El mostacho sucio de Leòn Bloy

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El problema con León Bloy (Bluá) es que se creía santo. Se creía mártir y se creía genio.
Y para empeorar las cosas, se propuso serlo.
En definitiva, hay sólo dos clases de genios: los autoproclamados que no ne necitan serlo sino decirlo, y los que no lo saben pero acaso tienen que levantar la voz, y peor aún: demostrarlo. Autoproclamados son tipos como Nabocov que dicen: "Hablo como un niño, escribo como un hombre ilustrado, pienso como un genio." Y luego escriben Lolita y eso es suficiente. O bien tipos como Capote que primero escriben A sangre fría y entonces sí se declaran genios por otras maravillosas virtudes: "Soy alcohólico, soy drogadicto, soy homosexual, soy un genio."
Esos no necesitan más pruebas.
El resto son el prógimo del prógimo.
Lo único que les impide declarar que son genios en plaza pública, a grito herido, es la pobreza. Cuando un genio es pobre, y lo dice, automáticamente se convierte en loco. En un bazuquero afónico de plaza pública. Un pobre hijueputa que se cree genio.
Eso más o menos fue lo que trastocó a Bloy. Pobreza y menosprecio. Nació limpio en 1847 y murió limpio en 1917, arruinado, despreciado por Francia, creyendo que el Nobel se lo negaban para sanear las cuentas de un escritor rico en declive. La probreza extrema no fue algo que se propuso Bloy a conciencia. Pero hizo todo para merecerla.
Igual que Marchenoir, protagonista de su novela El desesperado, Bloy también se hizo echar de todos los periódicos donde eventualmente le contrataban para redactar artículos o críticas, por su manera furiosa de despreciar al resto. Esa era su gran virtud: el desprecio. Así que despreció a escritores, políticos y curas por igual. Su genialidad consistía en saber injuriar como nadie. En odiar como un demonio y arrepentirse luego como beato.
Hasta aquí el problema Bloy.
El problema con su obra, es que todo lo que hubiera sido genial en ella, lo salpicó de oraciones, de solemnidades, de clamores y reverencias a un Dios que no responde.
Siete volúmnes integran su Diario. Si se quitaran las citas incluidas de otros autores, quedarían cinco volumenes. Si se cercenaran los pasajes donde se queja de estar arruinado, quedarían tres volúmenes. Si se quitara la palabra Dios y las advocaciones religiosas, y todo lo que queda se redujera estrictamente a dos temas: las críticas ácidas de literatura y las injurias y las cartas que envió a medio mundo pidiendo dinero, entonces quedaría por mucho dos ejemplares. Esos sí, geniales. Un diario perfecto de escritor sobre escritores, de injuriador sobre canalla literaria. No un diario de laico furibundo. Ni de beato en ciernes. Porque León Bloy fue siempre un beato en ciernes. Se molestaba de que sus lectores tuvieran la blasfemia de compararlo con un beato. Y sin embargo, se quejó como mártir y practicó hasta el último día de su vida en que comulgó y se hizo poner los óleos la virtud estúpida de la resignación. Mientras estuvo vivo, se olvidó de que la voluntad es más fuerte que el destino. Se dedicó a engendrar hijos y a esperar que del cielo llovieran cocos. Como cocos no llovían, porque poco coco compro poco coco como, creía entonces que todos estaban en su contra, que Francia entera se había confabulado para hacerlo sufrir. Era paranóico y exagerado como todos los fracasados. Buscaba siempre un chivo expiatorio a quien culpar de su fracaso. Si le devolvía un devocionario de los que solía escribir cuando más pobre estaba, decía:
"Se me devuelve el manuscrito de La sangre del pobre, que ya ha viajado mucho, y que retorna esta vez de la casa Flammarion, subrayado en ciertos pasajes irrespetuosos para los ricos. Injurias y reparos. La lectura y las acotaciones deben haber sido hechas por una dama a quien creo conocer y cuyo nombre literario rima con meando. Todo esto es demasiado idiota. ()Parece que soy demasiado vivaz para su comercio. !Raza innoble de mercaderes que quisieran enriquecerse con el sufrimiento de un artista sin correr el mínimo riesgo! Si yo me hiciera célebre todos estos perros se apresurarían a lamer mis plantas!"
La verdad es que cuando estaba furioso nuestro león bluá vegetariano era cuando se convertía en un escritor verdaderamente genial. Lleno de ira. Lleno de rabia. Lleno de odio. Hay pasajes memorables en sus obras donde logra yuxtaponer sus dos pasiones: la devoción y la injuria. Aquel de El desesperado donde una puta emancipada por un escritor casi mendigo (Marchenoir) se hace desalojar con tenazas todos los dientes de la boca para volverse inmunda ante los ojos de su nuevo dueño y no dejarlo caer en el pecado. El locutorio de tarántulas, un cuento breve donde se burló de la gloria literaria y logró desternillar de risa a Borges hasta hacerlo decir en uno de sus prólogos que Bloy es el maestro indiscutible del Humor Negro.
O este, de su diario, en el que logra yuxtaponer por un instante sus dos pasiones, la devoción y la injuria, virtud de inquisidores:
"Cae en mis manos un ejemplar del Pays, el inmundo diario de Caillaux. Es del viernes pasado y en él me encuentro un artículo de Laurent Tailhade, cuya bajeza y estupidez llega a lo inimaginable. En forma de carta a Benedicto XV, el muy bellaco expectora contra el cristianismo, contra el rostro mismo de Cristo, todas las purulencias de su alma innoble. Tan idiota y crapuloso es todo el artículo, que resulta imposible transcribir nada de él. Lo que su autor merece es una buena tunda, cosa que yo haría de buena gana, máxime porque el muy indecente, que me utiliza cuanto puede, se vale de mi conclusión de En el umbral del Apocalipsis para darle una lección al papa. Asombra la transformación que sufren las palabras de la indignación al pasar por una boca de cloaca."
Todo Bloy, cabe en ese párrafo. Toda su genialidad cabe en la última línea de ese párrafo. Ese es Bloy de cuerpo entero. Un escritor roído por el hambre, pero gordo.
Un beato en busca de cielo.
Un resentido.
Un pobre arrastrado.
Un injuriador.
Un genio.



Terminóse de imprimir en la Ciudad de la santísima Trinidad, Puerto de Santa Marías de los Buenos Aires, el 28 de febrero de 1947, Año del libertador General San Martín, en los talleres gráficos "Pedro Goyena", calle Herrera 541. 20 92. uoaa.
Editorial Mundo Moderno

Las de Mundo Moderno son joyas bibliográficas. Son siete. De las cuales poseo dos que no vendo ni presto a mi mejor enemigo.
Pero Acantilado acabó de reeditarlo en un solo y grueso volúmen por si se les antoja:



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