Un millón de ideas para Obama

15:01

Tengo una hermana. No soy un monstruo. Mi hermana no se parece en nada a mí. Si se hubiera cultivado en algo que no fuera comer, si escribiera, por ejemplo se parecería a Agota Kristof.
El caso es que nos parecemos en nada y pocas veces estamos de acuerdo algo. Pero esta vez sí. Mi hermanita tiene un humor maravilloso. Si el mío es atrabiliario, derrotista y cínico, el de ella es espléndido, luminoso y negro como su caebllera. Herencia de un padre que era un completo hijueputa y que lo único que le dio a mi pobre madre fue 3 sonrisas y un mal orgasmo. Mi hermana me pidió que escribiera una carta en su lugar dirigida a Michelle Obama, la mujer de Barak (espero que haya alguien ahí que no lo sepa).
Como no soy escritora, no lo hago, dijo. Pero usted sí. Dígale sólo dos cosas. Que se mande a hacer una himenoplastia y un pulimento de caderas para que deje de andar patiabierta por la Casa blanca y deje de salir tan mal en todas las fotos de revistas internacionales. Dígale que los fotógrafos son todos una partida de hijueputas y que siempre le enfocan el defecto. Dígale que lea además un manual de etiqueta y diplomacia para primeras damas y así no volverá a cometer el crimen de lesa majestad de cruzarle el talle a las reinas, sobretodo a la momia de Inglaterra, si sigue viva en la próxima visita. Dígale que le comente a su marido que soy abogada y que si le queda algún puesto en la Casablanca que yo lo puedo asesorar. Así sea probando la comida en su lugar para comprobar si viene o no con veneno.

Hasta aquí mi hermana.
Pero me gustó la idea y seguí escribiendo.
Dígale a su marido, de paso, que mande a unos agentes de la Cía para que vuelvan a matar presidentes en Suramérica. Hace rato que no nos matan ninguno. Y falta que nos hace. Que al primero que debe acabar es al indiecito ese de Bolivia que hace dietas de gordura y las hace pasar por luengas de hambre. Que le pongan una bomba, y que si fallan, le mande entonces un sicario. Aquí en Colombia abundan los sicarios y hasta yo le puedo recomendar a uno que mata por 50.000 devaluados y es discreto. Que una vez consumado el magnicidio lo siguiente que debe hacer es poner un misil crucero rumbo a Caracas, la capital sin alcalde, porque el tirano que hay allí fijo da la orden de despegar a los Sukhoi-30 que le compró a Rusia y de vengar al indio y bombardear Santa Cruz de la Sierra (y de paso se autoproclama así segundo libertador de Bolivia) y unifica la neogranada y aquí no necesitamos más potencias. Con la que ustedes tienen, basta.
Dígale que apruebe el tratado de libre comercio. Que en Colombia lo esperamos con ahínco. Que mucho lo necesitamos. Que estos tiempos de crisis económicas se saldan quebrando países de cuarta o inventándose guerras mundiales. Que no se indigne por los sindicalistas asesinados, que esos no eran sindicalistas sino guerrilleros de civil, como dice el presidente, el otro, el de mentiras, el nuestro. Que no se preocupe de los arroceros, ni de maiceros, ni de avicultores que el que come de todo no muere de hambre. Además, aquí entre nos, en colombia nos comemos el pollo, el maíz y el arroz más caro del mundo. Dígale que amplíe el Plan Colombia, por favor, que no nos deje sin esos setecientos millones de dólares que necesitamos para comprar helicópteros y bombas de quinientas libras a sus industrias bélicas. Dígale que esta vez en lugar de enviarnos glifosato, que sólo sirve para escoriar la piel y enceguecer a los niños, que nos mande todo el napalm que sobró del sudeste asiático.
Sólo como emisión de prueba.
Por dos años.
Y si en dos años no acabamos con la coca, al menos acabamos con su caldo de cultivo: la selva infame, incivilizadora, refugio para forajidos y cárcel de secuestrados.
Dígale que por su propio bien ni se le ocurra legalizar la droga. Que Nixon cayó por menos que eso. Que haga como la raza narca que gobierna este país: manda a la cárcel al que lleva encima un alijo de bazuco mientras invierte el patrimonio familiar en insumos químicos. Dígale que no pudra a sus hombres en Afganistán. Que yo sé dónde está Bin Laden. Pero que se lo digo a razón de que me ponga una bomba (atómica, preferiblemente) donde le diga y sin verificación. Que no se preocupe por lo que diga la ONU que a esa la soborno yo con los cien millones de dólares que me pague por ser chivato.
Dígale que aquí lo respetamos mucho por los cuatro meses que lleva de gobierno, que cagada el cierre en Guantánamo, pero que, si quiere algo mejor, mi amigo Harold Alvarado Tenorio está vendiendo una finca de dos mil hectáreas en Cundinamarca y bien le sirve para armar un nuevo reformatorio. Dígale que aquí sentimos con el alma y el furor esa elección histórica que hizo el pueblo americano, como si aquí en Colombia nos estuviéramos emancipando de la negritud (que pensó irse toda a Estados Unidos a celebrar y les negaron la visa) una vez terminó el escrutinio y lo eligieron presidente. Incluso hubo un pueblo en un lugar llamado Chocó (¿Chocó? ni aquí sabemos dónde queda) que mostró lo mejor de su raza cuando decretó 3 días feriados, y sobretodo dígale que mientras celebraban en Chicago su elección hubo dos masacres y ni siquiera nos dimos cuenta por estar bautizando los cientos de Michelles y Barack Obamas Chacón Chaparro que nacieron en nuestros más sofisticados muladares (aquí los llaman hospitales).
Dígale que no se afane por los últimos y repetidos casos de sicopatía en los que un hombre cometió el desafuero de disparar contra 14 compatriotas y una madre jugó tiro al blanco con la cabeza de su hijo y luego se suicidó dejando una nota elocuente que parece escrita por una colombiana: “soy fracasada”.
Dígale que aprenda de nosostro que somos un país con 44 millones de fracasados y que vivimos felices, siendo el país más dichosos del mundo. Que si quiere le recomiendo a un sicólogo especialista en sicópatas sistemáticos, y quien debe implementar un muy buen método, porque ahora los asesinos matan y matan y siguen matando, pero no se suicidan, ni tienen remordimientos. Se llama Luis Carlos Restrepo y está vacante. Es autor del libro más hermoso del mundo que se titula Derecho a la ternura, y es además uno de los que ha sacado avanti esa campaña noble de reconciliación nacional que se llama Paz, Justicia y Reparación. Que le podemos enviar también a otro eminente terapeuta llamado Rito Alejo del Río, especializado en terapias de choque.
O aquí su servilleta, si me requiere.
Dígale que yo puedo ir y hacerle una campaña de contención de la ira. Porque un escritor que no escribe es un asesino en potencia, y hasta ahora aun no me he matado, ni he matado a nadie. Aunque ganas no me faltan. Le puedo hacer un abstrat, si su marido le interesa. La ira es una moral a corto plazo, Michelle. Controlable con fetiches incapaces de valerse por sí mismos, llámense perros, gatos, niños.
La terapia que propongo consiste en esperar el momento de mayor iracundia, cuando más impulsos asesinos tenemos por apuñalar, aserrar, desmembrar y en ese instante ir al patio y golpear con sevicia al perro faldero, o al gato o a los niños o a la esposa. Así, el deseo de matar se ve menguado por la interposición un ser neutral que nos devuelve a la ternura, como dice López.
Es una terapia inventada por mí, inspirado en un caso de perturbación vecinal al que he seguido el rastro (a seis meses de casados los vecinos de mi conjunto se odian, se insultan, se pordebajean con las mismas invectivas que uso en este blog), pero desde hace unos días han aprendido a controlar sus impetus, a “pintar raya”, como dicen, golpeando a una perrita French Poodle de color de las grosellas.
Todos sufrimos de lo mismo, señora Michelle, pero no de la misma forma. Unos se suicidan, otros salen a matar a plazas públicas, otros se autoflagelan, otros hacen infelices a sus allegados, otros escribimos libros para negarles un lector y otros matan a sus hijos y luego se suicidan y dejan una constatación en el abismo: “soy un fracasado”.
No vaya usted a sentirse así aunque hoy le digan que es usted la segunda primera dama del mundo y mañana, ya en retiro, con un ex presidente como esposo y serias aspiraciones presidenciales, los mismos cretinos digan que es usted una pobre negra patirrajada.
Si le costó a su marido 454 millones de campaña y canas ficticias con sólo ser negro, imagínese lo que le costará a usted con ser negra y además mujer.
Hágale caso a mi hermana.
Hágase esa reconstrucción de cadera e himen.
La cadera para la humanidad voyerista que no soporta ver a una negra dominando al mundo con su coño negro, y el himen para su marido que después de presidente a qué mejor gloria puede aspirar.
Y por ninguna razón permita usted que sus dos pequeñas perlas de Tahití se crean que son las dos niñas más importantes del mundo. Después se lo creen y cometen la guasa de ser presidentas.
Acuérdese de Gabriel Mistral, una cocinera de Chile que decía:

Después no les sirve ni el novio, ni las amigas del suburbio, ni el jazz, ni el orgullo de su raza.


Atentamente, Stanislaus y Lavinia Bhor



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