Nada es sagrado. Todo se puede decir

17:47

Apreciado amigo: yo tampoco sé como llegué a su correo, ni sé qué he hecho para merecer una pastoral como la que me envía. Soy un francotirador solitario que lanza al horizonte este putrefacto pedazo de carne podrida, y dirigido a ensuciarle la cara a una asamblea de sombras (que hasta hace un año, ni siquiera existía). Antes que nada, le aclaro algo: Todo lo que se dice en este blog es ficción. Y no porque yo lo diga, sino porque lo dice la academia, la crítica de gacetillas, el presidente, y sus ministros. Prefiero pensar que todos los lectores de este blog también son pura ficción, y como guardo respetos más hondos y mejores, y recuerdos más vivos y sublimes por los personajes de ficción que por seres de perecedera carne y perecedero hueso, le dirijo esta invectiva de agradecimiento un tanto extensa.
Me divierte pensar que en su carta hable con tanta familiaridad de Nietzsche, llamándolo primo. Al fin y al cabo todos en la costa Caribe colombiana se llaman primos (ajá, primo, oye, primo) tal vez porque primos serán en la vida real. Pero llamar primo a Heidegger, eso sí es pintarla calva. Y para colmo, me cita usted esa exégesis de Hölderlin que fue lo único que leí en mis años de academia sin sentir arcadas...
¿Qué el lenguaje debe ser lo más cuidado? ¿Lo más excelso? ¿Lo más bello?
Nunca pude estar más de acuerdo con ese nazi cabrón.
Pero yo prefiero a Raoul Vaneigem: “Las opiniones racistas, xenófobas, sexistas, sádicas, cargadas de odio, de desprecio tienen tanto derecho de expresarse como los nacionalismos, las creencias religiosas, las ideologías sectarias, los clanes corporativistas que las alientan abierta o subrepticiamente según las fluctuaciones de la ignominia demagógica. Todo ser humano tiene el derecho de criticar y contradecir lo que parezca más indudable o se admita como evidencia científica establecida. Las especulaciones más disparatadas, los asertos más delirantes fertilizan el campo de las verdades futuras e impiden erigir en autoridad absoluta las verdades de una época.” Así mi primo.
Raoul, se llama.
Francés para más señas.
¿Pero cómo llevar la filosofía de mi primo Raoul a la praxis?
Ay, mi querido Clímaco… (Me gusta su nombre: me suena a clímax…) uno simplemente abre la boca y dice: Que Colombia es un albañal, por ejemplo.
O usa un incordio compuesto: que Colombia entera es una Puta Mierda.
Y que en consecuencia los Colombianos son uno hijos de puta.
Y entre todos, los costeños, unos promiscuos, y unos negros, y además de eso, unos buenos para nada.
Si aun sigue leyendo este mail, después de tan ilustrativo ejemplo, déjeme decirle que no es para ofenderle, ni más faltaba; es para controvertir un poco las ideas fosilizadas de su primo el nazi: las palabras no son buenas ni malas, ni bonitas ni feas, simplemente son todas.
Palabras. Palabras. Palabras.
Unidas de cierta forma pueden expresar una idea xenófoba, o un haikú, o un panfleto.
Pero la palabra sigue inmaculada, y nazi morirá siendo aquel que las teje.
Y más que todo: aquel que las oye y las cree y sigue y llora y se compunge y reza: palabra de Dios te alabamos señor, palabra de Dios te alabamos señor, palabra de Dios te alabamos señor… así, hasta el delirio.
Nada es sagrado, mi querido Climaxco. Todo se puede decir.
Las injurias y el incordio tienen tanto derecho a ser expresados en esa sociedad que usted llama posmoderna, y que para mí no ha llegado ni a premoderna. Aquí los obreros que abren chamba en una vía, que yo sepa, no se ponen a leer el libro Ser y tiempo que escribió su primo Martín, a la hora del almuerzo. Que recuerde, porque lo viví en carne propia: a la hora del almuerzo se ponen es a jugar ese juego estúpido llamado microfútbol, que junto a los políticos, Wall Street y el movimiento Hare Krishna Internacional y el malditismo y otros cuantos ismos asquerosos conforman la peor ralea que la humanidad creó. Eso no es una sociedad posmoderna. Yo no quiero construir, sino destruir una trampa ideal, moral y mortal que se hace pasar por el único modelo a seguir. Si tuviese bombas, las pondría. Que no le quepa duda. Soy un asesino de ficción, moralmente debo serlo. Pero como al protagonista de la única novela de Canetti, a mí no me da miedo decirlo. Destruir-construir. No sé si capta usted la sutil diferencia. No se trata de bombas. Ni de tiros.
En literatura las bombas no matan.
Ahora a todos les ha dado por exigir la propuesta cuando se sienten cuestionados. Yo, señor don Clímaxco, no propongo nada. ¿Puede usted creerlo? Que proponga el presidente: que la mitad de los colombianos mueran por hambre y la otra mitad por hierro.
Eso dice, y es el patrón: y el patrón es el que manda.


p/
Puedo aceptar que sus primos sean Federico Nietzsche y Martin Heidegger (siempre que no se atreva a decir que su tío es Schopenhauer). Lo que no puedo precisar es cuándo Camus habló de la Nueva Colombia que usted menciona. Creo que Camus nunca dijo nada así, porque ni siquiera sabía dónde quedaba Colombia (como muchos hoy no sabemos dónde queda Argelia, ni falta que nos hace). Los que sí hablan a menudo de refundar patrias son los señores de Ralito. Costeños para más señas. Dice usted que el primer grupo cultural de Colombia lo conforman los costeños. ¿Me pregunto a qué clan se refiere con tal entusiasmo: a los Poyolopes, a los Arujo, a los Villacalzón?
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