El suicida: Turín 26 de agosto de 1950

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Corría el año 1950, en Turín, a la que llamaban Torino. Una ciudad obrera y clasista del norte de Italia que vivía de las glorias medievales y de su Erasmo de Rotterdam y de sus escarpadas colinas adyacentes y que lucía orgullosa boquetes en las fachadas de piedra por los últimos bombardeos de la Segunda Guerra. En uno de esos edificios de cinco pisos, visto uno visto todos, situado en la vía Corso Rey Humberto, en la misma calle donde quedaba la Editorial Einaudi en que trabajaba y el café Platti donde bebía tinto negro, había un hotel llamado Roma. Allí llegó Cesar Pavese y se registró el sábado 26 de Agosto. No tenía por qué registrarse en un hotel, puesto que vivía en Turín, y en la vía Po tenía su domicilio, pero tomó una habitación, la 408, y se dispuso a pasar allí la noche. Era una noche como pocas: por primera vez en muchos años acababa de reconocerse su obra en el resto de Italia: un premio prestigioso lo esperaba en Roma, el Strega, pero nunca iría a recogerlo, y las estrellas brillaban. Miento. Sí fue a recogerlo: a una Roma simbolizada en el nombre de aquel hotel donde las únicas estrellas que brillaban eran las tres titilantes del letrero en la entrada: Albergo Roma. Había ido allí para suicidarse. Lo malo es que al sentarse sobre el colchón, se halló sin nada por hacer. ¿Afeitarse?, como después de dos meses de cárcel en el cuarto de un hotel y afuera el mar... Ya no había mar. Ya no quería afeitarse. Quería que una diosa lo honrara con su lecho. Hundirse en la vagina de una mujer. ¿Pero cuál diosa, cuál mujer, a quién llamar? Tomó el teléfono y lo sostuvo entre los dedos. ¿A Bianca? ¿A Constance Blowing? ¿A Circe? ¿A Mnemósine? ¿Amadríade? ¿Aglaye? ¿Hegemona? ¿Faenna? Sostuvo el auricular y las llamó a todas. Pero las ninfas encabezadas por Leucótea esta vez no acudieron a la voz del sátiro. Ninguna quiso ir a compartir con él su triunfo y todas se excusaron con la misma frase: también a ti te dejaremos plantado cuando trates de matarte. ¿Qué más hacer? ¿Comer? Llevaba cinco días sin comer, desganado, vigilado de cerca por el ojo avizor de su hermano, que le rondaba, que expiaba sus papeles, que sospechaba de su depresión, que se temía algo. No podía ni quería comer. ¿Beber? Los niños jamás se emborrachan, porque no conocen la tragedia. ¿Trabajar? Trabajar cansa. Tampoco podía escribir, puesto que tenía la maña de cumplir como un programa todo lo que se proponía en su diario, el cual funcionaba para él como hoja de ruta, y en la última entrada, fechada el 17 de agosto, había inscrito: “Todo da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más.” Un gesto. ¿Qué gesto? Uno elocuente, que valiera por todo lo que debe decir y balbucir un hombre para ser entendido. Nunca pudo ser entendido, puesto que nunca pudo hacerse entender. Sufría de timidez congénita. No hablaba. Quedaba pálido cuando un desconocido le hablaba. Eso al menos es lo poco que contaron después de muerto sus compañeros de la editorial. Que sentado en el escritorio, frente a un desconocido que venía a proponerle un libro, su silencio tenía interpretaciones múltiples, pero obedecía más a la timidez que al despotismo. Diez años antes, cuando apenas empezaba, cuando casi no le pagaban nada por sus traducciones del inglés “pero él hubiera pagado incluso para que lo dejaran traducir Moby Dick”, se ponía pálido y no era capaz de articular ideas lógicas. Diez años después, simplemente callaba, veía la cara balbuciente del poeta en ciernes y su tímido silencio bastaba para arruinar una carrera o para que el pelagato se dedicara al alcohol. Su silencio, que empezó como timidez, y que terminó por ser entendido como una soberbia, como un hálito de superioridad, incluso por él que ya no quiso recibir más aspirantes a escritor y los despachaba por teléfono diciendo “ya no necesitamos más ideas, aquí tenemos demasiadas”. Ni él mismo se entendía. Algo que no tenía, era ínfulas, porque siempre se sintió miserable, incómodo consigo mismo, desencantado de su propia vida, perdedor. ¿Pero perdedor de qué, poeta? Si en la vida no se trata de ganar ni de perder. De modo que allí estaba, ni ganador ni perdedor, simplemente aburrido, en un cuarto de hotel, sin nada que hacer, acobardado, el perdedor de coños, el perdedor de nada. Solo. Con un tubo de somníferos del que repasaba en la etiqueta la prescripción: “una tableta media hora antes de acostarse”. Abrió el tubo y vació un puñado en la palma de su mano. Empezó a lanzarlas al aire y a pescarlas con la boca igual que las cerezas que recogía en los paseos de montaña y que embutía en los bolsillos y se iba comiendo de bajada, una a una, disparando el hueso final contra las paredes de piedra de Turín, como un escupitajo. Las primeras diez, del primer tubo, las tragó por el viejo método, pero los cinco tubos restantes se los tragó en un puñado. Fue a la palangana y bebió un vaso y luego abrió Diálogos con Leucó y anotó en la primera página: “perdono a todos y a todos pido perdón. ¿Está bien? No hagan demasiados comentarios”.
El camarero lo encontró al día siguiente, después de golpear largo rato y no hallar respuesta. Estaba pulcramente vestido, dijo, pero descalzo, en el centro de la cama.

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