La otra raya del tigre

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La otra raya del tigre es una novela cuyo paisaje literario se corresponde con un paisaje real: ocurre en las montañas de Santander, muy cerca del pueblo donde tuve la desgracia de nacer, puesto que nacer es una desgracia, y nacer en San Vicente de Chucurí en la década asesina de 1980 es una desgracia al cuadrado.
Esas montañas descritas por Pedro Gòmez Valderrama como cortadas a pico de botella, eran las mismas montañas que tenía frente a mis ojos al hacer una pausa en la lectura cuando una tarde maligna de diciembre de 1998, después de robar el libro de la biblioteca pública Coronel Luciano D´lhuyar empecé a hojarasquearlo con desconfianza al calor de un café sin dulce y caliente que se regó y quemó mi jeta al leer la descripción de una follada magistral encima de un piano Honner. Pronto estaba completamente imbuido en la historia del alemán Geo von Lengerke, alcohólico, fugitivo y pianista metrosexual que era capaz de follarse incluso a una monja en bicicleta, y del correlato que nos narra la historia de la fiebre y el dolor humanos, en la lejana época de las quinas, cuando las guerras civiles amenazaron con la atomización definitiva de un territorio abstracto llamado Colombia y el emancipado y efímero Estado Soberano de Santander depositó todas sus esperanzas de desarrollo en ese alemán exportador de quina llamado Geo von Lengerke que construiría una serie de caminos como ruta de comercio para el surgimiento de una nación. Un ejército de hombres huérfanos por la última guerra civil penetró entonces desde las selvas tupidas de la cordillera oriental siguiendo los mapas del corógrafo Agustín Codazzi y atravesó la llanura en busca del río Yuma que los condujera hacia el mar, y del mar a la Europa en expansión, ávida de febrífugos y alucinadores para sus pestes y dolores y miserias humanas. Sólo que Europa ya no tenía buenos ojos para la quina de Suramarica donde los árboles de esta especie prácticamente se habían extinguido por sobre- explotación continua desde la conquista, sino que centraba ahora todo el aguijón anguriento en extraer el opio y los febrífugos de las Indias Holandesas. La ruina para el Estado Soberano de Santander se sintió venir una vez más desde el lado teutónico, pero ya no en el malogrado sueño de Lengerke de abrir caminos como rayas de tigre, sino en el triunfo del químico Félix Hoffman —cuando alentado por las reiteradas insistencias de su padre reumático, que ingería ácido salicílico para mitigar el dolor de las coyunturas, logró sintetizar el derivado acetilo de dicho ácido y descubrió así la aspirina y la inutilidad de la quina y arruinó a Santander, Colombia—. Entonces el futuro promisorio que esperaba el Estado Soberano se trasladó a la esperanza del café, y cuando el café también cayó en los precios internacionales y todo el mundo se quebró y el espejismo del desarrollo se disolvió en mil días de guerra civil, el camino de Lengerke volvió a cubrirse de ortigas.
Era la fabulación de una historia sostenida sobre un sustrato real. Lengerke existió. Sus caminos siguen allí y lo atestiguan. La quina abundó en esa zona. Y una gran colonia alemana pobló esa tierra. Algunos hombres albinos de pelo ocre (que según mi madre traían buena suerte si pellizcaba alguien cuando los veías pasar y que eran mercaderes siniestros del pueblo vecino llamado Zapatoca) arrastraban en su piel el lastre de la bastardía alemana. Muchos decían que eran hijos ilegítimos de Lengerke y compañía, que los alemanes que propiciaron la colonización de todo ese territorio que permanecía inexplorado en un enclave al centro del país hace poco más de cien años, dejaron regada su bastarda descendencia en vientres de indias. Era verdad. Mi apellido es Bhor. Pero pude haber sido Lengerke por una equivocación de faldas que no voy a explicar aquí. Después de leer por segunda vez La otra raya del tigre en el transcurso de esa semana de 1998, un amigo poeta que tuvo que escuchar mis despropósitos y agravios a todos los descubrimientos de aquellos años, me dijo: ¿quiere conocer el castillo?

Pensé que era otra de sus tretas para emborracharse conmigo contándome mentiras que yo, ingenuo y confiado aprendiz de novelista, aprobaba como si fuesen verdades literarias. Pero no. Todo era verdad en ese libro. Hasta las mujeres desnudas, danzando por los caminos y orinando sobre la hierba. Verdad verificable. Verdad tangible. Verdad literaria, que es lo más opuesto a la esquiva y exigua realidad intuitiva.
Los caminos de piedra que se propuso trazar Lengerke y el castillo feudal que levantó junto al cerro de la Paz, seguían en pie, en 1998 y aun hoy, en la serranía de los Yariguíes que abarca cinco pueblos (Zapatoca, Galán, El Carmen, San vicente, Simacota) y el castillo de Lengerke sigue ahí, en una vereda entre Bucaramanga y San Vicente, al pie del Cerro de la Paz llamado así porque en 1650 allì se pacto una tratado de paz entre los españoles que pensaban fundar un pueblo (con el nombre Pueblo Antiguo de León) y los indios Yariguíes que un día rompieron el pacto y lo incineraron con todos dentro. De modo que debería llamarse el cerro de la Guerra, o la perfidia. Pero bueno.
Era julio de 1998 y preparamos el viaje en un jeep Willys de la segunda guerra mundial que nos dejó a seis kilómetros, en un desvío de tierra ácida, amarillenta, plagada por los fantasmas de los guerrilleros muertos en los últimos años de la guerra local. Poco a poco empezamos a reconocer las cercas de piedra, los fragmentos borrados del camino empedrado y la línea recta que trazó Agustín Codazzi para comunicar el castillo de Montebello con la hacienda El Florito en una sucesión de estaciones de arriero que servían para llevar la yunta por jornadas de medio día. En ocasiones me detenía y esperaba a quedarme atrás para extraer el libro de la mochila y leer en voz alta algunos pasajes memorables que hablaban de un estanque con caimán a la entrada de la muralla, de la gran campana de bronce perdida en un desfiladero al desbarrancarse la mula, y sobretodo, los pasajes que hablaban de las mujeres desnudas que aparecían como visiones fugaces dispuestas a dejarse follar sobre la hierba o sobre las teclas de los pianos para desaparecer luego como lancetazos de un mundo hedonista.
Cuando dejaba de leer y ponía el libro en la mochila, el poeta ya marchaba lejos, sin poner atención a mi lectura en voz alta, extasiado como iba detrás de una ninfa que nos servía de acompañante. Pero yo seguía empeñado en leer mientras caminaba, aun consternado por la constatación de lo fácil que era recorrer y comprobar la dosis de realidad o de falacia dentro de un paisaje literario.
Poco después, al bordear de una curva, apareció el castillo. Entonces la decepción fue tan grande que desde entonces aprendí uno de los principios ineludibles de la literatura: magnificar lo nimio.
Y degradar lo espléndido.
De la muralla impenetrable que protegía el castillo, no quedaba más que un portal de hacienda mediocre, con tablones apolillados. La imagen profunda de esos castillos medievales con torres almenadas y fosos defensivos, se vio convertida de pronto en una simple y escueta casa de fundo español, con muros de adobe y teja de barro y patio interior. El balcón del cuarto del alemán estaba elevado sólo a un metro del nivel del suelo, y al leer, mi mente caprichosa y deformada por una idiota película de patriotero Mel Gibsson, suponía que por lo menos debía estar a veinte, rodeado de un foso lleno de caimanes, como una copia de castillo medieval.
Un anciano grueso, de pelo blanco y mano temblorosa de parkinson, pintaba los amplios muros del caserón con un rosado mariconsísimo.
“Ey, abuelo: ¿ésta es la hacienda Montebello?”
“Sí, señores: la casa del senador Robledo”.
Fue el peor momento de aquella tarde.
No sólo la literatura había mentido. No sólo faltaba la muralla, y el pozo de caimanes, y las cavas del vino sino que ahora la hacienda pertenecía a un ignorante senador de la república infame de Colombia, acaparador y terrateniente que sólo podía llegar en helicóptero y que recorría desde el aire sus fanegadas y se hacía el de la vista gorda cuando al otro lado del cerro las planticas más verdes de la hacienda vecina no eran de pasto sino de coca paramilitar.
Entonces el anciano habló de los muchos años que llevaba como obrero en aquella hacienda, de sus cuatro dueños anteriores, a cual más peor que el otro, del incendio que destruyó las ensenadas y los túneles del ala occidental, de aquel imbécil propietario que mandó derrumbar la muralla que rodeaba el palacio para hacer de la casona un lugar amable abierto a todo mundo, de la reforma agraria que hizo la guerrilla contra los hacendados en treinta años de extorsiones continuas, de los sembradíos de coca que tenían los paramilitares al otro lado del cerro de la Paz, de sus nuevos dueños que venían a pasear la hacienda en helicóptero una vez por año y quienes le habían ordenado pintar de aquel color rosado sus muros otrora blancos, del jinete negro que a media noche aparecía por el portón principal soltando chispas incandescentes y amedrentando a los perros, de las sombras de viejos muertos que se paseaban por todas las habitaciones mientras dormías o te masturbabas, de los treinta exploradores que una noche acamparon dentro de la casa y sintieron los pasos de un hombre espuelado que les pasaba por encima, de los gritos y alaridos como cuchillos rasgando la noche, de la campana que se oía a plena luz solar en mitad de los potreros desiertos, de las mujeres desnudas que te invitaban a la cocina con un movimiento de seducción y cuando las habías perseguido para tener sexo con ellas desaparecían sin explicación en el cuarto oscuro de la alacena y tú caías en estado de inconsciencia. Entonces comprendí.
El libro de Valderrama era y no era la realidad.
El libro de Valderrama era una maravillosa mentira.
No olvido aun la decepción de un almuerzo insípido servido al mediodía más caluroso de aquel año en el pastizal que alguna vez estuvo tapizado de piedra y sirvió de cuadra de caballos y aparcadero de mulas aperadas. No olvido tampoco que para amenizar la decepción, esgrimí el libro de Pedro Gómez Valderrama y empezamos a leer a cuatro voces la historia de un piano que atravesó el océano para remontar el río grande de la magdalena y podrirse de polilla en un rincón de aquel palacio. Quizá fue un acto condicionado por el fantasma de la mujer que hacía el amor sobre ese piano, porque de un momento a otro el poeta que me acompañaba desapareció con su ninfa entre los árboles y yo vi a otra que me hacía señas obscenas y la perseguí por la pradera y me quité la ropa cuando hizo un gesto de que me quedara sin nada como iba ella y mientras me desvestía la perdí de vista y empecé a buscarla, desnudo en el forraje, que rodea la colina del viejo castillo, como un alcohólico alemán, de otro tiempo, enfermo por follar, enfebrecido, sin quina.



¿Paz a su tumba?
Sexo a su tumba.

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