El crimen del siglo

14:46


Esta es la historia de un asesino. Así ponen los suplementos para que el lector caiga redondo y compre el libro. ¿Un asesino? ¿De quien? ¿Cuándo pasó? ¿Cómo lo mató?, y empiezan las maquinaciones. Los asesinos venden. Mucho más que las víctimas. Aunque me temo que esto que digo tanto les duela a los secuestrados y a los editores de Oveja Negra que publican en colombia libros en serie cada semana. Libros de víctima. Libros que explotan la mina de oro que son el morbo y el dolor del que ha sufrido. Los secuestrados de Colombia son el último movimiento literario, por si no se han dado cuenta. Y el único exitoso que hemos tenido en realidad. ¿Qué no puede faltar en un hogar de clase media de Colombia? Un libro de secuestrado. ¿Qué serían de nuestras listas de más vendidos en los últimos años sin el libro de Pinchao, o el de Luis Eladio, o el boom que devendrá cuando publique Ingrid Betancurt el suyo que se llamará "castigada sin postre"? ¿Qué sería de nuestros reporteros de oficina como Darío Arismendi y Claudia Gurisatti? ¿Qué sería de ellos (sería, porque es pluscuamperfecto) cuando a los asesinos de este país se les de por contar su versión de los hechos? Ese sí que sería el boom de la literatura testimonial Colombiana, pero no lo veremos. O sí, lo veremos, contados en tercera persona por tipos como el bueno de Miguel Torres que nos ha sorprendido con la historia de este asesinito de los años cuarenta. Lo único lamentable es que el crimen que trata es un tanto arcaico, pasado de moda. Trata del criminal que mató a Jorge Eliécer Gaitán hace sesenta y un años. Lo deletreo: j-o-r-g-e-e-l-i-e-c-e-r-g-a-i-t-a-n. ¿Les suena? No, por supuesto. Pero les voy a contar: Jorge Eliécer Gaitán, el cineasta más secreto de Colombia, fue un demagogo curado en los recintos melifluos de la Italia fascista que se puso una cámara de cine al hombro y partió a la costa caribe a buscar la verdad de los masacrados en Ciénaga, Magdalena, 1928. ¿Que no se acuerdan tampoco de la masacre de las bananeras? Pues bueno, les cuento: una fiesta entre militares y trabajadores, auspiciada por la United Fruit Company que terminó en orgía en 1928. ¿Qué filmó allí el demagogo que lo llevaría a ponerse diez años después al frente del movimiento popular de más relevancia en la historia política de nuestras desilusiones? Lo que encontraremos todos, en todos los descampados de esta tierra si nos proponemos buscar, bajo el lodo, lo que hace tan bellas y cotizadas nuestras flores y tan apetitoso nuestro café en el extranjero. Humus humano. Es decir, los cimientos de un país arruinado: fosas comunes llenas de osamentas. La única institución verdaderamente democrática de Colombia, es la fosa común, como bien sabemos. Ahí es el único sitio donde podríamos caber todos los colombianos juntos. Pues bien, Gaitán con su película halló la prueba contundente de que el ejército colombiano abrió fuego contra los trabajadores colombianos de la United Fruit Company el 6 de diciembre de 1928 después de dicha fiesta. Y el debate y el polvorín que el demagogo levantó en el congreso para denunciar dicha masacre lo pondría luego al frente de la mayoría popular y a las puertas mismas de la presidencia. Con una propuesta política de aplicar para cada región un plan de desarrollo acorde con sus características anlfabétnicas, geológicas, climáticas, salió el demagogo a recorrer el país llevando en su comitiva geólogos, astrónomos, chamanes para que fueran trazando un plan de acción distinto por cada característica de diversidad en cada sitio (convencido de que sólo así podría hacer una gestión coherente con el país heterogéneo que estaba a punto de elegir para ser presidente). ¿Qué ocurrió? Que al demagogo lo mataron el 9 de abril de 1948, de tres balazos en la cabeza, y su asesinato produjo lo que en otras circunstancias lleva años: la fundación de un mito. Prócer y mártir, en un reino de analfabetas y cristianizados, su asesinato otorgó el combustible necesario para que ardiera la capital y el resto del país durante una década que dejó trescientos mil muertos que ya no nos duelen: La Violencia. ¿Porqué un mito? Porque sólo un mito puede hacernos creer que un solo hombre de veras hubiera podido arreglar este país, y porque sólo el fervor de un mito puede general un centenar de novelas que giran alrededor del mismo tema: La novela de la Violencia. Entre el año 1950, hasta 1970, más o menos, Colombia tuvo un movimiento literario equivalente al actual libro que llamamos "de secuestrado". Ese otro libro lo llamaremos "de víctima de la Violecia". Pero la Novela de Miguel Torres, escrita con 60 años de añejamiento, se distancia de sus pares: no es sobre la víctima, el susodicho demagogo de apellido Gaitán, ni se centra especificamente sobre su campaña electorera, o sobre su populismo, o sobre su tragedia como lo haría cualquier otro. Trata sobre algo mejor: sobre el asesino. Juan Roa Sierra. Su supuesto asesino. Porque al final no lo mata. La novela se llama El crimen del siglo, pero me da la gana pensar que apunta a otro crimen. No al de Gaitán. Al de Roa, el asesino hecho víctima (de su desamor, de su pobreza, de su eróstrato). Roa Sierra era un pobre albañil de cuarta categoría que cuando no se creía la reencarnación del procer Francisco de paula Santander se creía la reencarnación de Jiménez de Quesada. Además, en sus horas libres, que eran muchas, solía acudir a casa de un astrólogo áleman que le leía la mano y le vaticinaba figurar en la historia. Lo que no le dijo el alemán es de qué forma figuraríaa en la historia. Para nosotros, para los que nos interesamos por esas tonterías, Roa Sierra es el asesino de Gaitán. Y punto. Así lo dice la historia. Pero otra cosa dice la literatura. Para el narrador de esta novela Roa Sierra es el desempleado del Barrio Ricaurte que fue a pedirle al promisorio Gaitán ayuda para obtener un puesto, y a quien Gaitán, el espléndido refocilador, el que decía que su voz no era su voz sino la voz de un pueblo, le dice que no, que su oficio no era buscarle puesto a la gente, que se lo pidiera al gobierno. Demagogo. Yo también lo hubiera matado. Es más: un día voy a escribir un cuento y lo voy a matar, a mi modo, por hijueputa. El escritor Torres (que no confundan, que él no es el narrador, porque ningún escritor de novelas es el narrador de las mismas) contestó en una entrevista acerca del detonante que llevaría a Juan Roa a matar al caudillo (en el supuesto de que lo matara). "Hay muchas hipótesis -dice- pero si fuera por esto, habría tenido que matar a su amante, quien lo echó de la casa por mantenido, y a sus hermanos por darle la espalda". ¿Ya ven? Por eso es que los escritores no pueden ser los narradores de los libros. Por humanistas. El narrador del libro de torres, un narrador omnisciente, quizá se parezca en eso a Torres. Por humanizar a un más a Roa Sierra (que no otro es el menester de la literatura), al final dice que no cometió el crimen. ¿Entonces por qué le pusieron al libro El crimen del siglo si se puede saber? Porque el cimen del siglo fue el de Roa Sierra, no el de Gaitán. El crímen del siglo es aquel cuerpo aporreado por la multitud de estupidez unánime. El crímen de su cuerpo acorralado en una droguería, de su cuerpo linchado que anardeció a la turba, de su cuerpo arrastrado por la calle hasta palacio, de su cuero cien veces matado y vuelto a matar, de su cuerpo convertido en chivo expiatorio y en la metáfora de la impunidad y de la alevosía y de la pauperrización de un siglo y el desmedro de este país.



¿Sí la ven?
!Ahí va Colombia!
!Una piedra para lapidar a esa adúltera!

You Might Also Like

2 Deja un comentario

Maneki-Neco

Maneki-Neco

RADIO

FANS