El mal con el mal

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La orden de los jefes de redacción y de los directores de noticias es comprensible: hacer tanto ruido, levantar un clamor nacional con eco internacional a través de lo que llamaron “un minuto de vergüenza” para tapar otra vergüenza: la de los muchachos recogidos como perros y como perros matados en el Catatumbo por el ejército nacional de la república infame de Colombia. Para atenuar la vergüenza del informe sobre violación a los derechos humanos que le da la vuelta al mundo desde la semana pasada, se necesitaría tener tantas manos como la diosa Khali, la deidad de la muerte en el hinduismo, y así tapar apenas una parte pudenda de sus múltiples vergüenzas. Pero como Colombia es manca y muda y vil, inicua y proterva, hace minutos de silencio y con una mano se tapa el culo mientras le quedan al aire las demás vergüenzas. “Las hienas”, califica el fiscal y replican también los periodistas, y se les “hiena” la boca. “Miren a ver si hacen una campaña para que por fin se de la cadena perpetua en este país”, dice otro indignado oyente. “Cadena perpetua, no; eso significa garantizarles una alimentación de por vida”, dice otro más sensato (que enseguida recuerda a países con tradición de silla eléctrica e inyección letal, olvidando que de nada ha servido ni la horca ni la inyección letal y que cada semana otro sicópata masacra a una decena de jóvenes en una escuela antes de inmolarse y poner a rodar un video por la web). Cambiando de banda, dos de los locutores más oídos del país exclaman al aire que los asesinos de un niño sólo merecen la pena de muerte. ¿Periodismo, Arismendi? ¿Periodismo, Gossain? ¡Qué vulgares son sus rezos! ¿Abrir el micrófono a los oyentes “porque es un día especial”? ¿Qué lo hace especial? Hace años que los días “especiales” de Colombia se parecen mucho a los días ordinarios. El énfasis de la periodista en el noticiero del medio día sigue rastrillando el epíteto del fiscal y de sus superiores: “ésta es un hiena, dijo el fiscal, que no merece sino la… máxima pena.” Enseguida los titulares: “Lo mató su padre y el pueblo de Chía marchará en solidaridad con la familia.” El pueblo de Chía... sí, un pueblo de borrachos y de violadores. ¿El infanticida no era también parte de esta familia? ¿Marcharán en solidaridad de su padre, periodista ignara? Las opiniones y reacciones de los ciudadanos de Colombia el día de ayer y el día de hoy dejan abierta una puerta que es una constatación a la orilla de un lago podrido: un país que animaliza al enemigo, un país que no se paraliza ante la atrocidad cotidiana pero responde unánime a la puesta en escena de los noticieros, un país rodeado de muerte que se regodea con las imágenes en exclusiva de un niño muerto y pide enseguida la pena de muerte para apaciguar su morbo, un país que paga el mal con el mal y que marcha hoy para que el resto del mundo no lo tome como el esperpento que en realidad es: un monigote que permanece mudo ante la desaparición y asesinato de jóvenes pobres, un autista que considera a los escuadrones de la muerte y su limpieza social como un mal necesario, un país de sicofantes, de impostores, de traidores, con ciudadanos que actúan como subnormales, con artistas y músicos despreciables, con políticos asquerosos legislando para su cueva de raposos, con la muerte como una economía menor; un país malévolo; culpable como los asesinos que pide ajusticiar en el Talión de los ojos por ojos y dientes por dientes: un país que lleva dentro el lupus de su propia atrocidad. El esperpento que llaman aquí “periodismo” es su enfermedad venérea. La justicia perpetua que piden para infanticidas es su desahucio. La capacidad para heredar odio, su mal endémico. Un país que revivió la cruzada de los niños, (no la de Vonnegut sino la de Marcel Schowb)। Un país de decapitadores. De sicarios. De ladrones. De banqueros. De lacayos. De lameculos. De soplones. De infanticidas. ¿Dónde están los reclutadores de Suba y Ciudad Bolívar, y de Barranquilla y de Medellín? ¿Qué pena imponerles a los infanticidas de San José de Apartadó y de Mapiripán? ¿Cuánto hay que esperar para que juzguen a Rito Alejo del Río? ¿A los genocidas de El Aro? ¿A los fundadores de las Convivir?
Imágenes
Revista Semana, Pueblo Bello
Niños guerrilleros en el Tolima Biblioteca Luis Ángel

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Maneki-Neco

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