La nube púrpura, Matthew Phipps Shiel

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Para leer después del fin del mundo


Por regla general todos los escritores que han escrito sobre desastres tienen algo en común: que nunca han presenciado uno. Aquellos que lo presenciaron, nunca sobrevivieron para contarlo: Isabelle Eberhardt, Plinio el viejo, Jorge Ibargüengoitia. Sin embargo, todos narran novelas posteriores a catástrofes y han llegado a las mismas intuiciones: los primeros muros que caen en los desastres son las barreras de las clases sociales.
Las novelas de catástrofes naturales están inspiradas en peligros inmemoriales: el terremoto, el diluvio, el volcán, la epidemia. El génesis es quizá la primera novela catastrófica: se remonta al Big Bang y al Diluvio. La Biblia termina como empieza: en catástrofe. Cien años de soledad, Biblia americana, también. Y es que quizá haya en las relaciones de catástrofes una experiencia atávica.
Como intentos de poetizar un desastre y sondear la relatividad de los tipos humanos en una sociedad bajo amenaza, instintiva, compitiendo a muerte por los últimos recursos vitales, se pueden incluir en una antología de desastres desde los negros consumidores de carne humana después de la destrucción de Estados Unidos en el relato Y la roca aulló de Ray Bradbury, pasando por los adolescentes caníbales de El señor de las Moscas de Golding, la lucha por lo que queda de vida en Huracàn Còsmico de J.G Ballard, los ladrones de vacunas cuando llega La Peste a Orán en la novela insignia de Albert Camus, las descripciones escalofriantes de las hordas asesinas en el metro de Nueva York en los cuentos de Lovercraft, los enamorados que se cuentan historias eróticas mientras la Florencia es asediada de Peste bubónica en el Decamerón de Boccaccio, los hallazgos pederastas del compositor Gustav con el niño Tadzio en medio del cólera (Thomas Mann La muerte en Venecia), los saqueadores de caminos después de un bombardeo nuclear contra Estados Unidos en La carretera de McCarthy, el caballero impávido que cruza la provenza podrida de cólera asiático en El húsar del tejado de Jean Giono, o el confinamiento de los apestados en La Perorata… de Bufalino; los ciegos del ensayo de Saramago, y los cadáveres incorruptibles que pueblan las ciudades del mundo en la terrible, la genial y espantosa Nube púrpura de M.P. Shiel.

La catástrofe nos pone frente a las actuaciones más instintivas, complejas e insólitas de la naturaleza humana: el herido que ayuda a los damnificados sin prestar mientes a la herida que lo matará, el capitán de barco que se lanza en el único bote salvavidas abandonando a su tripulación, la pareja que sigue haciendo el amor mientras la lava del Vesubio sepulta Pompeya, Flaubert que le cuenta a Louise Colet (vía carta) que el terremoto de Rouen fue magnífico y salió a la calle a ver como se derrumbaban las casas y cundía el horror, fascinado. ¿Qué distancia moral hay entre el grito náufrago: “¡mujeres y niños primeros!” Y el clamor militar: “¡Sálvese quien pueda!”? La que indique el rasero del instinto. El instinto y no la razón es el factor determinante a la hora de elegir entre salvar a otros, o poner a resguardo tu propio pellejo. En medio de la catástrofe, a los hombres les sobra siempre tiempo para imaginar su final. Hasta hace dos noches me preguntaba si los muertos de una catástrofe tienen todos el mismo destino. Maeterlinck en un ensayo luminoso (El accidente) dice que no, porque la muerte nos llega siempre distinto, porque en una milésima de segundo, mientras la cabeza impacta contra el hierro retorcido o la pared se nos derrumba sobre la espalda, o el tsunami nos arrastra, o la avalancha nos petrifica, ese instante breve le basta al hombre para pensar en su hijo, para dejar que la moral haga mala trigonometría y la madre arroje al bebé del carromato con intención de protegerlo del abismo y sin embargo al final del siniestro los ocupantes del carro sobreviven todos y el único muerto es el niño que se partió el cráneo contra el pavimento. Además todos llegamos a la catástrofe por distintos caminos.
Ahora que la tierra se sacude y supura como si el hombre fuera un parásito alojado en la piel de otro, y que con terremotos en Chile, China y Haití (y estallidos de volcanes en Islandia) es importante volver a revisar las advertencias de los sicalípticos escritores de desastres.




La nube púrpura


La nube púrpura es la novela que lo catapultó a la fama. Cada vez que estalla un volcán Islandia o Chile, imagino que Adam Jeffson llegó al fin al Polo Norte. No puedo sino imaginar el titular del Espectador mañana por la mañana: “La nube púrpura, una nube venenosa compuesta por ácido cinahídrico (letal para la raza humana y los animales y toda forma de vida) pasó anoche sobre Noruega y se encuentra hoy sobre Europa, cuyos 100000000 de habitantes al momento de la presente edición deben estar ya muertos”. La nube púrpura de M (atthew) P(hipps) Shiel atrajo y cautivó a los más excéntricos escritores del siglo, desde Wells a Machen, de Hammett a Durrel, de Borges a Javier Marías. Me atrevería a afirmar (sin prejuicio de Pedro Páramo) que Matthew Phipps Shiel (M.P. Shiel) fue uno de los maestros de Rulfo y un modelo para los pasajes más sobrenaturales de su novela profundamente mexicana. La nube púrpura fue un folletín publicado en seis entregas por The Royal Magazine de Londres en 1901. De inmediato llamó la atención del mundo literario inglés.
Adam Jeffson, resumo de memoria, parte en una expedición que aspira a ser la primera en llegar al Polo Norte. De camino por un mar que se va coagulando de hielo, los vínculos de la tripulación se endurecen también como en toda convivencia basada en la competición. La sospecha que los correrá por dentro será la mezquindad de unos que querrán alcanzar la gloria (a título personal) y tener el honor de llegar primero al polo en demérito de los otros. Las intrigas terminan en muerto; y Adam Jeffson partirá con unos cuantos compañeros y una jauría de perros cuando el barco encalle en un iceberg infranqueable. La travesía por los yermos de hielo se tornará cada vez más difícil mientras se acerquen al punto cero de la latitud y longitud del mundo: el polo magnético. Gradualmente, los expedicionarios empezarán a morir, y el único en llegar al Polo Norte será Adma Jeffson y los perros. La visión del Polo es tremendista: un cráter sin fondo al que van a dar las aguas congeladas del globo, y una nube púrpura que es la emanación de aquella boca del hades. El olor de almendras de la nube se tornará nauseabundo y le provocará vómito y lo hará huir de aquella visión del fin de la tierra. Jeffson regresa al barco en una larga travesía de varios meses durante la cual tendrá que ir matando a los perros más débiles que arrastran su trineo. Su extrañeza mayor es que en los glaciales no encontrará nada de comer porque los animales polares con que se atraviesa (osos, morsas) estarán todos muertos. Jeffson se intriga. Ahora ve la nube púrpura a lo lejos y cree que es la aurora boreal. A veces le parece que va a llegar hasta ella, que la va a tocar con sus dedos, pero la nube se disipa movida por el viento, y en su lugar sólo halla cadáveres y más cadáveres de morsas y osos, sin heridas, sin saber qué los haya matado. A veces, al ver la nube regresa a él el mismo aroma de almendras que le provoca el vómito. De toda la jauría, sólo uno de los perros llegará con él junto al barco. Cuando sube la escalera, nadie salea saludar al sobreviviente de la expedición que trae la rama de olivo. Jeffson va a la cubierta sólo para encontrar a todos los tripulantes petrificados, muertos a causa de alguna ráfaga súbita y helada que los congeló en sus posiciones. El barco está en buen estado. Decide llevarlos al refrigerador y encender los motores para emprender el regreso. No deja de preguntarse qué pudo haber pasado. Días después avista el primer barco en el océano. Se le aproxima y lanza una señal, pero los hombres de la tripulación del otro barco no responden a su llamado. El barco se aproxima y parece que lo quiere embestir. Jeffson elude el barco y al pasar junto a él ve a toda la tripulación inmóvil en los lugares de maniobra. Se intriga. Da marcha atrás y lo aborda. Con horror descubre que es un barco fantasma a la deriva: todos están muertos por alguna epidemia. Lo extraño es que permanecen en las posiciones cotidianas de su trabajo como si la muerte inexplicable los hubiera sorprendido en el acto. Jeffson, aterrorizado, vuelve a su barco y pone el motor a toda máquina para alejarse de esa enfermedad que pudo haberlos matado. Poco a poco seguirá hallando barcos, pero todos llevarán a los tripulantes muertos. Un día avista tierra. Supone que es Noruega. Se acerca al puerto y ve los buques y millares de puntos que son pasajeros y tripulantes con pretenciones de abordar. Cuando atraca, y desciende, nota que de toda aquella multitud nadie se mueve. Cuando echa a andar por el puerto comprende: es una multitud de cadáveres. Jeffson cree que desvaría. Toda esa gente ha muerto paralizada en la posición del último minuto de su vida. En las manos de una española (mujer de rasgos españoles en la costa Noruega) ve un periódico y lo toma: “la nube púrpura llegó a España” reza el titular: “Sólo se salvaron los ricos que hallaron barco a Noruega”. Deja el periódico y busca otro. Times de Londres: “la nube pasó por París, llegará al anochecer a Londres, dios nos ampare”. El editorialista se despide del público. Jeffson entra en un estado catatónico. Oye voces, ve gente que camina, pero no hay nadie. Esa noche duerme en la ciudad y oirá voces que provienen de sus oídos, porque toda la ciudad es un inmenso cementerio. Jeffson recorre los supermercados, recoge enlatados, provisiones, todo lo que encuentra para sobrevivir dentro del barco durante diez años sin salir de allí. Enciende motores, sale de aquel puerto y enfila hacia Europa. Los puertos de Inglaterra serán a continuación el espectáculo desolado para un único espectador: todos los ingleses muertos. Busca explicaciones en publicaciones internacionales: Científicos del mundo entero se contradecían por los días del cataclismo. En los periódicos de todo el mundo debatían opiniones contrarias. Uno de ellos anunció que el contenido de la nube era ácido cianhídrico, paralizador del sistema nervioso central y periférico, letal para todos los animales y microorganismos. Jeffson reflexiona: por eso no hay descomposición de los cuerpos: porque murieron hasta los microorganismos. Decide visitar su ciudad, la casa de su madre. Allí la encuentra, solemne en aquella muerte que aceptó resignada, sin su único hijo para asistirla. La entierra y se marcha. No pierde la esperanza de encontrar a alguien con vida. Recorre el mundo y reconstruye con periódicos y diarios íntimos el recorrido de muerte que trazó la nube púrpura: las hordas migratorias que desocupaban países para huir del gas, los saqueos, las tragedias de aquellos que no podían marcharse porque no tenían dinero y debían encarar la nube letal. Jeffson comprende que es la misma nube que vio en el polo. Un manto de culpa lo envuelve, como si él hubiera provocado la tragedia, como si su osadía de ver un lugar prohibido lo hiciera culpable de ser aquello en lo que se ha convertido: en el último hombre sobre la tierra.
Lo que sigue es la más perturbadora, escalofriante y poética narración de una novela apocalíptica a través de la bitácora de Jeffson y la que será su vida como dueño y señor de un mundo de muertos (con todos los adelantos de la civilización a su servicio). Jeffson, el último hombre sobre la tierra, atravesará todos los momentos del desarrollo de la civilización en su propio cuerpo; en un momento de locura rematada se declarará dictador del mundo y bombardeará las capitales de los antiguos hombres: París, Roma, Londres se harán trizas bajo su ira santa. Nada lo complace, nada será suficiente. Dejará de escribir por diez años para luego poner una entrada inquietante en el diario: soñó que había un hombre vivo en Pekín. Irá a Pekín, pero no hallará más que el reino de las gramíneas y la desilusión del desquiciado cuyo único beneficio será ponerlo en contacto con otro estadio más de aquella escritura frenética que constituye su única compañía.

Shiel y su obra

El libro tiene una estructura de dobles fondos como la maleta de un traficante: Shiel es el transcriptor de los cuadernos que recibió de su siquiatra (que a su vez le hacía terapia hipnótica a una mujer que al entrar en trance dice ser la voz de Adam Jeffson expedicionario al Polo Norte en un futuro no muy lejano). Si les parece demasiado artificioso como para que sea verosímil, deberían echar una ojeada a la biografía del autor que desafía toda fantasía: Shiel nació en una de las Antillas Menores: Monserrat (1865). Su papá fue predicador metodista y con la ayuda de un obispo lo coronaron rey de una roca marina inhabitable: La Redonda. La corona inglesa nunca le reconoció su investidura sobre ese cayo, por lo que Matthew Phipps Shiel se dedicó a reinar en ausencia y a otorgar títulos nobiliarios a los escritores que más admiraba: Lawrence Durrel, Henry Miller, Dylan Thomas (duques y marqueses de Redonda, el reino de los escritores). A la muerte de Shiel fue nombrado Artur Machen sucesor del trono. En adelante todo lo que sabemos del Reino de Redonda, la isla de los escritores, lo sabemos de la mano de su último monarca: Juan III, mejor conocido como Xavier Marías. Pero esa es otra historia para una nueva ocasión.

El campo de pruebas de la fragilidad humana

Pompeya: Cuerpos humanos petrificados por cenizas volcànicas.
La prueba de la pequeñez del hombre es la incapacidad de dominar las fuerzas de la naturaleza. A esa incapacidad destina todo el mundo científico su aparato lógico. De ahí que gobernar la naturaleza sea gobernar el mundo. Lo que quizá sea la mayor y más tonta pretensión del hombre, el campo de pruebas de la fragilidad humana. Todo lo que ha construido el ser humano desaparecerá teóricamente dentro de 10.000.000 de años, cuando se apague el sol. O mañana por la mañana, cuando estallen los volcanes del cinturón de fuego del pacífico. O en veinte años, cuando exploten cinco ojivas nucleares de las 3000 que poseen Estados Unidos y Rusia como medida de protección nacional.
Mientras tanto, la humanidad labora y duerme feliz dedicada a cosas tan serias como hacerse millonaria, no perderse los goles de Messi en el mundial de fútbol, pagar los recibos de luz, alcanzar 25 minutos de fama, llegar a tiempo a la oficina, recoger a los niños del colegio, obtener el título universitario, ganar las elecciones presidenciales, desfalcar a la nación, o no morirse de hambre. El peligro del fuego, del frío extremo, de la intoxicación del aire sólo nos inquieta cuando ocupa los cien canales del Direct TV o la primera página de todos los periódicos. Mientras Juanes le canta a los damnificados de Haití y promociona su nuevo disco y la noticia es reemplazada por la infidelidad de Carla Brunni o los goles del mundial hay que tomar precauciones para que no nos pase como a chinos y chilenos en el próximo terremoto: tener linterna, pito de árbitro, un paquete de comida de perro bajo la almohada, blakcberry en el bolsillo; establecer un punto de encuentro con la familia, un plan de escape del edificio, comprarse un mueble de soporte resistente que permita una eventual cámara de aire para esperar confortablemente a los rescatistas. Pocas veces se nos dice que no hay catástrofe evitable. Los libros de catástrofes nos hablan desde el abismo, nos dicen que el universo ni el mundo fueron hechos a la medida del hombre, que somos una mezcla de casualidad y ficción. Algún día descubriremos la verdad: que somos una república de parásitos viviendo a expensas de los cojones de Dios. Dios se rasca y hay un terremoto. Dios mea y hay una inundación. Dios tiene flatulencia y las aerolíneas de Europa pierden millones. Tal vez un día comprendamos que morir es fácil; lo difícil es ser feliz mientras acaba.

Pd/ Comprar un gato: es el mejor sismógrafo.

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