Conjurado de concursos

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Para no envilecer la escritura subastándose en concursos lo mejor es ser jurado de concursos. Se gana poco, se empeña modestamente el talento, pero la obra queda guardada bajo llave. Con ser jurado no se compromete sino el juicio, a veces la dignidad, el sentido de la preceptiva estética (que resulta defendible acusando sindéresis), pero jamás la obra. Puede suceder que hasta cierto nivel se arriesgue el nombre y la reputación. ¿Recuerdan a Cabrera Infante cuando premió como presidente del jurado Seix Barral una novela menor llamada Satanás de Mario Mendoza? Varios dijeron que el Infante estaba acabado. Es lo que pasa con la intransigencia apriorística: ¿acabado un escritor como G.Caín que dejó 10.000 páginas publicadas y 20.000 inéditas? Por favor… Tal vez sea hora de investigar qué se puede premiar en un concurso donde todo lo que llega es modestamente bueno. Imaginemos por un instante el dilema: ¿Cómo serían las demás si la menos mala era Satanás? El jurado siempre está un nivel por encima del concursante. Por eso lo nombran jurado. La superioridad reside en que el uno depende del otro. Uno ha sido seleccionado para impartir ley, el otro para recibir el azote. Es un peldaño sutil, y relativo, como en las escaleras dibujadas por Escher, donde uno sube bajando, pero existe… Sucede que esta semana no hay columna porque soy jurado de concurso. No diré de cuál, para no apalear más mi posteridad, pero digamos que un concurso menor de antología. Hoy he recibido un cargamento libros: 8 finalistas que suman casi 1500 páginas entre todos. Llegan un lunes, para fallar un miércoles. Teóricamente, debo ser una máquina devoradora de libros para despacharme 1500 de mala lite en dos días. Sucede que si suelo leer a razón de uno diario, de 250 pg, ahora voy a tener que leer al menos 3.3 entre la noche del lunes y el martes para enviar el fallo en la mañana del miércoles y así tener un flamante ganador el jueves. “Flamante ganador”, dicen las bases: “el flamante ganador será nombrado el día tal en un evento público al que el autor se obliga a asistir”.
El ganador, no el jurado. Notable ventaja.

(En “más información” un poema, si les interesa)

Era la cuarta novela que enviaba
Un paquete con moño
Para el premio de novela, decía
Era casi como enviar un trozo de vida,
un órgano,
un riñón a domicilio. Ahí
iba la opción de comer dignamente
durante unos años, sin lamerle las suelas
a un jefe de corbata. Estúpidos sueños
de juventud. Todavía esperando
que la literatura nos sacara
de este agujero.
¿Y tú has enviado algo a concursar?, preguntó.
Mentí. Le dije que no.
Que el principal problema del escritor
no es Gutemberg.
Pero era mentira.
Era la décima vez que perdía un concurso.
Para mí, la verdad,
era como enviar tarjetas
de navidad
con ántrax:
no eran ilusiones,
sino terror.
Pobres escritores latinoamericanos
muertos de hambre
A los 27 años,
sin tocar fondo,
esperaban el milagro.

Título: Riñón a domicilio

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