Sobre la historia natural de la destrucción

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Cuentan que hubo una guerra. Cruenta. Como todas las guerras que en el mundo han sido. Que hubo diez millones de judíos gaseados. Pero a mí no me consta. Y como no soy cardenalicio, puedo darme el lujo de negar el holocausto. ¿Seis millones de judíos? Sumando los que se llevó el Faraón antes del éxodo y los de la diáspora y los que se llevó la peste negra en 1350 y la gripa española de comienzo de siglo XX, seguramente.

Pero si había seis millones de judíos coexistiendo en campos de concentración, ¿cómo fue que se dejaron matar como pollos de criadero?
Porque los engañaban con la treta de que iban a desinfección. Luego les cortaban el pelo, les quitaban la ropa y los metían a una ducha de gas letal.
Que hay fotos, dicen.
Que los hornos ardieron durante meses.
Que esa fue la “solución final”.
Bagatelas.
Basta con verlos hoy convertidos en el quinto ejército del mundo (en poder de fuego y agresión) agrandando su parcela llamada “Israel” para preguntarse: ¿y estos fueron los inocuos judíos que se dejaron matar así no más?
Qué se le va a hacer. La historia no se equivoca. Y ellos cuentan la historia.
Por eso compraron el canal NatGeo y el History Channel: para defender sus exageraciones.
En la segunda guerra mundial, además de estos 6 millones de gaseados hubo 6 millones de alemanes que no eran militares, que no eran judíos, ni nazis, ni nada.
Vivían en hermosas ciudades que eran joyas de la humanidad. Ciudades como Dresde y Colonia y Hamburgo (donde se inventó la cerveza y la hamburguesa y el salchichón y sólo por eso deberíamos estar agradecidos).
En el verano de 1943 no había ni cerveza ni hamburguesa ni salchichón. Los ciudadanos de estos hermosos burgos se dedicaban a pasar hambre, oír arias y de vez en vez los boletines de Hitler moviendo a Rusia ejércitos que ya no existían y de cuando en cuando huir también a los refugios de hormigón cada vez que sonaban las sirenas por alarma de ataque aéreo. Hubo un día, sin embargo en que los ciudadanos de Dresde y de Colonia y de Hamburgo y otras 131 ciudades y pueblos bajaron a los refugios antibombas y de allí nunca salieron.
¿Por qué razón? Porque el ingenio de sir Winston Churchill fue muy grande. Porque el primer ministro inglés, culipronto de tabaco en boca felona y de lema “sangre sudor y lágrimas” (vernos a su debido tiempo) se le ocurrió la ingeniosa idea de hacer con Alemania lo que le hicieron los nazis a Londres, pero peor: en lugar de gastar un octavo de millón de dólares en bombas de cuatro mil libras que al estallar eran insuficientes para los búnkeres de hormigón, deberían mejor bombardear a los alemanes con baratas bombas incendiarias y hacerles barbiquiú.
Una ingeniosa idea de gentleman, sí: después de que pasaban los aviones aliados sobre las ciudades, las llamas alcanzaban dos mil metros de altura, el oxígeno que exigía tal incendio ocasionaba huracanes de fuego de 150 kilómetros por hora. Los que trataban de huir sobre un pavimento que burbujeaba como lava fundida se los llevaba el aire convertidos en antorchas humanas. Los que se quedaban dentro de los refugios se encogían a su tercera parte y se achicharraba como pollos de asador.
Estas son las palabras que usa Sebald para describir a la Alemania de la llamada Hora Cero:
“Nos encontramos en la necrópolis de un pueblo extraño e incomprensible, arrancado a su existencia e historia civil, devuelto al desarrollo de los recolectores nómadas”.
La descripción es tal cual.
El título del libro de Sebald, desconcertante: Sobre la Historia natural de la destrucción.
¿Pero si la destrucción que ocasiona una guerra no es natural, señor Sebald? Es producto del ingenio fino de gentlemanes como Churchil y Hitler y eso la hace contranatura.
Pero él dice que no, no, no; que hay mil formas de hacer de lo contranatura algo naturalísimo. Soslayándolo, por ejemplo. Dando por descontado que la destrucción ocurrió porque tal pueblo la merecía. Lo mismo que dicen los judíos de la bella ciudad de Gomorra. ¿Coincidencias? La operación con que los ingleses bombardearon las ciudades civiles alemanas con bombas incendiarias desde 1943 a 1945 se llamó “Operación Gomorrah”. Nombre alegórico que nos recuerda otra destrucción natural, por divina: las de la Biblia.
Lo que hizo “natural” la destrucción de Alemania por los aliados es que el pueblo que había infligido tantos horrores al mundo merecía una lección histórica: la guerra que no se libró hasta el 43 en su territorio debía dejarle a la Alemania destructora la misma devastación que produjo en territorio extranjero. Con la derrota y el descubrimiento del holocausto y el advenimiento de la reconstrucción, todos asumieron la ruina alemana como una consecuencia natural de la guerra. El enemigo derrotado no tenía derecho a quejarse. Nadie alzó la voz por los bombardeos de ciudades civiles. Ni sus sobrevivientes pudieron hablar de aquel horror. Ni sus escritores pudieron narrarlo.
¿Qué pasó? ¿Por qué se sabe tan poco de ese otro genocidio que también parece mentira? ¿Por qué los escritores fueron incapaces de abordar este periodo? ¿Por qué la memoria de quienes vivieron la maravilla de estar en un horno crematorio y vivir para contarlo se niega a recuperar ese momento para la memoria? ¿Por qué un pueblo reprime la necesidad de denunciar su destrucción?
Sebald tiene varias teorías al respecto. Hipótesis que van desde sondeos casi sociológicos para entender la destrucción desde el punto de vista del bando que la inflige: ¿Cómo se planificó la destrucción? ¿Qué capital económico, humano, bélico y moral la hizo posible? ¿Por qué el gentleman Churchil la ordenó? ¿Por qué los generales, sabedores de que se bombardeaba a civiles no se negaron a ejecutar el Plan Gomorrah?
Pero hace también una serie de cuestionamientos dirigidos al pueblo alemán:
“Las consecuencias de la estrategia de destrucción de los aliados () no han recibido ni mucho menos el interés que merecen. Esa deficiencia escandalosa, con el paso de los años cada vez más clara, me recuerda que crecí con el sentimiento de que se me ocultaba algo, en casa, en la escuela y también por parte de los escritores alemanes, cuyos libros leía con la esperanza de poder saber más sobre las monstruosidades que había en el trasfondo de mi propia vida. () Sin duda hay algunos textos pertinentes, pero lo poco que nos ha transmitido la literatura, tanto cualitativa como cuantitativamente no guarda proporción con las experiencias colectivas externas de aquella época. () ¿Por dónde había habido que empezar una Historia natural de la destrucción? ¿Por una visión general de los requisitos técnicos, de organización y políticos para realizar ataques a gran escala desde el aire, por una descripción científica del fenómeno hasta entonces desconocido de las formas de muerte características, o por los estudios psicológicos del comportamiento sobre el instinto de la huida y de retorno al hogar?”
A estas preguntas Sebald va respondiendo con hipótesis soberbias. Los estudios sicológicos del comportamiento resaltan las fisuras esenciales y la falacia de los llamados “relatos vividos”.
Sebald asegura que los relatos basados en testimonios de sobrevivientes, son insuficientes y falaces por vacuos, por la “tendencia a lo tópico” (a repetir siempre lo mismo). Sebald no niega que haya recuerdos válidos del momento de la destrucción, pero dice que no se fía de ellos. Están permeados por el sesgo del recuerdo de vivencias traumáticas. Son testimonios que deberían pasar por casos clínicos para la investigación sicológica. Y la investigación sicológica, mientras vivieron los sobrevivientes, no fue la mejor. De la literatura parece aun más decepcionado Sebald. Los escritores del país que perdió la guerra prefirieron rechazar el recuerdo, o sucumbieron a la imposibilidad. Aquí es donde pone de manifiesto la dimensión del trauma colectivo: ninguno de los escritores que se propusieron contar la historia de la destrucción cuando aun estaban las ruinas intactas, cuando la gente que lo había perdido todo se desplazaba a la deriva por un paisaje lunar, cuando los testimonios debían estar a flor de piel, pudo hacerlo.
¿Por qué?
Por varias razones:
“El funcionamiento al parecer incólume del lenguaje normal en la mayoría de los relatos de testigos oculares suscitan dudas sobre la autenticidad de la experiencia que guardan”
“La muerte por fuego en pocas horas de una ciudad entera, con sus edificios y sus árboles, sus habitantes, animales domésticos, utensilios y mobiliario de toda clase tuvo que producir forzosamente una polarización y sobrecarga de pensar y sentir de los que consiguieron salvarse.”
“La capacidad del ser humano para olvidar lo que no quiere saber, para no ver lo que tiene delante pocas veces se ha puesto a prueba mejor que en la Alemania de aquella época.”
Toda argumentación racional es irracional, según este enorme escritor Alemán. La literatura, que tiene la oportunidad de sumergirse a los abismos más hondos del ser humano debería arrojar más luz que la historia misma y que los testimonios de aquellos que sobrevivieron a una tragedia.
Pero los escritores que logran sortear ese abismo dirán sólo cosas que la sociedad no quiere saber. Y la sociedad hará todo para seguir ignorándolo.
Son pocos los casos de escritores que descorrieron el velo: a quienes lo hicieron la sociedad alemana de posguerra los invisibilizo.
Sebald fue uno de esos escritores capaces de descorrer el velo.



“Solly Zuckerman quiso escribir un reportaje sobre las ciudades “area bombing” y fue a Colonia. Todavía al volver a Londres estaba impresionado por lo que había visto y convino con Cyril Connolly, entonces director de la revista Horizon, en escribir un reportaje titulado “Sobre la historia natural de la destrucción”. En su autobiografía escrita decenios más tarde, deja constancia de que su propósito fracasó. () Cuando en los años ochenta pregunté a Lord Zuckerman por este tema, no recordaba ya sobre qué había querido escribir con detalle en su momento. Sólo conservaba aun la imagen de la negra catedral que se alzaba en medio de un desierto de piedra, y de un dedo cortado, que había encontrado en una escombrera”
“Somos incapaces de aprender de la desgracia que hemos causado.”

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