Por qué los mafiosos no lavan en libros

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El dinero del diablo (bien empleado) se convierte en dinero de Dios, dice Nerval.
Y tiene razón.
El negocio de los libros sería perfecto para lavar plata y convertirla en dinero de Dios si en Colombia hubiese un solo mafioso culto. Los únicos que ganan el quinientos por ciento de su producción son los narcos, los cerveceros, los banqueros, los corredores de bolsa y los editores.
Partamos de que los libros no tienen que dejar utilidades al mafioso, porque el verdadero negocio es la cocaína. Lo que se necesita para hacer viable una empresa-fachada de cualquier naturaleza (dígase ganadería, propiedad horizontal, propiedad vertical, industria automotriz, industria farmaceuta, industria sexual) es facturar valores superiores en quinientos y mil por ciento a las inversiones de capital.
Así funcionan hoy algunas empresas captadoras de capital mejor conocidas como “pirámides”: se le devuelve a los clientes el doble del dinero, pero se reporta el cuádruple.
¿Cuánto se perdió?
Cincomil millones por decir algo.
¿Cuánto se legalizó?
Treinta mil millones…
Nada colosal como ejemplo, pero la realidad se cuenta en billones.
( Y antes de que la fiscalía venga a husmear, se cierra en la nariz de los últimos clientes “giles”, y listo)
Los libros son artículos a los que se les puede inventar valor agregado por diseño, por papel, por lujo, por casi todo y ponerlos a valer muy por arriba de su valor en bruto. Es decir, que el negocio de los libros sería perfecto para lavar plata si en Colombia hubiese un solo mafioso culto. Pero esa es la condición para ser mafioso en Colombia, y en Afganistán , y en México y en todos lados: emergente, asesino y bestia.
Ya se ha intentado todo para lavar dinero en Colombia: restaurantes con capacidades para mil personas y treinta empleados de nómina y veinticuatro horas de atención y veinte clientes al día (y al final reportes de millones vendidos al mes). Uno de esos existió en Bucaramanga, Santander; se llamaba Juan Pablo no Cierra y su dueño era don Pablito Escobar Gaviria. ¿Alusivo nombre, verdad? Para lavar dinero de droga ilegítima, se ha intentado también con drogas farmacéuticas.
¿Les suena los Rodríguez Orejuela?
¿El cartel de Cali?
¿Drogas la Rebaja?
(la antigua, que la actual, aunque sigue en la lista Clinton, la adquirieron los empleados antes de su extinción de dominio)
Se ha intentado de todo, en serio, menos en libros.
Se ha intentado con equipos de fútbol: Santafé y Atlético Medellín y América de Cali tuvieron capitales mafiosos a comienzos de los años 90s (y dos siguen en la lista Clinton).
El caballismo que tanto le gustaba a los Ochoa Vásquez (y que aun le sigue dando satisfacciones a sus familiares lejanos) ha sido un negocio redondo.
El arte, o lo que consideraban “arte” los difuntos Castaño Gil, ha atraído también a la mafia del norte del valle y a la de Medellín y nos ha dado el lujo de tener en Colombia a Van Goth a Cranach a Brueguel y Van Dijk en galerías privadas para ambientar cócteles y almuerzos y hasta una banda que se dedica a dar golpes tan contundentes como robarse un grabado de Goya de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño.
Se ha intentado de todo y en todo: desde edificios ostentosos a la vista de todo el mundo (Mónaco, Medellín), pasando por vinícolas de dudosa procedencia (Grajales, de los Urdinola-Grajales), hasta descararse en haciendas de cien mil acres: (el Palmar, sucre, la Nápoles, Puerto Salgar, la Caballoblanco, Córdoba y otras bellezas ubérrimas) y desprestigiarse finalmente en las hoy famosas “Pirámides” que son el aporte de Colombia a la historia del capitalismo salvaje y de la codicia mundial.
Facturar libros por valores de cincuenta mil y reportarlos por el doble o el triple, hasta donde yo sé, nadie lo ha intentado.
¿Pero será inviable el negocio? Yo creo que no, y menos con tanto Best Seller de secuestrado.
¿Cuánto vale hacer un libro? Según un intento editorial fallido en el que participé hace algunos meses con unos amigos (a los que sólo nos hizo falta un tío mafioso) producir quinientos libros en Propal de alto gramaje y buena portada, y pagando corrector de estilo y comité editor y un porcentaje del 5 % al autor del susodicho, sale por 20.000.000 de pesos. Ahora pensemos en cuánto sale cada ejemplar de tiraje en un Best Sellers, por decir algo, al estilo Premio Planeta que tiene hasta 1.000.000 de ejemplares en cada edición…
Por el volumen del tiraje, los materiales tienden a bajar.
Así pasa en casi todo, incluso en los libros: entre más producción, más barato el insumo, ¿quién lo creyera?
Digamos entonces que por costoso saliese a 15.000 pesos la producción de cada ejemplar, y que cada ejemplar se ponga luego a 40.000 pesos en librerías. Antes de sumar, les recuerdo: no es necesario venderlos, sólo maquillar la inversión.
¿Sumamos?
Quince mil millones invertidos. Treinta y cinco mil millones justificados. Pero si se registran utilidades por cien mil millones, ¿quién se dará cuenta?
Nadie.
Y recuerden que los ejemplares jamás vendidos se pican, se venden por peso, y listo.
Ecológico y más honesto que fundar pirámides y tumbar pastusos.
Nos evitaríamos las asonadas, los linchamientos, el incremento de penas, la recriminación miembros del poder público. La mafia literaria, contenta. La mafia narcotraficante, contenta. El estado, tributado. El grupo Prisa con competencia. Y los escritores igual de jodidos.
¿Pero en este blog qué nos van importar los putos escritores?
Que se jodan los escritores.
Que se dediquen al alcohol.

Que les den por el culo.

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Maneki-Neco

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