Relatos de carnicerìa

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Monumento hecho con cráneos de combatientes en Palonegro, Archivo Soledad Ordoñez

Enrique Otero D´Costa se reclutó en noviembre de 1899 con las tropas de Benjamín Herrera en Bucaramanga y después de la masacre de Palonegro (3000 muertos, mayo de 1900) se extravió con su compañía desfigurada en las truculentas selvas del magdalena medio, donde el paludismo y la fiebre amarilla le dieron la estocada definitiva a ese núbil ejército guerrillero que no condujo a nada.
Fue soldado, músico y escritor, pero a comienzos de la guerra de los Mil Días, nadie lo sabía. Era un mil oficios, medio músico, medio soldado, medio escritor, todo en potencia: tenía 17 años. Pertenecía a una familia de raíces portuguesas, de las muchas que hicieron de aquella exigua ciudad, Bucaramanga, un crisol de culturas y una zona franca y un hervidero de odios en el siglo XIX. Terminada la guerra, desmembrada Panamá, arrasado el campo, iniciada la persecución contra ex combatientes que engendraría la suficiente inquina y encono como para dos siglos, D´Costa prefirió no volver a su ciudad y se quedó a vivir de lleno en el esplendor de Cartagena. Allí se hizo historiador, que fue el oficio en que se desenvolvió hasta su muerte, en 1960.
Una historia de Cartagena, un cronicón sobre la nebulosa fundación de Bucaramanga y sus estudios satíricos sobre demosofía (término que un día aciago sería borrado de un plumazo el servil Folkrore) y sobre la historia de la música y los orígenes de la poesía netamente colombiana componen su obra historiográfica. Dos volúmenes de cuentos (Montañas de Santander y Dianas Tristes) componen su obra literaria. En estos dos libros aborda, por supuesto, el paisaje devastado de Colombia en la guerra de Los Míl Días (apelativo ostentoso para una guerra que duró sólo tres años, pero muy pertinente para los trescientos mil muertos que dejó sembrados). En su momento, los cuentos debieron estar más cerca del testimonio periodístico (reportaje y crónica, géneros que practicó en prensa escrita), pero luego se convirtieron en materia de información para los historiadores. Sin embargo, ya les llegó el tiempo de convertirse en lo que son: literatura.
El paso del tiempo y el relevo de lectores lo convierte todo en ficción. Hoy, en esas extrañas compilaciones de cuentos (reeditados reecientemente por SIC, un fondo de autoediciòn) es donde quizá se esconden dos piezas magistrales del cuento en Colombia.


No hay costumbre más antigua que matar

Es probable que en la época en que se publicara Dianas Tristes (Barranquilla 1905) aun estuviesen vivos muchos de los veteranos de aquella vieja guerra. Por entonces cualquier veterano alfabetizado (que la mayoría no lo era) se hubiese visto retratado y aludido y hallaría más de una oportunidad de señalar incongruencias o desmedidos efectos literarios. Este hipotético lector quizá hubiera sonreído y a continuación hubiese apostrofado con algún comentario despectivo la plana de aquel escritor inocente que vio la matanza de Palonegro detrás de las baquetas con que tocaba el tambor de la banda de guerra del segundo de macheteros y no desde el frente que es de donde eligió contar sus historias. Una lectura posterior, por otro hipotético “lector calificado”, digamos en los años 30, hubiese sido acompañada por una designación de su autor bajo el rótulo (hoy desprestigiado, entonces ensalzante), de “escritor costumbrista”. Una lectura de mediados de siglo, años 60s, lo hubiera puesto seguramente al lado de los narradores de La Violencia, que en Colombia ha dado todo un subgénero. Pero una lectura actual, sin embargo, a ciento diez años de la degollina, empieza a arrojar a su autor a un territorio indefinible donde memoria, historia y literatura se mezclan para dar una nueva mirada a una zona desatendida por los escritores colombianos.
Las novelas y los relatos que abordan La guerra de Los Míl Días son casi inexistentes.
Los lectores, también.


La guerra de Los Mil Días narrada

¿A quién le importa hoy esa provecta guerra llena de analfabetos cuando tenemos hoy unos ejército profesionales y sofisticados y un gobierno fortalecido en pleno silgo XXI? ¿A quién le importa una vieja matanza cuando hoy se desentrañan fosas con 2000 cadáveres en La Macarena y nada pasa?
El primer intento de registrar la matanza se dio con un volumen de antología publicado por un periódico de Medellín en 1910. Se llama “El soldado” y tiene doce piezas premiadas en un concurso que buscó rescatar sólo relatos escritos por veteranos de la última guerra. El tema era: “retorno del soldado”. Su resultado: un melodramático delirio de soldados sin gloria. No hay allí un solo relato literario. “Manuela”, de Eugenio Díaz Castro, es otra salida en falso: un mamotreto farragoso de quinientas páginas sobre los idilios de un hacendado y su amada de nombre varonil, cuyo trasfondo es el “ambiente” de amenaza de aquella guerra. “Catalina”, de Elisa Mújica, premiada de segundo puesto en un concurso donde Celia se pudre, la novela magistral de Rojas Herazo, se llevó el primer lugar, aborda de medio perfil, a través de un catalejo, la degollina de Palonegro.
Otros intentos de hacer literatura con esa vieja guerra se dieron por todo el departamento de Santander (que la promovió), pero si aquellos libros ofrecen hoy un panorama más bien desalentador y una monumental sensación de pérdida de tiempo (lamentable en el caso de los historiadores) los dos volúmenes de cuentos de Enrique Otero D´Costa ganan cada día un brillo distinto para los lectores de literatura.
D´Costa ya no puede ser clasificado como un simple autor costumbrista, porque sus cuentos no están apegados al localismo, ni buscan el chovinista ensalzamieto de una región, sino dar cuenta del horror que allí se vivió. Es costumbrista, claro, en la medida que no hay costumbre más antigua que matar. Pero hoy los lectores de D´Costa sólo podemos admitir que ha dejado uno de los retratos más profundos sobre seres humanos llevados al extremo de la barbarie, del sectarismo y de la estupidez. A la historia pegada al inciso y al documento, de poco le sirve D´Costa. Sus cuentos ignoran el dato histórico y se sumergen en el mundo interior de los protagonistas. Son narradores que también actúan como personajes, testigos presenciales que dicen lo que pensaban en el momento del horror y que viven lo que hablan como la lengua de verdad. D´Costa utiliza arcaísmos, localismos, palabras en desuso, recursos propios del desprestigiado costumbrismo, pero lo hace como un escritor convencido de que la lengua es toda, de que toda la impronta lingüística está al servicio de la literatura, no solo la etimología y el culteranismo.

D´Costa, a pesar suyo (su oficio fue de comerciante-exportador) era un hombre culto (nació en Bucaramanga el 25 de enero de 1883 y escribió sus cuentos a los treinta y siete años, cuando ya era miembro numerario de la academia de historia de Cartagena); aun así al escribir debía dar parte y hacer verosímil una guerra donde el 70 % de los combatientes eran analfabetos. ¿Cómo se logra eso? Sus personajes hablan de religión y de supersticiones, porque vivieron en un mundo supersticioso donde la religión era el atizador de las guerras y el orientador de las conductas. Es violento porque da testimonio sobre uno de los pasajes más violentos que ha vivido Colombia. Sin embargo, sus estructuras, sus monólogos internos, sus recursos mínimos de descripción para crear atmósferas pestilentes y sus argumentos salvajes, llenos de constrastes y hombres llevados al extremo, además de sus hallazgos desde el punto de vista, son procedimientos literarios que lo acercan más a nuestra época y que permiten leerlo hoy mejor que en el pasado. Ya no necesitamos de clasificaciones. Dianas Tristes y Montañas de Santander son literatura.


Cuentos magistrales de un desconocido

El alto de la cruz y El charaleño son dos cuentos de distinto volumen. El primero hace parte de Dianas tristes (1920) y el segundo de Montañas de Santander (1930). Decir que compiten en brutalidad como los mejores cuentos Ambroce Bierce (que son de los mejores sobre la guerra civil norteamericana) no es decir poco. En El charaleño, D´Costa luce todo: su nivel lingüístico, la estructura, el equilibrio en la información y el drama humano de su argumento. No hay allí meras enumeraciones de matanzas. Son hordas de ignorantes que pelean de un bando y luego del otro, que se hacen matar por algo que no comprenden (que a veces es Dios y a veces es hambre y a veces es odio y a veces es ira). Viven soñando en un tiempo pasado en que todo fue mejor o en un futuro en el que la vida será quizá menos dura y puedan volver a la labranza, y esa imposibilidad agudiza aun más el tamaño de la pérdida y el desperdicio humano que a continuación vendrá. Todo termina en masacre.
Todo en estos cuentos es una necrópolis donde arden piras de muertos, emanan efluvios pestilentes, se traban combates por métodos que degradan o enaltecen (nunca se sabe) nuestras guerras al tiempo de los cavernícolas.
El charaleño es la historia de un pintoresco soldado que se cambia de bando por un asunto trivial: le mezquinan comida y lo ofenden.
El charaleño, es genial.
Y ya no digo más.

Si quieren leer uno busquen en el índice de Casa del libro total + Libro total+ Colombia Total+ Santander total+ letra D+ Dianas Tristes+ indice+ Click sobre El alto de la cruz y ahí podrán acceder y leer o escuchar el cuento, o Narración de un guerrillero o Dianas Tristes, uno de los libros más raros de la literatura bélica colombiana, completo.

No tuvo editodo lo que hallarán es bueno, pero con un cuento magistral basta.

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