El país de los zapoletas

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“Es un país donde reina la verdadera justicia, donde hay igualdad de clases, no existe el valor del dinero, no hay propiedad privada y la riqueza de la tierra se administra para el beneficio de todos sus habitantes”.
Mierda, me dije, eso es Colombia.
Y seguí leyendo.
Utopía. De Tomas Moro. A la fuerza. Cien páginas: una violación a mi código ético de lector que consiste en leer sólo lo que me interesa y por recomendación propia.
Pero como una violación en una película de Tinto Brass, me acabó gustando.
Todo, todo parecía una magnífica descripción de nuestro país, pero escrita en el siglo XVI, por un monje homosexual llamado Tomás Moro: cuando él decía que en su ínsula de la felicidad llamada Utopía no tenía valor el dinero, yo pensaba que en nuestro país el dinero está devaluado; cuando él decía que en ese país había igualdad de clase, yo pensaba que aquí también hay igualdad de clase: una sola y de baja estofa; cuando decía que en esa isla había verdadera justicia, yo pensaba sin duda de eso también tenemos que enorgullecernos en Colombia, aquí ni se hable de la tierra cultivable, ni se sueñe con verla concentrada en pocas manos. De 1.141.748 kilómetros cuadrados que tiene la republiqueta, dos de sus terceras partes son selva, y una es selva virgen. De ese millón de kilómetros, seis millones de hectáreas de terreno fértil le corresponden hoy por hoy a cuatro terratenientes honorables, fundadores de ejércitos privados ya desmovilizados después de los acuerdos de paz con el gobernante de turno. Seis millones de hectáreas para cuatro personas. Y un millón de kilómetros para el resto. Eso es equidad. Eso es reforma agraria. La propiedad privada es el “mal de todos los males” en Utopía, por eso se ha abolido de la isla, dice Tomás Moro. Los “hombres de espíritu más noble” son los que dirigen los destinos de la isla (así Colombia). Todos los habitantes tienen casa y trabajo (aquí no puede ser distinto). La ocupación común es la agricultura (más claro no canta un gallo, ¿o no?)
¡Pues no! Todas las virtudes y altruismos que señalaba Moro de su puta isla de la felicidad, me parecieron el revés de Colombia: una entelequia, un fin último e inalcanzable. Donde el cabrón de Tomás Moro decía “Utopía” yo insistía en leer “Colombia” y donde decía “utopista” yo leía “colombiano” y todo sonaba maravilloso, pero era una estrategia para agriar más la ironía, hasta que no pude más con la farsa y tuve que leer Utopía donde decía Utopía, y utopista donde decía utopista. Entonces encontré que en esa isla asquerosa de Utopía hay muy pocas leyes… ¿Cómo así, don Tomás? ¿Pocas leyes? ¿Entonces no hay abogados en Utopía? Pues no. Según Moro, para un pueblo tan bien organizado, pocas leyes son suficientes. “En consecuencia, quedan excluidos todos los abogados en Utopía, esos picapleitos de profesión, que llevan con habilidad las causas e interpretan sutilmente las leyes.”
En Colombia, por el contrario, los ladrones tienen título universitario, se llaman abogados, y nos va muy bien con ellos, don Tomás.
Tu libro es una puta mentira.
La razón que alega Moro para que las leyes de Utopía sean tan pocas, es que en ese extraño país consideran innecesario obligar a los hombres a tener tantas leyes que sean incapaces de leerlas y tan enredadas que sean incapaces de interpretarlas…
¡Como si en Colombia tuviéramos que prohibir a Joyce y a Beckett y a Bernhard y a Kafka porque unos pobres hijos de perra no los entienden!
¡Unos analfabetas es lo que son esos asquerosos utopistas!
¡Aquí ni de chiste!
¡Aquí en Colombia sí que leemos aunque no entendamos!
Colombia es mejor que Utopía. Un paraíso fiscal en un oasis de burocracia. A continuación me empecé a pelear con el texto. Empecé a buscarle la mala. A criticar su solemnidad, su antigüedad, a prohibir que me gustara.
¿Cómo se me ocurrió pensar que Utopía era mejor que Colombia?
En Utopía no firman tratados con otras naciones, porque esto “da vía libre al saqueo”. Y si se firman, se dejan todas las obligaciones abiertas para que en determinado momento de crisis de su pueblo puedan también romperse. No viven en guerra y sólo van a ella por graves motivos: “defender sus fronteras, expulsar de los territorios amigos a los invasores, liberar del yugo y esclavitud de un dictador a algún pueblo oprimido por la tiranía. En este último caso siempre lo hacen por razones humanitarias…”
En utopía creen que sólo las buenas obras atraen adeptos a la religión.
Creen en el alma de los animales.
Y para completar: están convencidos de la inmensidad futura de los hombres...
En Colombia eso es moral a corto plazo.
Estaba ya apunto de tirar el libro, hasta que por fin hallé lo que buscaba:
Los colombianos sí nos parecemos a un pueblo fantástico. Tomás Moro los llama zapoletas.
He aquí su retrato:

“los zapoletas son un pueblo situado a quinientas millas al este de Utopía. Un pueblo bárbaro, feroz y salvaje que prefiere las selvas y las rocas donde se ha criado. (…) Nacidos sólo para la guerra, está siempre al asecho de la misma. Si se les presenta la ocasión de hacerla, no la dejan escapar. Dejan en desbandada sus montañas y venden sus servicios a vil precio al primero que recluta soldados. No han conocido más que un arte de vivir: dar muerte. Pero se baten encarnecidamente y con una fidelidad insobornable al servicio de los que les pagan. Nunca, sin embargo, se ajustan por un periodo determinado. Aceptan el contrato bajo la condición de pasarse al día siguiente al enemigo si este les ofrece un sueldo mayor, sin perjuicio de volver a enrolarse pasado mañana si son invitados a ello con un ligero aumento de sueldo.”

Y aun dice más:

“Rara es la guerra en la que no se encuentre una buena parte de ellos en los dos ejércitos contendientes. Sucede a diario que hombres unidos por lazos de sangre y que, mientras estaban en el mismo bando eran amigos íntimos, alistados después en ejércitos contrarios se combaten encarnizadamente. Olvidan familia, y amistad y se matan mutuamente sin más motivos para estas carnicerías que la despreciable suma de dinero que les llevó a enrolarse en ejércitos contrarios. Tan exacta cuenta llevan de esa suma que bastaría añadir un céntimo a la soldada para pasar al campo contrario. Esta pasión ha degenerado en avaricia, tan desenfrenada como inútil. Lo que los zapoletas ganan con la sangre lo gastan en libertinaje y en un despilfarro de la peor estofa”.


Y aun más:

“Este pueblo lucha a favor de los utopianos contra cualquier enemigo, pues sabe que nadie le paga mejor. Por su parte, los utopianos que se sirven de los buenos para sus fines, llaman a estos individuos de la peor ralea cuando se trata de explotarlos. Cuando necesitan a los zapoletas, les atraen con bellas promesas para colocarlos después en los puestos más peligrosos. La mayor parte de ellos caen muertos, y naturalmente no vuelven a reclamar lo que se les había prometido. A los supervivientes se les da religiosamente el sueldo convenido a fin de incitarlos más a nuevas audacias. A los utopianos no les importa nada el que perezca un gran número de estos mercenarios. Están convencidos de que el género humano se lo habrá de agradecer, si con ello limpian al universo de esta hez de pueblo tan lóbrego y sanguinario.”

La descripción fiel de Colombia contenida en un libro escrito ha cuatrocientos años.
Tomás Moro. Utopía. Alianza Editorial.
Hay que leer los clásicos, zapoletas.
Para entender cómo funciona la republiqueta.

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