Ernesto Volkening, diario del reino intermedio

11:02

Hoy en la noche anterior a San Pedro y Pablo terminé, tres años dos meses y once días después de haber comenzado, la lectura de la biblia.
Es Ernesto Volkening. Del Diario. 28 de junio del 64.

Estoy citando el libro titulado con el ridículo nombre “En causa propia” que editó la universidad de Antioquia en el 2004 y con el que la prestigiosa universidad renunció hace tres años a hacerle debida honra al olvidado Volkening.
Hacia mucho timpo que no leia una edición tan pulquérrima. ¿Se ve mal comerse las tildes? ¡Claro que se ve mal! Y eso no es nada: se las comieron por toneladas. A Nicolás Gómez Dávila lo llaman Davial en una ofensiva síncopa. La filosofia no está tildada en las dieciséis veces que se inscribe. El imperfecto pasado del verbo hacer es hacia. El del verbo saber, sabia. El último hombre sobre la tierra que según don Ernesto presenciará la extinción de la vida con una coca-cola en la mano, se sentará COBRE un cubo de concreto… (¿aliteración musical por la vecindad de la oclusión /c/c/ en cubo-concreto?)

Está bien: esto es un blog. Aquí nos damos el lujo de picharnos las tildes cuando nos venga en gana. Si nos pagaran, no. Pero como no nos pagan, tampoco se la vamos a perdonar a los paisas (esa suerte de midas coprófilos que todo lo que tocan lo vuelven mierda...) La metáfora es de Volkening, porque es que don Ernesto da palo en ese diario. No tan duro como la Katherine Mansfield que se desuella. Ni tan sado como el patético Pavese. Se da duro, sí, diciendo cosas tan profundas como "no hay día en que uno no crea haber tocado el fondo de la desesperanza. Pero el día siguiente enseña que la desesperación no tiene fondo”.
Sí, Volkening.
Y la mediocridad tampoco.
Tienen el atrevimiento de decir en el prólogo que es “una versión puntual del diario que Volkening publicó por entregas y desordenado en la revista ECO” . Allí publicó, junto a sus traducciones de Canetti y de Hölderlin, y sus reseñas inspiradas de todos los libros, fragmentos de un diario que había llevado desde que salió al exilio y vino a parar en Colombia igual que su padre años antes. Volkening nunca se fue de este país porque aquí podría ser de utilidad. Volkening no se fue de Colombia porque aquí conoció el café. Volkening no se fue de Colombia porque aquí conoció el amor. Volkening no se fue de Colombia porque quería ser cola de ratón y no cabeza de león. Volkening se quedó en Colombia porque este es un bello país sin guerra, un maravilloso país del “reino intermedio”, un país enclavado en un continente que es la esperanza del pensamiento tierno, virgen, dispuesto a rebelarse contra la tiranía filosófica europea y su debacle.
Patrañas.
Volkening se quedó en Colombia porque conoció a Nicolás Gómez Dávila.
Punto.
Todo lo que escribe en su diario Volkening con respecto a la pubertad de Colombia en materia de pensamiento, viene de Gómez Dávila. No estoy insinuando que lo plagió de Gómez Dávila: estoy diciendo simplemente que SE LO ROBÓ.
Y luego lo metió en el diario.
No es delito.
¿Acaso no les ha pasado?
Uno se emborracha todos los viernes con un amigo genial, y en la borrachera el amigo genial dice dos o tres cosas que son lo mejor que se ha dicho sobre la muerte y a la mañana siguiente lo ponemos dentro del diario citado más o menos así:
“Conversando con fulano de tal entendí que existe algo así como una orden secreta de “Anacrónicos” de los que, sin rebelarse contra el mundo moderno simplemente han dejado de hacerle caso”.
(E. V 2 de enero del 75).
En el diario de Volkening hay por lo menos quince entradas dedicadas a Gómez Dávila. Hay reseñas de libros, de autores que aun resultan desconocidos hoy en este “reino intermedio”. Hay desesperanza. Mucha desesperanza. Hay también amor. Volkening dejó de escribir el diario cuando murió su esposa F.
Lo que da pena de la edición de Universidad de Antioquia no son las erratas; es el desorden. Lo más interesante de un diario, lo que pone a ciertos ejemplares al nivel de la mejor literatura, es que podamos apreciar la evolución (o involución) moral y ética del diarista mientras lo pulverizan los años.
No se puede con Volkening.
24 de enero de 1959

Hay una prefiguración inauténtica, seudovisionaria sobre el porvenir, verbigracia, cuando al volver a casa salto, por decirlo así, un buen trecho y anticipo ya el instante en que, mientras meto la llave en el cerrojo, tengo presente el árbol delante de la puerta, la parcela de césped estropeada como si la hubieran roído los ratones, el aire peculiar del lugar y de la hora, tantas cosas que en su plenitud sensual parecen puntos de la experiencia viva, pero en realidad no son más que proyecciones de algo ya visto y vivido sobre el futuro –o sea, justamente, lo contrario de la profecía en la que algo que nunca fue y apenas llegará a ser verdad proyecta su sombra para atrás, sobre el presente.


9 de abril de 1960

¿Si la gramática como forma de raciocinio y de enunciación contiene, como yo creo, toda la filosofía, ha de ser posible derivar de los tempora toda una filosofia (sic) de la historia, de suerte que corresponderían, por ejemplo, el pluscuamperfecto al tiempo mítico, el imperfecto a la historia propiamente dicha, el perfecto a todo lo que, como cosa muerta y no renovable, queda atrás?(…) La lengua castellana es la única en que el subjuntivo del futuro posee un instrumento propio para circunscribir un futuro posible, si bien incierto.


10 de diciembre de 1977

Ni un solo día en que uno no crea haber tocado el fondo de la desesperanza pero el día siguiente enseña que la desesperación no tiene fondo.
Mas en el abismo del desespero sobrevive un resto de retórica mezclado a la esperanza de ser desmentido. Cuando la desgracia enmudezca, sabrán que no hay salvación.
Terminé este diario el martes 13 de septiembre en la madrugada, a la hora de la luna nueva, el día en que cumplí 69 años, cuando F. estaba muy mala. Murió cuarenta días después, el 23 de octubre de 1977.


Nota:
El diario publicado no es del diario original. Al morir, Volkening no dejó descendencia distinta de sus escritos: su diario sigue extraviado en la gaveta mágica de Juan Gustavo Cobo-Borda, un peso pesado de la literatura colombiana.
¿Se atreverá un editor con cojones a quitarle el cascabel al gato?

Foto:
Pipa, Volkening- Biblioteca, Gòmez Dàvila. Fuete: Luis Àngel Arango - www.lablaa.org/.../bol40/images/imagen52.jpg

En causa propia, edición "a cargo" de Oscar Jairo González,
Universidad de Antioquia
2004

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