Manual para perdedores de batallas

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Me gusta cómo llueve en “Los cien días” de Josep Roth. Llueve bajo amenaza. Llueve como un mal presagio. Llueve para aumentar la desdicha de sus personajes: Napoleón Bonaparte y el ama del servicio Angelina y la pitonisa Victoria Casimir. Son los últimos cien días que gobernó el emperador Napoleón antes de perder todo su imperio en Waterloo. Me gustan los contrastes de Roth: espías de rostros amables y miradas falsas. Hombres que detestan a las mujeres pero las quieren poseer. Que odian el matrimonio, pero lo solicitan. Que tienen miedo, pero se hacen matar a nombre de nada.
Saltar de Stendhal a Roth es como estar leyendo dos versiones de un mismo libro. Es como estar leyendo a un maestro y un discípulo, pero con la salvedad de que el discípulo es mejor que el maestro.
Así debería ser siempre.
Para la expectativa de este blog, sin embargo, ni Roth ni Stendhal aclaran la duda: ¿cómo fue Waterloo? Roth cuenta la batalla de Waterloo como un esbozo de pintor que ve desvanecerse en el enjuague del pincel una obra que nunca pintará: a través de la mirada de Napoleón derrotado. Stendhal a través del romántico y negligente y descuidado corazón de un inepto. ¿Por qué los grandes novelistas eluden siempre los frentes de batalla y las primeras líneas de batalla y los pormenores del combate? Porque no los vivieron.
(Pero un momentico, Stanislaus, eso es una bonita frase, pero no una generalidad, porque recuerda que Tolstoi estuvo de militar en Crimea y sabía muy bien de lo que hablaba en Sebastopol y Stendhal también fue militar y Roth combatió en la primera guerra mundial… El único escritor de esta serie dedicada a la novela de guerra que logró contar una guerra desde el frente con todo lo que aprendió en los libros, fue Flaubert, y tù...)
Pero si yo lancé bombas de quinientas libras en el Yarí y fusilé a falsos positivos en el Catatumbo y fui machetero en la batalla de Palonegro y descuarticé en Mapiripán y fusilé cachiporros en el 48 y torturé en la quinta brigada de Bucaramanga en el 73, todo todo según la ficción...
(Pero todo eso lo aprendiste en los libros, guevón... eres un soldado, sí, pero de biblioteca...)
Pues sí, pero no me van a negar que es la mejor forma de matar.
De modo que Roth vivió una guerra, pero eligió escribir de otra. Waterloo. Sólo que de la caída de Napoleón en Waterloo lo único que se le quedó por narrar fue la batalla. En realidad no es una novela de guerra Los últimos cien días. O sea que es una de las mejores novelas de guerra porque no escarba la guerra, sino las causas del desastre; las equivocaciones garrafales de un hombre en declive; Napoleón Bonaparte, emperador de Francia. La maestría de Roth radica en humanizar a un personaje difícil que era propiedad privada de la historia, y no de cualquier historia, sino de la historia de Francia. ¡Cágate Michelet! Precisamente los personajes más difíciles para hacer literatura son los que más han sido registrados por la historia. Y son difíciles, porque es casi imposible sacarlos del corsé en conducta que le han puesto toneladas de historiadores y miles de testimonios “de viva voz” de aquellos que les conocieron en vida y en libros y aspiraron a probar una piltrafa de gloria diciendo “yo también estuve ahí”. En Roth no nos encontramos ante explicaciones históricas, sino ante sondeos morales: Napoleón Bonaparte está loco en su novela, actúa en función de mil presagios.
(Pero si tú también actúas en función de mil presagios, Bhor, ¿acaso estás loco?)
Sí, pero yo no soy emperador de Francia.
Este emperador no atiende a su razón, porque cree que hace rato que le está fallando. Así que atiende a su corazón, porque el corazón tiene razones que la razón no entiende: manda llamar a la bruja Victoria Casimir y se hace leer los naipes y siguiendo el augur de los naipes emprende la campaña que no lo llevará a ninguna parte.
O sí: lo llevará a Waterloo a morder el polvo, luego a Inglaterra con las manos en la nuca y luego a la isla de Santa Helena a comer camarón y chipichipi en el destierro. La novela de Roth es una gran derrota narrada. No puedo dejar de hacer un paralelo y una conjetura con otra gran novela: El general en su laberinto. Allí también tenemos a un personaje histórico humanizado hasta la quisquillosidad, retratado en su esplendido declive. García Marketing debió tener a Roth entre sus fuentes para reconstruir a Bolívar. Tal vez lo conjeturo por la manía supersticiosa y el lenguaje derrotista pero sentencioso de Bolívar en camino de Santa Marta. Del mismo modo sentencioso hace hablar Roth a Napoleón Bonaparte camino de la costa. La intriga entre generales y los momentos de exaltación donde el derrotado parece alzar bríos y erguirse sobre sus ruinas me parecen tributarios en Marketing. La inverosimilitud en que incurre Marketing, sin embargo, es que no tuvo en cuenta que Bolívar era escéptico. El esotérico era su autor. En cambio Roth estaba bien informado de las supersticiones de Napoleón. Todos los incrédulos derrotados se vuelven supersticiosos. Bolívar y Napoleón eran signo leo: hombres escépticos que se vuelven creyentes de un mundo numinoso ante la contemplación del final. Sin embargo, la diferencia entre Napoleón y Bolívar era que Bolívar era ascendente Leo, un escéptico total, y Napoleón Acuario, un genio del pensamiento práctico y del pensamiento místico. Roth se aprovechó de este detalle y logró hacer lo que ningún historiador ha hecho: una obra maestra del perfil sicológico. Incluso el Napoleón de León Bloy comparado con este es simplemente el megalómano histórico que todos hemos conocido por culpa, entre otros, de Chespirito que hacía a todos sus locos creerse Napoleón.
Joseph Roth ha hecho verdadera literatura con un personaje del que se ha escrito todo y del que la historia creía haber develado todo, menos lo que pensaba en sus adentros por los días en que fue derrotado. Roth tiene la maestría de reducir el fresco de la derrota a dos imágenes poderosas: Napoleón daltónico confundiendo el color de la sangre roja de sus soldados con el color azul, y el emperador rendido ante los ingleses y aferrando el catalejo para que la tripulación del barco enemigo en que se marcha de Francia no lo vea llorar. Hay además una historia alterna a la de Napoleón en esta novela que es otra perla fundida en letras: la historia de Angelina su ama de llaves; una mujer devota de su emperador que lo entrega todo por él, hasta la vida insignificante de mujer bastarda y paridora de bastardo que lleva (por eso nunca sabemos su apellido). Pero al parecer Roth usó a este personaje sólo para tener con qué entretener al lector en París mientras a Napoleón lo hacen añicos en Waterloo. Aun seguimos sin saber cómo ocurrió Waterloo. La única posibilidad de seguir imaginando esta batalla que decidió los destinos del mundo entero sigue siendo la de Stefan Zweig, en Momentos estelares de la humanidad… un sicólogo que le echa la culpa de la derrota al Mariscal Ney…
Pero eso será en otra reseña.

Imagen:
Waterloo, por supuesto

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Maneki-Neco

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