Viajes con Heródoto, Ryszard Kapuscinski

7:35


Es casi seguro que todo lo que hemos visto y vivido se olvide y se pierda si nadie lo escribe. Sin embargo, esto nunca fue más verdadero que en el mundo antiguo. Heródoto, de Halicarnaso, 400 años antes de Cristo, recogió la información que había del mundo conocido entonces y la redactó en escritura de surco griego, una escritura arcana, cuando aun no se habían inventado las palabras ni las puntuaciones sino que todo se ponía en una línea larga y continua como una sola idea que contenía todas las ideas, como una sola historia que contenían todas las historias, como una sola, infinita palabra, que contenía el presente y el pasado del mundo. En nuestra era mediática, la idea de olvidar el pasado a falta de alguien que lo escriba nos parece sólo una exageración.
Cito a Kapuscinski:
“El hombre contemporáneo no se preocupa por su memoria individual, porque vive rodeado de memoria almacenada, todo lo tiene al alcance de la mano: enciclopedias, manuales, diccionarios, compendios, bibliotecas, museos, anticuarios y archivos, internet, cintas de audios y videos, depósitos de palabras; si es niño la maestra se lo dirá, si es estudiante de la universidad se lo dirá el profesor”

Vivimos en un mundo mediatizado, informatizado, trivializado que nos tima y asegura que nosotros somos la información, la verificación y la interpretación, que basta con abrir un blog para que cada ciudadano tenga un medio de comunicación unipersonal, que basta con abrir un periódico, encender la TV o navegar en la web para tener la impresión de que sabemos qué está pasando en el mundo. Kapuscinski empieza por preguntarse cómo pudo un griego jónico recolectar la información que reprodujo en su libro de Historia antigua mientras vivía una era premediática, cuando no había periódicos, cuando no había bancos de palabras, ni diccionarios, ni bibliografía.

“¿Cómo anidó en Heródoto esta pasión? Tal vez naciera de la pregunta que habría surgido en su mente de niño: ¿De dónde viene los barcos? Seguramente la mayoría de niños no se hace preguntas como esa. Uno de ellos, sin embargo, mientras construye su castillo de arena, en el momento menos pensado, puede preguntar: ¿de dónde ha salido esa nave? Al fin y al cabo, esa línea tan lejana, rayana en lo infinito, ¡parecía marcar el fin del mundo! ¿Acaso haya otro más allá de ella? ¿Y un tercero más allá de ese otro? ¿Cómo son? Y el niño empieza a buscar una respuesta. Y luego, cuando se convierta en adulto la buscará con más ahínco todavía, impulsado por esa necesidad que no ha logrado satisfacer. Parte de la respuesta la proporciona el propio camino.”

La respuesta parece ser la curiosidad y la buena estrella. Heródoto, a demás de escritor infatigable, fue un viajero impenitente. En una época de esclavos y reyes-dioses, no pudo haber sido un pobre diablo, presume Kapuscinski. Debió tener dinero, sirvientes.
Ahora: ¿cómo pudo verificar la información que recogía en esos viajes? Conversando con las gentes que hallaba en sus caminos, poniendo en acción el primer rudimento de un reportero: la pregunta.
“A donde quiera que se hallase, siempre intentará apuntar los nombres de las tribus, su situación geográfica y sus costumbres. Quién vive dónde, con quién limita.”
El mundo de Heródoto
Kapuscinski, último reportero del mundo, sostiene que Heródoto fue el primer reportero de todos. Para demostrarlo indaga sobre cada historia narrada (las guerras médicas, los pueblos de áfrica, las noticias que venían de Asia menor), asalta estas narraciones con preguntas de todo tipo que convierten al lector en un intérprete y arqueólogo, al mismo tiempo que se sirve de ellas para deducir el posible método que usó Heródoto al narrar con tanta exaltación la vida de los pueblos antiguos.

“¿Pero cómo Heródoto, un griego, podía saber lo que decían gentes de países remotos, persas, fenicios, los habitantes de Egipto y Libia? Pues viajando, preguntando, observando y sacando conclusiones de lo que le contaban y de lo que él mismo había visto; así atesoró sus conocimientos. De manera que siempre empezaba por un viaje. ¿Y no hacen lo mismo todos los reporteros? ¿Acaso ponernos en camino no es lo primero que se nos viene a la mente? El camino es la fuente, el tesoro, la riqueza.”

La inferencia máxima de esta adivinación casi sicológica que logra Kapuscinski con un Herodóto reportero del mundo antiguo es la verificación de las fuentes que hacía el griego. Esto lo hará un reportero por excelencia. Heródoto se esmeraba, hasta donde sus posibilidades lo permitían, por encontrar la verdad. Lo infiere Kapuscinski de acotaciones que adornan las partes más espinosas de ese libro que cargaba en la maleta y de los relatos subrayados en extenso:

“De acuerdo con lo que supe por boca de… No sé si es verdad, sólo escribo lo que se dice…. No pretendo de fijo decir cuáles fueron los Jonios cobardes y cuáles los valientes en la batalla… respecto de Europa, a pesar de todos mis esfuerzos, no logré averiguar si está o no rodeada de mar por el norte…. Ese templo, según averigüé es el más antiguo…”

Y le parece más claro con estos otros:
“Queriendo yo cerciorarme… Me dirigí para informarme… Mas puedo afirmar que no la vi flotar… Todo cuanto he dicho hasta este punto es producto de mis averiguaciones…. Me limito a referir lo que dicen…”

Kapuscinski busca las leyes que evidencien su argumento sobre el método de reporterismo rudimentario de Herodóto. Poco después encuentra otra ley: el contraste. De nada sirve una información que no se contrasta, que se toma como verdad absoluta. Cita y reescribe entonces fragmentos extensos de Heródoto sobre las guerras entre los Medas y Griegos, las guerras médicas, las más brutales del mundo antiguo. Allí Heródoto, además de darse garra escribiendo las mayores atrocidades (que nada tienen que envidiarle a la primera y segunda guerras y a las africanas) demuestra el afán de totalidad que lo motivaba al describir tanto las razones de los Persas como las de los Griegos para entablar aquellas guerras atroces:

“Todo el cuadro de esa gran guerra de la antigüedad lo pinta Herodoto siguiendo las reglas del contraste: por un lado, se acerca desde el este una tremenda, grandiosa, apisonadora fuerza, ciega, atada corto por un rey-amo y señor, un rey-dios. Y por otro el mundo Griego, disperso, enzarzado en conflictos internos, riñas, peleas, recelos, un mundo de tribus y ciudades independientes que ni siquiera tiene Estado común.”

Todas las preguntas que Kapuscinski se hace alrededor del método de Heródoto lo llevan a una aproximación humana del personaje histórico, a la reconstrucción de la figura del hombre que escribía sobre tantas atrocidades sin conmoverse. Además del interés por la veracidad, descubre en la figura de su maestro una dimensión trágica que se puede deducir por los personajes que elige: Histieo, capaz de traicionar a su propia madre por hacerse al trono Persa; Darío, emperador del mundo, que detiene su proyecto de expansión y cambia la historia del mundo cuando ve a los escitas que prefieren perseguir a un conejo que prestar armas a su ejército y cree ver en esa acción una señal nefasta del destino para su imperio y desiste de conquistar europa; Jerjes, emperador del más grande ejército del mundo antiguo (un millón de hombres), humillado en las Termópilas por trescientos espartanos huye a Susa a pasar los días de su derrota torturando a las mujeres; Tomiris, la madre de Espargapises, reina de los masagetas que jurando vengar la muerte de su hijo a manos de Ciro el grande, después de la batalla más sangrienta del mundo antiguo, avanza por el campo de batalla con un balde lleno de sangre y busca el cadáver del rey Ciro para cortarle la cabeza y después hundirla y saciarlo de sangre como ha prometido. Kapuscinski nos recuerda entonces que la época en que Heródoto hizo sus viajes fue la misma que vio el genio trágico de Sófocles, Eurípides y Esquilo (de los que probablemente pudo haber sido amigo), la época del siglo de oro de las artes escénicas, del drama griego, con los héroes trágicos llevados al extremo. Esa dimensión trágica que flotaba en el ambiente, lo lleva a otra especulación sicológica, y de ahí a una representación ética, a una agudeza moral que no le puede faltar a ningún reportero antiguo ni moderno:

“A juzgar por la manera de ver y describir la gente y el mundo, Heródoto debió ser un hombre benévolo y comprensivo, cordial y abierto, un amigo para todo. No hay en él rabia ni odio. Intenta comprenderlo todo, averiguar por qué alguien ha actuado de esta y no de otra manera. No culpa al ser humano, sino al sistema. Malo, depravado y abyecto por naturaleza no lo es el individuo, sino el sistema que le ha tocado vivir. Por eso es un ardiente defensor de la libertad”

Lo excepcional de este libro es que Kapuscinski empieza por preguntarse cómo era el mundo de Heródoto, su curiosidad, su método, su sistema de investigación de las guerras pasadas y termina por encontrar correspondencias con la atrocidad moderna. Al final se pregunta a dónde fueron los esclavos de Heródoto cuando murió, si lo considerarían buen amo. Con eso logra darle forma humana a una sombra.
El Heródoto de Kapuscinski es el reportero perfecto: un viajero indoblegable, una esponja de preguntas, un escéptico de la verdad absoluta, un escritor de inquietudes universalistas con actitudes cautelosas hacia la superstición, con un respeto prudente por los diversos cultos que le permitía mantenerse al margen de opiniones que lo comprometieran (y que en la época pudieran costarle la vida), un conocedor anticipado de las leyes del mercado futuro que inicia sus relatos por raptos de mujeres porque sabe que la historia debe venderse y no hay nada que venda mejor que intrigas de faldas:

“¿Por qué empieza Heródoto su gran descripción del mundo por el nimio asunto de los mutuos raptos de muchachas? Pues porque observa las reglas del mercado mediático: para vender, la historia tiene que ser interesante, debe contener algo picante, algo que cause sensación, un suspense. Y relatos en torno a raptos de mujeres cumplen estas condiciones a la perfección.”

Al final, Kapuscinski termina su clase magistral de periodismo para dumies y designa a Heródoto como un espécimen de su raza:

“Hay una característica que comparten los individuos de esta índole: su parecido a los insaciables Cnidarios, su estructura de esponja que lo absorbe todo con suma facilidad y con la misma facilidad lo expulsa. Nada conservan en su interior durante mucho tiempo, y como la naturaleza no soporta el vacío, siempre necesitan nuevo alimento, no pueden vivir sin absorver, reponer, multiplicar, aumentar… la mente de Heródoto es incapaz de detenerse en un solo acontecimiento o en un solo país. Hay algo que lo empuja, una fuerza acuciante que lo impele a seguir. El hecho que ha descubierto y comprobado hoy, mañana dejará de fascinarlo. Tiene que partir (a pie, a lomos de un animal, o a bordo de una nave) hacia nuevos lugares y nuevos hechos.”

Viajes con Heródoto compone fragmentos de todos los viajes que realizó Kapusinski alrededor del mundo con un libro de historiador griego metido en la maleta. Es el libro fundamental para entender la génesis, el entorno y el desarrollo de una mente periodística, de un explorador de la verdad, de un hombre que interrogaba al presente con el pasado, que contrastaba el pasado con el futuro y que y que reinterpretaba el mundo con una sabiduría en constante transformación. Mientras Kapuscinski desmenuza a Heródoto en este libro, descubrimos que su método periodístico no ostenta ninguna diferencia con el del griego jónico. Ambos parten del mismo afán: “impedir que tiempo borre la memoria de la historia de la humanidad”. Con Kapuscinski uno descubre que se puede viajar en un avión, en un ómnibus, en un barco, en un taxi, lo mismo que se puede viajar con el pasado. Sólo hay una objeción: El papel del verdadero viajero, del verdadero escritor, del verdadero periodista, no sólo consiste en verificar la verdad de ese pasado o de este presente, sino en cuestionarla, interpretarla nuevamente.

Título: Viajes con Heródoto
Editorial: Anagrama


Páginas: 312
Año: 2006
Ubicación: Luis Angel Arango

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