Toda autobiografía es ficción

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Escribir la autobiografía es romper con la memoria. Seleccionar, ya que el pasado es un espejismo (porque el tiempo es irrecuperable), las líneas que demarcan y deciden una vida. Nietzsche pensaba, cuando estaba sifilítico, que “aquello para lo que podemos encontrar palabras ya ha muerto en nuestro corazón”. La analfabeta, autobiografía de Agota Kristof, que acabo de leer y releer en dos pasadas, es la renuncia a su pasado. A una patria. A una lengua.

Escrita por entregas en un periódico suizo, y recogida luego en forma de libro y arrepentida Kristof más adelante por algo que consideró una irresponsabilidad de escritora (¿por haber hecho público algo que sólo le interesaba a ella? , ¿por develar así los secretos triviales de su obra maestra?) uno no puede más que preguntarse después de leer su infidencia ¿qué lleva a la autora del Gran cuaderno y La prueba y La tercera mentira a escribir una confesión como La analfabeta? ¿El ansia de totalidad, el afán por contarlo todo, la presión del editor? (De paso podremos preguntar qué nos lleva a los lectores a encarnizarnos con un escritor que nos impresiona y el estúpido afán de leer todos sus libros).
Que hable la analfabeta:
“¿Cómo habría sido mi vida si no hubiera dejado mi país? Más
dura, más pobre, menos solitaria, menos rota; quizá feliz. De lo que sí estoy
segura es de que hubiera escrito lo que fuera en cualquier lengua”.
La necesidad de escribir es legítima.
La necesidad de publicar, no.
Sobretodo cuando sólo se pueden publicar algo inferior a lo anterior.
Pero tiene razón, Kristof. Escribir, si se parece a algo, es a la adicción. A una tesa, que te pudre, que arruina el vicioso, pero a la que el escriba se rinde.
El libro no tiene más de cien páginas. Ediciones El obelisco. Letra de catorce puntos. Con muchos espacios blancos y muy aireados. No agrega ni quita nada al Gran Cuaderno. Más bien desluce a los otros dos que escribió y que forman su trilogía (ella nunca la llamó así). Pero es un libro para quienes queremos saberlo todo de los autores que nos son caros. Si hay que otorgale algo al libro, es la vocación de brevedad que tiene su memoria. Nada de once tomos, como quería Anais Nin. Ni de 3, como hizo Beauvoir. Ni siquiera los 3 de Sándor Márai. En 11 escenas, Kristof hace el tránsito de su vida. La vida de Agota Kristof, una niña húngara hija de ama de casa y profesor de escuela que desde muy chiquita se aficcionó a leer (“la actividad más ociosa, más incomprensible, más pasiva del mundo”). Una adolescente que no lloró cuando murió el camarada Stalin. Una adolescente que fue llevada a un internado y adoctrinada por el esquema soviético de educación para países ocupados de la Europa del este. Una madre a los diecinueve años, que cumplidos los cuarenta lee un periódico y se indigna ante unos inmigrantes turcos que al pasar la frontera dejan morir de frío a un niño. “¿Pero si tú hiciste lo mismo?, se dice. “ ¿No te acuerdas?” Una obrera de fábrica que vuelve a casa para hacer de comer a su familia y limpiar la casa y escribir poemas. Una mujer que se convirtió en analfabeta cuando cruzó una frontera, cuando tuvo que renunciar a su lengua y pasar años sin leer nada, sólo releyendo (“releer es mejor que no leer”), y que después tuvo que aprender de nuevo las vocales para escribir una obra maestra en una lengua que no era la suya. Agota Kristof, un genio con el suficiente coraje para contestar a la obviedad con una respuesta inteligente:
Capítulo 10:
¿Cómo hacerse escritor?
“En primer lugar, hay que escribir,
naturalmente.
Luego, hay que seguir escribiendo”

Toda autobiografía es ficción. Borges, que lo sabía casi todo, dejó dicho: “no hay ninguna diferencia entre soñar y recordar”. Tergiversando un poco a Borges que se situaba más en la dictadura de la memoria que en el reino del sueño: no hay ninguna diferencia entre escribir una obra de ficción que una memoria personal.
Al comienzo, la vida es una elección ajena; después, una suma de elecciones propias. (Dejémoslo en elección a secas.) La biografía, una fabulación de las elecciones que nos llevaron a fracasar, o a fracasar mejor, como sabía también Beckett.

"Me equivoqué al publicar estos textos. Es una recopilación de narraciones que, hace años, mandaba a una revista en alemán en Zurich. No tienen ningún valor. Son redacciones escolares. ¿Por qué las publiqué? Entonces porque necesitaba el dinero”. A. K

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