Stephen Blumberg, ladrón de libros

15:25



En marzo de 1990, en una construcción de estilo Edgar Allan Poe, con vista al río Des Moines, en Ottumwa, un pueblo al sur de Iowa, en Estados Unidos, fue capturado Stephen Blumberg, el más grande ladrón de libros de todos los tiempos. Blumberg, según todos los portales con su nombre en la web, saqueó las más prestigiosas bibliotecas de los museos y universidades del norte: 670 ejemplares de la universidad de Harvard, 780 de Claremont College, un número indefinido llamado “colección Blumberg” de la UCLA (Universidad de los Ángeles), otros cientos de Washington State University, otros muchos en Miami, en Oregon, en el Fuerte militar Knox, y hasta de las universidades candienses: la de Vancouver y la de Toronto. En total: 19 toneladas de libros, compuesta por 11.000 ejemplares, robados de 327 bibliotecas y avaluados en 40 millones de dólares. ¿Cuál era su debilidad? Los incunables, raros y curiosos, de corte histórico: códices aztecas y manuscritos que databan de la conquista. Sostenía que las bibliotecas eran las “cárceles de la información”. Decía que se llevaba libros cuyo valor sólo él era capaz de apreciar. Acusaba a los bibliotecarios de ser carceleros del saber. Los trucos que utilizó para robar parecen sacados de Missión Imposible: en Boston (donde también robó libros el pintor y poeta Joe Brainard) pasó una noche oculto entre los estantes, luego tomó pruebas de cerraduras de alta seguridad de las salas, viajó a Canadá y allí pasó por casero de condominios para poder sacar copias en una fábrica de cerraduras inviolables; luego regresó, robó y lo celebró con champaña (en su casa había 500 botellas de aquel líquido que al parecer no probaba, porque era abstemio).
Era metódico y paciente, virtudes de felino. Podía pasar semanas enteras, agazapado en las mesas y estanterías de las bibliotecas como un gato, observando por el rabillo del ojo los sistemas de alarmas y cambios de guardias, los movimientos de vigilantes y de funcionarios. Cuando todo estaba calculado, asestaba el golpe.
Resultado: un códice azteca de 1493, que posiblemente leyó Cristóbal Colón...
Se hizo fabricar una gabardina con bolsillos y cremalleras diseñados al tamaño de su pasión. A veces rompía ventanas con cortadores de vidrio o se introducía a través de ductos de ventilación. Otras veces contrató un ejército de adolescentes para que robaran en su lugar, y les pagaba con miserias que después compensaba alquilándoles su casa para fiestas y orgías. Sin embargo, la mayoría de extracciones se deben a su exclusivo ingenio.
Cuentan que no sólo era apasionado por robar libros, también tenía debilidad por antiguallas y toda clase de objetos inútiles: se movilizaba siempre en viejos Cadillacs, se vestía con la elegancia de un lord inglés y cuando lograba ingresar en una mansión, desmantelaba porcelanas, lámparas, jarrones, cajas fuertes y obras de arte. Nunca aceptó que sus extracciones fuesen robos. Nunca, durante las indagatorias, se refirió a los impulsos de su pasión como si fuesen latrocinio. A su método lo llamó con una expresión técnica: “sistemas para la construcción de mi colección”.
Mi colección, sí. Pretendía hacerse con una colección de historia americana que organizaría en su casa como el mapa de perro de los Estados Unidos. De oriente a occidente y de norte a sur de la casa, Blumberg podía pasearse intelectualmente en el mismo sentido que un paseante caminaría por cada estado: organizó los libros robados en bloques temáticos que se correspondían con bloques territoriales, al frente de la casa California, y en los cuartos traseros, Nueva Inglaterra. De modo que su biblioteca, más que biblioteca, era una instalación; y la instalación correspondía a un mapa a escala de su país por el que podía pasearse en calzoncillos. Un país ideal porque era atemporal. Un país libres porque era de papel para un solo habitante. No lo movilizaba sólo el placer fetichista de apoderarse de los libros, como indica el posesivo en la expresión “Mi colección”. Solía leerlos. Leía y releía y anotaba al margen. Ponía insultos o efusivas apreciaciones de puño y letra sobre lo que pensaba de los indios y de los pioneros y de los habitantes de Estados Unidos; resaltaba errores gramaticales, corregía imprecisiones y contradicciones históricas, al punto de llegar a convertirse en erudito de la historia de su país; al punto de engañar a profesores y especialistas en diversas áreas con quienes tropezó en sus viajes. La apropiación que tenía de los temas le hizo hacer pasar ante los bibliotecarios y académicos incautos como por profesor de altos estudios. Sin embargo, Blumberg sólo era bachiller. Tenía una personalidad diacrónica: se creía de otra época. Suponía que se había equivocado de mundo. Que debió haber nacido durante la conquista del oeste, en la era victoriana, cuando “aun había elegancia” en este mundo.
Según destacan todas las páginas Web que registran su nombre, Stephen Blumberg fue condenado en diciembre de 1991 a 6 años cárcel y 200.000 dólares de multa. Además fue vetado del ingreso a bibliotecas. En diciembre 29 de 1995 salió de la prisión de mínima seguridad en Yankton, Minnesota. En 1997 volvió a robar libros antiguos. Lo capturaron en Julio de 2003 por robar en una mansión de Keokuk, Iowa. Estuvo preso hasta 2004. En junio del mismo año volvió a robar en Knoxville, Illinois y fue llevado a Keokuk, donde, según coinciden todos, siguió preso.
Hoy debe tener 60 años. Nunca se casó. Los vecinos del pueblo donde tuvo la mansión lo creyeron homosexual, por las fiestas con adolescentes. Su papá era médico, pero sufría de depresiones. Nunca quiso hablar de su hijo Stephen. Se deshizo de él otorgándole una pensión que le permitió vivir cómodamente y dedicarse a negocios varios (no dicen cuáles, pero lo suponemos). Su madre y otros familiares enloquecieron por razones varias (tampoco registradas, pero las suponemos). De pequeño, tuvo problemas de adaptación, a pesar de su inteligencia, y fue cliente asiduo de media docena de siquiatras hasta que descubrió para qué había reencarnado en esta vida: para amar los libros.
Cleptobibliomanía, dijeron los siquiatras.
Bibliofilia, la llamo yo.

Prometeo mal encadenado

Blumberg encarna el papel de Prometeo moderno. El ladrón del fuego. Sólo que era un Prometeo egotista que no robaba conocimiento para entregarlo a los hombres, sino para calentarse la cueva. Blumberg consideraba las bibliotecas como cárceles del pensamiento. Para ingresar a ellas, fabricaba planes de rescate del saber con un solo propósito: burlar a los carceleros y poner el pasado fuera de la ley. Blumberg reacciona a la peor prohibición que hay: la prohibición del saber, perpetrada “por una legión de autoridades” que se adueñan de los recuerdos, del pasado , y que lo reemplazan por un presente continuo y superfluo. Tal vez por eso la condena que recibió en 1991 era un reto ridículo que se imponía a un enemigo de la prohibición. Que lo condenaran a 6 años de reclusión y $200.000 dólares de multa por robar objetos inútiles era una divertida anécdota para un hombre acostumbrado a vivir retirado entre cuatro paredes tapiadas de libros que valían $40.000.000 de dólares. La verdadera pena, la más dolorosa, la más humillante, era la caución por la cual quedaba vetado del ingreso a ninguna biblioteca. El estado norteamericano, en su papel estelar de protector de derechos de la “mejor democracia del mundo”, restringe a todos a nombre del bien común desde fumar en lugares públicos, suicidarse, meterse droga, beber a los doce años y hasta que tu perro se cague en la calle. En Estados Unidos está prohibido el pasado y el recuerdo cuando atentan contra la seguridad nacional. Si tú vas a una biblioteca y pides uno de esos libros inofensivos que ostenten en la tapa “¿cómo fabricar una bomba atómica con maíz fermentado?” debes llenar una ficha y dar tu dirección y esperar que constaten tus antecedentes penales. Prohibirle a Blumberg entrar a una biblioteca era invitar al ladrón a entrar de nuevo por la ventana. De los tres castigos, estoy seguro que el más insoportable tuvo que ser la prohibición de volver a estar en contacto con los libros. Caución que era la proyección del castigo fuera de las rejas. Prueba de eso, las cuatro recapturas posteriores. De nuevo por robo, claro.


La estructura síquica de un ladrón de libros

Sicosis obsesiva. Teoría: cuando un hijo no se siente amado por su padre buscará el método de avergonzarlo. Freud dixit. El complejo del bastardo podría llamarse, o el complejo del indeseado. Paulatinamente, el hijo se rebelará contra todo el aprendizaje impuesto y amará todo lo que no sabe su padre. Lo digo por experiencia personal. Porque hoy soy todo lo que mi familia desprecia, y sé lo que ellos ignoran. Esta historia me impactó a pesar de lo poco que sé de ella. De tres artículos, he extraído la información para la semblanza. En lo poco que he encontrado se dice que por línea materna Blumberg tuvo tres antepasados locos. No dice el biógrafo qué tipo de locura los aquejaba. Sí dice que su madre era una de las tres condicionantes, que enloqueció. No aclara de qué. Casi podríamos imaginar, o especular, acomodando todo a la teoría de la sicosis obsesiva, que el perfil sicológico paterno es este: un represor paranoide, un médico obsesionado con la inminente enfermedad congénita de su hijo problema, que lo somete a tratamientos siquiátricos a la edad en que todos tenemos derecho a estar locos: la infancia. Si Blumberg vivió (teóricamente) en un medio de prohibiciones morales paternas sumadas al delirio de su madre, podríamos suponer entonces que la rebeldía deliberada del niño era una reacción a la paranoia paterna. Bonita teoría, pero sólo se puede probar si sabemos algo más de su infancia. De grande, sabemos que su padre no quiso saber más de Blumberg ni quiso que lo relacionaran con sus “crímenes”. Nunca dio entrevistas. De viva voz (las entrevistas que Blumberg concedió a Weiss) sabemos que al otorgarle una pensión que le permitía sobreaguar la vida se desentendió del hijo y renunció a todo contacto con él. ¿Era esta la reprobación definitiva? ¿El olvido total? Tras la salida de la cárcel, Blumberg vuelve a reincidir. Una vez más trasgrede y desafía la prohibición paterna. De nuevo es capturado, pero ahora usa un nuevo nombre y un apellido distinto que le permite eludir la caución y a los sabuesos del FBI. ¿Borrar su nombre es romper con la figura paterna? Así como de niño su padre lo somete a asistir a diversos tratamientos siquiátricos, y él reincidía; tal vez su reincidencia adulta sea una proyección de la infancia. Los antecedentes de infancia son borrosos, pero podrían ser significativos. El biógrafo deja de lado esto y resalta que Blumberg era elegante, que conocía tan bien la historia de Estados Unidos que pasó por especialista pese a ser bachiller; enfatiza en que su casa estaba exquisitamente ordenada como un mapa y adornada de antigüedades. El afijo patológico que acuñaron los siquiatras durante el juicio se basó en tres ejes:
Robo + libros + afán= Cleptobibliomanía. Feo nombre. Bibliofilia, la llamaría yo. Amor desmesurado por los libros. Para mí, la estructura síquica de este ladrón de libros está escondida en su familia: su padre era un tipo ignorante y de mal gusto, y su madre, una mujer genial.



El alma del coleccionista

Todos los grandes coleccionistas derivan su fijación de la ausencia de la madre, y del signo zodiacal: acuario. Sí, ya sé que estoy divagando. Ya sé que estoy escribiendo este análisis como un semoviente. ¿A quién le importa tu trauma del padre ausente, Stanislaus? A nadie. Detengámonos finalmente en el fetiche, en el afán narcisita: la predilección por el objeto antiguo. Llámese Cádillac, mansión Victoriana, libro incunable o antigualla. El objeto antiguo, dice Baudrillard en El sistema de los objetos, es un elemento mitológico que simboliza la recuperación del pasado. El retorno al pasado tiene que ver con la nostalgia del origen y con la obsesión de autenticidad. La involución a las fuentes es la involución a la madre, y la necesidad de autenticidad proviene del padre. El padre es la fuente del valor, la certidumbre del origen.
La madre de Blumberg enloquece y su padre lo niega…
Buscar el pasado era recuperar a su madre, y la obsesión por los objetos originales y su desmesurada valoración, era el acto narcisista por antonomasia: el auto-reconocimiento. Blumberg también rechazó a su padre, en respuesta, con cada robo; rechazó su época, se convirtió en su propio padre. Los que no tuvimos padre, sabemos bien que somos nuestro propio padre. Blumberg convirtió a su madre en una mansión victoriana, con todo lo que necesitaba para recuperarla, y se fue a vivir dentro de ella.
Allá, en ese vientre de papel, hubiera sido feliz si no hubieran ido a capturar en marzo de 1990.



Fuentes:
Diners año XXX no. 289- abril de 1994 (Guillermo Martínez Arévalo, versión de un texto original de Philipe Weiss en Harper´s Magazine, sin número ni fecha)
Ver más información sobre Blumberg en, Alberto Manguel, Para una historia de la lectura
Páginas WEB con contenido al respecto:
http://harvardmagazine.com/1997/03/biblio.3.html
http://www.cmaj.ca/cgi/reprint/165/12/1646.pdf
http://everything2.com/title/Stephen+Blumberg%252C+Bibliokleptomaniac
Fuentes para la divagación: El sistema de los objetos, Baudrillard; La interpretación de los sueños, Freud; Lo que se de los lugares donde no volveré, Diario y Bustrophedon, Stanislaus Bhor
Imagen: No es Blumberg, es David Bowie. Así lo imagino.

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