El diario de Albert Camus

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“Yo andaba frente al mar ahogado en actitud paciente en este Argel

de diciembre que para mí era la ciudad de los veranos. Había huido de la noche
de Europa, del invierno de los rostros. Pero aun la ciudad de los veranos se
había vaciado de sus risas y no me ofrecía más que lomos redondos y brillantes.
Por las noches, en los cafés violentamente iluminados donde solía refugiarme,
leía mi edad en los rostros que reconocía sin poder empero recordar el nombre de
sus dueños. Sabía únicamente que habían sido jóvenes conmigo y que ya no lo
eran."


Y así va el tono.
El Verano es un diario de viaje, con ribetes de ensayo; a veces esperanzador, a veces desesperanzado, donde uno sospecha que la oscilación entre el tono abismal y la alegría corresponde a la arbitrariedad de las fechas. La verdad es que no se sabe dónde termina la esperanza y empieza la desesperación. Hasta la mitad lo fecha Camus en 1952. Pero en seguida viene Bodas, que es una serie de de crónicas más antiguas que escribió Camus en Orán y otros lados, en Africa, en Argelia, cuando estaba a punto de estallar otra guerra en Europa, en 1939.
Así que, aunque no cuente con una cronología exacta, si uno sigue las fechas puede convertir el libro un diario perfecto, que son esos donde puede esbozarse la evolución moral de su autor y todos los rostros que va adquiriendo en el tránsito de su vida.
Hay varios Camus que se pueden distinguir en este libro de escasas 130 páginas.
¿Se imaginan a un Camus lejano del existencialismo, un Camus que dice SÍ, un Camus que cree en el amor?
Yo tampoco.
Pero aquí esta:

“Aquí comprendo lo que se llama gloria: el derecho a amar sin
medida. Sólo hay un amor en este mundo. Estrechar un cuerpo de mujer es también
retener contra sí esta extraña alegría que desciende del cielo hacia el
mar.”

Estaba enamorado.
En 1939, Camus estaba enamorado.
Qué raro piensa un autor cuando está enamorado. Parece feliz.
Está también el Camus que creía saber a dónde iba:

“Fui a Tipasa para volver a descubrir allí que era preciso guardar
dentro de uno mismo intactas la frescura y la fuente de la alegría, que era
preciso amar el día que escapa a la injusticia y retornar al combate habiendo
conquistado esa luz. Volvía a encontrar allí la antigua belleza, un cielo joven,
y consideraba mi suerte al comprender al fin que en los peores años de nuestra
locura nunca me había abandonado el recuerdo del cielo de Tipasa”.

Bueno, yo volví a Comala porque me dijeron que allá vivía un tal Pedro Páramo.
Quiero decir que a mí no me engaña este Camus.
Todo el mundo se arma de razones para regresar al origen.
Más que todo por la nostalgia, que es mala consejera. La nostalgia del futuro, que es un fraude, terminará por dar al traste con todo lo maravilloso que pensábamos encontrar: la vieja casa de los abuelos hecha ruinas, la finca que nos expropiaron los paramilitares floreciente en palma africana, o enmontada, o bombardeada, tapizada de muertos que deambulan por su cafetal; el barrio de la infancia, remodelado; la quebrada donde me follé a mi primera novia, podrida por la pestilente cañería de mil inodoros.
No, parcero, yo no vuelvo. Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver, canta Sabina.
Camus dice que lo sabe. Que sabe a qué volvía. Que sabía cuál era su destino en Orán.
Pero en realidad, Camus no lo sabía.
Y ahora nosotros sí lo sabemos.
Se iba a matar en un carro, junto a su editor Gallimard, en la carretera 5 de Yonne, el 4 de enero de 1960. Pero en 1939 aun no lo sabía. Tanto afán para llegar al infarto. Tanto afán para llegar al derrame, al tiro del sicario, a la peste cerda, al accidente de tránsito.

Está también el Camus anacoreta. El Camus peregrino que busca un desierto para poder escribir:

“Para huir de la poesía y recobrar la paz de las piedras, se
necesita de otros desiertos, otros
lugares sin alma y sin recursos. Orán es
uno de ellos.”


Un Camus que sabe que el desierto también puede fabricarse:

“Descartes, cuando tuvo que meditar, eligió su desierto: la
ciudad más comercial de su época. Encuentra allí su soledad y la ocasión del más
grande, quizá, de nuestros poemas viriles: “el primer precepto era no
aceptar jamás ninguna cosa por verdadera que yo no conociera evidentemente
como tal”.

Desde luego, está el Camus que insisten en poner al lado de la pandilla existencialista, cansos de saber que castor Beauvoir y Sartre murieron diciendo que Camus no era existencialista. Menos filósofo. Por eso pelearon en 1952. Porque Camus publicó El Hombre Rebelde, para sostener que el hombre verdaderamente rebelde es el que dice NO. Y lo jodieron. El hombre verdaderamente rebelde es el que dice: YO. En Tiempos Modernos le pulverizaron el libraco, y Camus le escribió una carta a Sartre que era una ruptura desde el dativo: "Señor director".
Y se acabó. Sartre dijo que Camus estaba pasando por un momento difícil, que lo había echado una mujer (¿la misma a la que se refiere con entusiasmo en Boda?), que pensaba que todos estaban en su contra, y que el hombre rebelde había escurrido el bulto.

Está el Camus absurdo. El que se trenza de nuevo en ese problema irresoluble que es morir. Envejecer y morir. O sólo morir. No hemos resuelto ese problema. Aunque no haya costumbre más antigua, ni rutina más moderna que morirse o que matar.
No sabemos por qué estamos aquí, pero sabemos que no queremos morir.
Y por eso nos compramos el tapabocas.
Y odiamos las pandemias, y tomamos vitamina C, y huímos cuando se oye el estornudo tras la nuca.
Pero la verdad es que huir, no hay a dónde huir.
Una muestra del Camus que prefiero:



“¿Quiere decir que vivir es correr a la perdición de uno mismo?
De nuevo sin espera, corramos a nuestra perdición.”

“Sólo es mala suerte no ser amado, y desgracia no amar. En la situación en que hoy vivimos el amor es imposible y la justicia no basta. He aquí por qué Europa odia el día y no hace sino oponerse la injusticia a sí misma. “

“¿Qué es la felicidad sino el simple acuerdo entre un ser y la existencia que lleva?”

“Es bien sabido que la patria se reconoce sólo en el momento de perderla. Para quienes están demasiado atormentados consigo mismos, el país natal es el que los niega. No quisiera ser brutal ni parecer exagerado. Pero en fin, lo que me niega en esta vida, es lo que primero me mata. Todo lo que exalta la vida, acrecienta al mismo tiempo su absurdidad. “

“En el verano Argelino, aprendo que sólo una cosa es más trágica que el sufrimiento: la vida de un hombre feliz. “

“Sin embargo, en ocasiones bien puede procurarse rectificar el tiro, y repetir que uno no podía ser siempre un pintor del absurdo y que nadie puede creer en una literatura desesperada. . Claro está que siempre es posible escribir, o haber escrito un ensayo sobre la noción del absurdo. Pero siempre es posible escribir sobre el incesto sin haberse precipitado sobre su desdichada hermana; por lo demás nunca leí en ninguna parte que Sófocles hubiera suprimido a su padre y deshonrado a su madre”

“La palabra es como el acto: “¿Ha dado usted a luz a este niño?” “¿Sí?” “Entonces es su hijo.” “!oh, no es tan sencillo, no es tan sencillo!” De este modo Nerval se colgó dos veces. Primero por él mismo que era desgraciado, y luego por su leyenda que ayuda a algunos a vivir.”


El Verano Bodas, Albert Camus, Editorial Sur, Buenos aires 1972 Tradución Alberto Luis Bixio - Jorge Zalamea

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