Joe Brainard, Me acuerdo (II)

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Me acuerdo de mis revistas porno, y de que las escondía en el cielorraso.

Me acuerdo de que en Cartagena los escritores se visten como ricos y hablan como inteligentes.

Me acuerdo de mi primer poema declamado: “oh, estrella matutina si no me das tu vagina, me hago la paja en la cama y me la sorbo como una gallina”.

Me acuerdo de las tetas adiposas y mórbidas de mi profesora de inglés. Mireya, se llamaba.

Me acuerdo de tener seis años y jugar con mis vecinos a chuparnos las vergas enhiestas.

Me acuerdo de ser colombiano es un acto de fe.

Me acuerdo del obús que disparaba al palacio de justicia en 1985 y de un hombre que daba de comer a las palomas mientras los rehenes eran evacuados.

Me acuerdo del comandante que decía al dar la orden de incinerar el palacio de justicia con magistrados dentro: “defendiendo la democracia, maestro”.

Me acuerdo de las piernas abiertas bajo la falda cuando las mujeres bailaban lambada.

Me acuerdo de un tiroteo en el que todos corrían en la plaza de un pueblo, todos gritaban y yo, tranquilamente, me sentaba a comer un hot dog.

Me acuerdo de la matanza de Llana caliente en el 88, cuando el ejército ametralló a los protestantes.

Me acuerdo de las extravagantes que llevaban el copete ALF en el año 93.

Me acuerdo de las elecciones del 98: “el cambio es ahora”. ¿Cuál cambio?

Me acuerdo de las elecciones del 94: “es el tiempo de la gente”. ¿Cuál gente?

Me acuerdo de Zoila y Johana, un par de lesbianas que se bañaban desnudas en el río y se besaban el agua que les escurría de las tetas.

Me acuerdo de Beatriz Tistis y su sexo pulido como un melocotón.

Me acuerdo de gente que cruzaba la calle a todo vapor en un matadero llamado Bosnia Herzegovina.

Me acuerdo de Ruanda y de un millón de Tutsis muertos en un día y a machete.

Me acuerdo de las bombas que parecían juegos artificiales en la primera guerra del Golfo Pérsico.

Me acuerdo de amenazar a mi profesora de Matemáticas con enrolarme con los paramilitares si perdía el año por culpa suya.

Me acuerde de que fui a la universidad a hacerme guerrillero.

Me acuerdo de la primera vez que disparé: Smith 38, corto, a la pared de una casa habitada.

Me acuerdo de robar salchichas entre los calzoncillos en un supermercado llamado Cajasan.

Me acuerdo del cuerpo de Saddam Hussein ahorcado como un perro en una cámara de celular.

Me acuerdo del campanario de la iglesia y de sus alacranes y de sus nidos de golondrina.

Me acuerdo de robar libros en la biblioteca pública, y era fácil.

Me acuerdo de eyacular en la cara de Dulcinea del Toboso.

Me acuerdo de dos premisas que derivan en una tercera.

Me acuerdo de cómo conseguí cada una de mis cicatrices.

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