Zen y el arte de mantención de la motocicleta

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Lo que hace original a este libro de carreteras es que empezamos untados de grasa y terminados untados de Kant.Esta reseña resultará un tanto jeroglífica. Estamos una vez más ante la guerra confusa de dos viejos enemigos: el mytos y el logos, las dos configuraciones de nuestro pensamiento. El zen y el arte de mantención de la motocicleta nos enfrenta a una particular dicotomía moral: la razón y el mundo simbólico. El logos se mueve dentro de los límites de lo razonable. El mytos permite captar mensajes de un mundo sensorial, espiritual, metafísico. Si a la razón se le ofrecen datos de su contrario, no los acepta. Se niega a analizar y deducir leyes erróneas, especulativas. Kant se desgastó en Königsberg diciendo lo mismo de infinitas maneras: entre la realidad y los hombres media una frontera de nadie, y el que se atreva a cruzarla se volverá loco. Robert Pirsig la cruzó y volvió con una rama de olivo a decirnos cómo era esa frontera.

Zen y el arte de la mantención de motocicletas es la metáfora de un mundo amenazado por la locura, la precisión de la realidad y las superespecializaciones para teorizarla. Pirsig logra una exposición impecable de esa guerra interior (Mytos Vs Logos) haciendo acopio de todo tipo de anotaciones lógicas, discursos morales, jerarquías estéticas y disecciones cognitivas. Desde el origen de la dialéctica presocrática, pasando por la crítica a la retórica aristotélica a la estética de Kant y de Hegel, el protagonista del libro poco a poco desenvuelve una madeja de ideas que lo conducen con inminencia a su viejo estado de paranoia lúcida, a locura total.
Sin embargo, cuando al fin la locura se apropie del protagonista, se abrirán las puertas de un mundo desconocido donde tal vez sea posible convivir con la locura.



Los tres de abordo

El protagonista, conductor de la motocicleta (ver foto), es un profesor de estética literaria echado de una prestigiosa universidad después de volverse loco al tratar de demostrar silogísticamente que Aristóteles está equivocado en su retórica, que los atascamientos –mentales- nacen por una fijación de la objetividad, por una persecución insólita de lo que es verdadero, de lo que es demostrable, de lo que es bello -mientras una parte de nosotros mismos nos dice que todo es relativo, que la verdad no existe y que la fealdad también es arte-. De camino por las carreteras de Estados Unidos el ex loco y ex profesor desciende al submundo de su pensamiento para fundar una doctrina conceptual del conocimiento, que no es otra cosa que el camino que conduce a la belleza. Sin embargo, para él, emprender el viaje, es al mismo tiempo partir en busca del abismo, en busca de un olvidado y peligroso amigo llamado Fedro.

“Cuando vives a la sombra de la locura, la aparición de otra mente que piensa y habla como tú es casi una bendición”.

Fedro, una voz que habla como piensa Pirsig, fue en algún momento del pasado la voz audible de su conciencia. Esquizofrenia, le llaman. En vista de que la voz de Fedro le empezó a dar órdenes perentorias del tipo “mata a tu mujer, descuartiza a tu hijo”, su primera esposa lo metió a un siquiátrico, y allí, a punta de choques eléctricos, la siquiatría moderna confinó al monstruoso Fedro en un rincón empolvado del cerebro de Pirsig. Electroshoks… la vieja técnica descontinuada como práctica clínica -aunque países desarrollados como Bolivia aun lo tengan vigente en procedimientos policiales de rutina- resulta para Pirsig un tratamiento exitoso, según los médicos de la época (USA, años 60s). Cuando el profesor sale del hospital, es un tipo nuevo: Fedro se ha ido, pero con Fedro se ha ido la mitad de su vida, el mytos, la metafísica. Desde entonces el nuevo Pirsig inicia este periplo a un territorio desconocido: el viaje en moto que un ex esquizofrénico emprende con su hijo desde Dakota hasta California muchos años después de su internamiento en un siquiátrico (“Lo que tenemos que hacer es desacelerar y seguir sobre un terreno ya recorrido, para ver si las cosas que pensaste eran en realidad importantes”) y el triunfo de la voluntad del pensamiento, el viaje a la locura total, o lo que en palabras de otro viajero de las regiones mentales, Thoreau, sería más o menos: “la expresión de una mente llegada a un grado de reblandecimiento por la mortificación de todo pensamiento saludable y estimulante”.

El segundo de abordo, Crhis, un niño, su hijo (ver foto), echa a notar que la travesía no resulta tan maravillosa como se la pintaron al salir. Su padre poco a poco dice cosas que no alcanza a comprender, entra en contemplaciones injustificadas, tiene pesadillas, toma decisiones que trastocan la ruta y lo lleva a paisajes agrestes, a rutas por donde el viejo se pierde, lugares donde se tornará sospechosamente irascible, silencioso y taciturno hasta que un día toque el extremo: tratará de matarlo. El segundo de abordo es un personaje de contraste perfecto, como Sancho para el Quijote, un ser al comienzo de la vida, resguardado por la cordura, que debe saldar primero una deuda con el tiempo y la decepción para comprender al otro.


Zen

Uno de los principio del Zen es la eliminación de todo el aparato administrador de la culpa y las encarnaciones mediante la renuncia material. Dicho esto, el libro no tiene nada que ver con zen. A no ser que aceptemos el zen como conciliación entre los dos enemigos mortales de occidente: la razón y la emoción, el materialismo y el idealismo, la ciencia y el arte. Si el libro poco tiene que ver con las renuncias, mucho tiene que ver con una idea casi desterrada hoy de la literatura: la belleza.

La belleza es el descubrimiento que nos haría comprender el mundo como si fuera nuevo. Pirsig demuestra que es posible que todo el aparato mental para contemplar la belleza se haya atrofiado. Y se ha atrofiado tanto por culpa de sujetos etéreos como Aristóteles, Kant y Hegel, como por el arte contemporáneo. El mundo, la belleza y Dios deben ser buscados nuevamente. Sus principios pueden ser avistados a través de los oficios más insensatos (pegar ladrillos, preparar almuerzos, podar flores, pintar casas o hacer la guerra). Pirsig decide buscar a Dios y a la belleza en los lomos de una moto, de manera que logra establecer una metáfora del camino a la belleza a través de la mantención de una motocicleta y de su propia locura contemplativa. Con todas las paradas que harán padre e hijo durante este viaje, con cada incidente, con cada anécdota, con cada recuerdo, con cada día de recorrido y cada eventualidad (desde desvarar la moto hasta tender la carpa y encender la hoguera), el protagonista irá dosificando breves digresiones en las que expone un sistema mental que versa sobre prácticamente todos los conflictos filosóficos del ser humano: la soledad, la realidad, la naturaleza del conocimiento, la compañía, la verdad, los bloqueos afectivos, el asedio de la locura, la paz mental, la impaciencia, el aburrimiento, la ansiedad, la dialéctica, la retórica, la estética, la ética, la moral y la belleza.
El verdadero viaje es metafórico. El viaje de Pirsig sobre la moto es un desplazamiento aparente. El otro viaje es a los abismos de la consciencia. Recorrerlo es dibujar nuestro propio mapa mental, desfigurado.


La mantención de la motocicleta

Cuando un libro es metafórico uno lo aplica a su propia desgracia. La naturaleza inagotable de Zen y el arte de mantención de la motocicleta es la misma esencia metafórica que encuentro en el I ching: cada hexagrama resignifica con cada consultante, porque quien consulta trae en la pregunta su propia historia (de ahí que el vaticinio se interiorice y se torne nuevo por cada vez, por cada intérprete). El conflicto en este libro es bastante viejo: la guerra intestina del hombre que bajó del árbol con su metafísica y tuvo que usar la razón para domar la realidad. La metáfora es demasiado nueva y demasiado audaz: Pirsig muestra que aparentemente tenemos dos dimensiones completas de la existencia, dos enemigos irrenconciliables, pero a continuación demuestra que elegir uno de los dos senderos en detrimento de otro nos pone más cerca de la locura de lo que creíamos. ¿Por qué nos frustramos? ¿Por qué nos bloqueamos? ¿Por qué no expresamos nuestros deseos libremente? ¿Por qué enloquecemos? ¿Por qué no somos capaces de decir lo que nos gusta cuando algo nos gusta? ¿Por qué no matamos a nuestros hijos a pesar de que lo merecen?
Porque hay una red conceptual que lo impide.
Si lográsemos deshilvanar la maraña de esta red, tal vez seríamos capaces de convivir con lo que nos tocó en la repartición de la desgracia, o con lo que hicimos de nuestras anémicas vidas.
El sentido de Zen y el arte de la mantención de la motocicleta cambiará según lo que tenga dentro el lector. Si tiene mierda, y dolor e hijueputez, obtendrá mierda, dolor e hijueputez.
¿Qué más decir?
Hay una moto. Hay un padre y un hijo. Hay una larga carretera.
Casi todo, como en la vida.
Casi nada, como en el zen.
Bellísimo.


Zen y el arte de mantención de la motocicleta
Autor: Robert Pirsig
Editorial: Sexto Piso
448 páginas
Año: 2006

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