazgo de la élite cultural en Colombia. Como periodista, lo salvó su escepticismo, su discrepancia y su radicalismo. Desde hace años firma Antonio Caballero, como su hermano pintor y como su padre novelista y como su abuelo columnista, pero a muchos se les olvida el componente López, como López Michelsen, o López Pumarejo, que son sus antepasados aristócratas, y ese olvido le ayuda un poco. Como novelista quizá no tuvo los problemas gastronómicos de abandonar la escritura para ser un ganapán, y en consecuencia, tras su única novela, publicada en los ochenta más desalentadores, dio paso a un silencio sabio y meditativo que no ha vuelto a interrumpirse: desde entonces no publicó más literatura. Sin Remedio, es una obra que aborda la ciudad de Bogotá como paisaje, el fracaso creativo como drama y el fin de las utopías revolucionarias como contexto. Esas ideologías de izquierda que atravesaron todo el siglo veinte desde la Revolución Rusa y que se arraigaron en América Latina después del triunfo de la Revolución Cubana y el auge de la Revolución Cultural China, y que se fracturaron luego por el revisionismo foquista, el pro-maoísmo, el pro-leninismo (siendo el caldo de cultivo para muchas de las guerrillas por las cuales trasegó Colombia) ya se perfilan caminando hacia su fin a finales de los setentas y comienzos de los ochentas, y en las páginas de Sin Remedio. Van en falso. Descarriadas. Previendo los enemigos capitalistas en cada esquina sin fijarse en la propia vereda, del mismo modo que los amigos de Ignacio Escobar, el protagonista de la historia, advierten en cada gesto anarco de este escritor fracasado una prueba de decadentismo ideológico-burgués, sin advertir la misma putrefacción en cada pase de cocaína que se despachan por la nariz. Ignacio Escobar se debate entre la desventura de pertenecer a una clase burguesa que detenta el poder, y aparentar no serlo. Vive en un apartamento de cierto barrio sumido en las medias tintas de no ser ni rico ni pobre. Sus amigos son revolucionarios esnobistas, y todos lo saben, pero evitan decirlo, para que lo diga Escobar y después refutarlo. Él los complace. Discute con ellos. Les señala su propia vergüenza, les desdeña su impostura mental, pero sigue frecuentando sus casas y sus fiestas hasta embrutecer. Tiene debilidad por el sexo y las drogas. Y sexo con droga es lo que no falta en este mundillo de celofán. Sin embargo su gran tragedia, la más grande de todas, la más temible y evidente desde el fuero interior, no es que la revolución haya fracasado en manos de tipos como sus amigos que pontifican sobre la emancipación de una clase popular a que no pertenecen, o que sus familiares lo vean ya como el caso perdido que se adivina en la tez de su rostro, sino que a su misma edad, los treinta años, el poeta Rimbaud ya había puesto punto final a toda su obra y había quebrado el lápiz. Él no. Haciéndole una síncopa simbólica al título de este libro, podría un humor sangriento (como el que se afila después de leer las miles de notas periodísticas que en Caballero superan en extensión su obra literaria) llamar más acertadamente a esta novela Sin Remedo. La novela de Caballero puede ser, sin competencia probada (y sin remedo) la transposición perfecta, en clave de ironía, del decadente realismo burgués y la decadencia ideológica a comienzos de los años ochentas en Colombia (lo mismo que en cine representa esa sátira en clave de documental del director Luis Ospina llamada Un Tigre de Papel). Es decir: literatura urbana pura, de la que advierte que el modelo de ciudad fracasó, coherente con el malestar que se produjo en la sociedad de transición de aquellos años. Literatura de la que otea sobre los muros de la ciudad dormida para advertir que son ruinas y no hombres soñando quienes yacen allí. Así vivió la juventud esnobista el fin de las ideologías. Así vivió un sector oligarca la invasión de la pordiosería emigrante por la guerra: excluyéndolos a los cinturones de miseria que nadie quiso mirar. Los coroneles Buendía de esta novela no son los épicos de García Márquez, sino asesinos disfrazados de gente honorable, y los senadores y obispos son mafiosos y pederastas encubiertos, fantasmas nocturnos en una ciudad con ribetes de infierno. La estratificación de la Bogotá de entonces empieza a desechar ya a los marginales en un mundo misterioso que en la novela de Caballero nunca aparece como paisaje directo, sino como territorio alusivo: El sur. El profundo sur donde anidan las ratas, los desterrados, el hampa y todo el pueblo que ya no se emancipará. Una ciudad literaria como ésta no miente. Una ciudad invisible, pero desmesurada como las páginas que la contienen. “Una ciudad renegrida, reblandecida, informe, pululante de gente, como una gruesa morcilla purpúrea cubierta de insectos, bruñida de grasa, goteante, rellena de dios sabe qué porquerías: sí, de sangre putrefacta”. 1984.

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