Biografía de la mini-uzi

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La revista Arcadia acaba de perder la ocasión de hacer un número de antología, de esos que no se han visto desde que Volkening le dedicó un especial a Hölderlin en todas las páginas de la revista Eco, ni desde que Mito publicó El coronel no tiene quien le escriba, completo, siguiendo la sabiduría de LIFE cuando publicó El viejo y el mar de Hemingway, íntegro. El numero 56, del 19 de mayo a 15 de julio de 2010 (aun en circulación) trae la semblanza de 20 objetos que pueden servir para dar una imagen de doscientos años de historia republicana. Lleva por título: “El museo imposible”. La idea, es brillante. Una aproximación y abordaje a la historia desde la memoria colectiva le devolvería el encanto que la distancia de la literatura: generar pasión. Son veinte objetos, entres los cuales se encuentra la guadua, el florero de Llorente, la mitra arzobispal, el escaparate, la hamaca, el zancudo, la chicha… elementos que a su vez contienen como correlato algunos momentos significativos de la historia nacional: la pérdida del canal de Panamá, el monopolio de la industria cervecera, el concordato de la iglesia católica-Estado, la colonización de los llanos, la bonanza cafetera, la falsa independencia, la colonización antioqueña.
Infortunadamente, los veinte especialistas en los temas de estas semblanzas, siguen siendo especialistas, y no dejarán de serlo. Esa es la primera reserva, porque aquellas biografías de objetos que hubieran sido potencialmente metafóricos, literarios, metonímicos, se malogran en una secuencia de datos y asociaciones arbitrarias; en algunos artículos, una generalización sin pie en la realidad, se vuelve bestial e ignara. Es el caso de La Bota pantanera, firmada por Zheger Hay, que tiene una conclusión lamentable, de una invención pobre, generalizante y peligrosa: la bota pantanera es el símbolo de la guerrilla (asegura la autora). ¿Cuál es su base? No tiene base. Asegura que la bota es a la guerrilla lo que un helicóptero Black-hawk a los militares. Desafortunada analogía entre el transporte y el transportado. El ejército también usa bota pantanera, y los paramilitares sin duda; pero por encima de todos ellos, son los campesinos de Colombia los que pueden reclamar como propia esa prenda. Al designar la bota como símbolo de la guerrilla, la señora Hay parece afirmar algo peor al mismo tiempo: que los campesinos son guerrilleros. Esa generalización perversa se multiplica a todo nivel. En Colombia todo el que anda en moto es sicario, el que pide limosna es desechable, el que arenga y pide justicia ante las cortes es terrorista. La parte por el todo. Cuando la señora Zheger Hay camina por las veredas de ese campo que dice haber recorrido (dudo mucho que haya salido siquiera a Choachí) dice que basta mirar los pies para saber con quién se encuentra. Esta ignorancia urbana es un mito aberrante de los snobs: que basta con mirarle los zapatos a la gente para saber de quién se trata. La bota pantanera es un elemento común en el campo y para el campesino; si la guerrilla, o el ejército, o los paramilitares lo incorporaron a sus dotaciones el uso de esa bota no convierte a los campesinos en guerrilleros; de la misma forma que el uso de la misma bota no convierte al militar en campesino. ¿No ha visto, la señora Hay, que esa misma bota, intervenida con ositos y colores vivos en los días más lluviosos de Bogotá, la inmunda, se convirtió en uso común de las estudiantes de universidades? ¿Son ellas guerrilleras? Decir que la bota pantanera es el símbolo de la guerrilla es un desfase tan deliberado y arbitrario como decir que el símbolo de un panadero es el rodillo. Por desgracia, la señora Hay tuvo un verdadero icono de la guerrilla (y su degradación) en el artículo y no lo supo ver: canecas repletas de plata, pudriéndose en una selva.
Compensa, para la historia reciente, que el artículo número 20 esté dedicado al zapato. No a cualquier zapato: a un zapato sacado de su paisaje normal, “un zapato magullado, húmedo y podrido, sacado de una fosa común”. Un zapato sin pie, un zapato de un cuerpo cercenado a motosierra, rastro, vestigio y enseña de los métodos de tortura de la mente paramilitar.
Compensa también “El dólar”, de Antonio Caballero, que es breve, pero agudo, y tras su lectura uno sólo puede preguntar: ¿a quién le reclamaremos los muertos que deja la guerra contra el narcotráfico cuando se legalice la droga dentro de cincuenta o menos años? Si no hubieran miles de muertos de por medio, sería un chiste.
Intuitivo y lúcido, también, El alambre de púas, de Virginie Laurent. Intuitivo por los puntos suspensivos: marcan las pausas reflexivas de la divagación, mientras brota del pasado la imagen del alambre: campos de concentración, guerras de trinchera… y lúcido, por la relación con el latifundio.
Semoviente el de Alejandro Gaviria, que sigue dándole la razón al gremio de los mercaderes, con los razonamientos más discretos del capitalismo salvaje: “la chicha, en últimas, no fue prohibida por el estado: fue desplazada para siempre por la naciente industria nacional”. Hubiera querido decir la inocente, o la benigna industria nacional, pero hubiera sido demasiado lambón para un economista especialista en profilaxis del lenguaje, en decir bestialidades políticamente correctas. Esto es lo que quiso decir: “la chicha no fue prohibida: fue “desplazada” para siempre por el contubernio entre el estado y el monopolio más poderoso del país”.
Entre otras muchas reservas y hallazgos, me asaltan, finalmente, las ausencias. No de los autores, que siguen siendo los mismos “analistas” de siempre. De dos objetos sin los cuales no se puede llegar a las claves de nuestra cultura: La mini-uzi, la subametralladora israelí, ese invento judío con que se cometieron los magnicidios de los ochentas y el genocidio de la Unión Patriótica y que se convirtió en una extensión del cuerpo de ese nuevo tipo social aceptado y permisivo a causa de la desigualdad y la demanda, el sicario.
Y la empanada. ¿No es el símbolo del subempleo y la subalimentación? ¿No compensa la empanada la falta de inversión en capital humano de gobiernos y mercaderes, no ofrece el placebo del hambre ante una economía voraz? ¿No reposa sobre la empanada, y la proliferación de casetas de venta de sabrosa, de grasientas empanadas, la imagen del hambre mitigada, la búsqueda de un porvenir que dura un día? ¿No es responsabilidad de la empanada el hecho de que el pueblo colombiano aun no se haya revelado rebelado?
(Leer biografìa de la Mini Uzi en Màs informaciòn)



Biografía de la Mini Uzi

Corría 1987 y en la ciénaga de Palagua (Puerto Boyacá) se dieron cita un grupo selecto de mercenarios extranjeros que llegaron al país a dictar cursos de adiestramiento en “tácticas de guerra, asalto a viviendas, planeación, estrategia, guerra política, explosivos y asesinato de blancos en movimiento”. Puerto Zambito (Cimitarra) fue el pueblo elegido para las operaciones de asalto urbano. Durante un mes se llevaron a cabo lecciones de sicariato y nuevos armamentos a un selecto grupo de matones colombianos. El primer mercenario que fundó escuela en el Magdalena Medio fue Yair Klein (un coronel en retiro del ejército israelí que se feriaba como entrenador de asesinos en los conflictos balcánicos). Dictaba un curso de asalto. Klein trajo un arma que habría de convertirse en la reina de las matanzas por venir: la subametralladora Mini Uzi de nueve milímetros, hija menor del Uzi (Hebreo: עוזי) subfusil israelí que según la Wikipedia “pertenece a la familia de armas de fuego que empezaron a compactar y aligerar el peso de los subfusiles”. El primer Uzi fue diseñado por Uziel Gal a fines de 1940 y fue la sensación en las Fuerzas de Defensa Israelíes tras la guerra de 1948 (que dejó a Gaza en manos de Israel). La mini es la versión en tamaño reducido del Uzi. Apareció en 1980. La descripción del arma, según los expertos es “600 mm (23,62 pulgadas) de largo o 360 mm (14,17 pulgadas) con la culata plegada. Su cañón mide 197 mm (7,76 pulgadas) y su velocidad de boca es de 375 m/s (1230 pies/segundo)”. Lo que hizo Klein fue refinar el poder mortífero de la metra que se vio multiplicado con sólo pulir con lima de hierro su mecanismo: la metralleta pasó de escupir 90 balas por segundo a 200. El curso de asalto se conoció en un video revelado al país que mostraba cómo en el Magdalena Medio quedaba la universidad y el doctorado de los sicarios de Colombia. Un año después, por los días en que Colombia se enteraba de la matanza en La Rochela, Diego Viáfaras Salinas, graduado de la misma universidad, se entregó a la policía y a cambio de beneficios y protección entregó pruebas que los medios llamaron “El dossier de las autodefensas del Magdalena Medio”. Viáfara contó cómo contrataron a los mercenarios extranjeros para adiestrar a los pupilos. “Al primer curso se matricularon cincuenta hombres: de Henry Pérez y El mexicano (Gonzalo R. Gacha), veinte y veinte. De Víctor Carranza, cinco; y diez de Pablo Escobar (Cuco, Arete, Harby, El Tuso) en sociedad con Fabio Ochoa”. Dijo dónde se llevaron a cabo los entrenamiento: en Puerto Boyacá y Cimitarra y en Putumayo, mencionó vínculos de los militares del batallón Bárbula, Bomboná y la Brigada XIV con los paramilitares y reveló quiénes eran los jefes de las Autodefensas: Henry Pérez y Gonzalo Rodríguez Gacha. Los mentados cursos dejaron sentadas las bases del profesionalismo gatillero de los sicarios de Colombia. Lo que sigue no es la secuencia de una película de gánsteres. Es nuestro pasado inmediato: 22 de marzo de 1990. Interior. Día. El candidato presidencial avanza con 19 escoltas por la sala de abordaje del aeropuerto internacional El Dorado. Un adolescente saca de la faltriquera de la camisa una mini-uzi y barre con su ráfaga la sala de abordaje. Bernardo Jaramillo cae contra la vidriera de una droguería. Los diecinueve escoltas reaccionan. Logran capturar vivo al sicario. El sicario ve la escena: la esposa que abraza al herido. El herido que dice sus últimas palabras: “abrázame, mi amor, estos hijueputas me mataron”. Antes de que muera, el sicario tratará de abalanzársele encima. No para rematarlo. Ahora descubre a quién debía matar: al hombre del afiche que tenía su madre en la sala de la casa. Tiene quince años y llora y pide perdón al cadáver. Segunda escena: 26 de abril 1990. Interior. Día. La escena ocurre en pleno vuelo de un avión comercial. Cinco minutos después del despegue, un sicario de dieciséis años que va detrás de la silla en que lee el periódico Carlos Pizarro, guerrillero hace un mes y medio, candidato presidencial 1990-1994, retira el cinturón de seguridad, se levanta del asiento, camina al baño, recoge una mini uzi escondida en la cisterna y de vuelta a su asiento dispara una ráfaga sobre el dirigente. El sicario muere en la reacción de los guardaespaldas. El candidato, también. Tercera escena: 18 de agosto de 1990. Exterior. 8:40 de la noche. Plaza principal de Soacha. Sobre dos andamios hechizos adecuados como tarima para una manifestación. La plaza llena. Luis Carlos Galán Sarmiento, candidato presidencial, rodeado por un lazo de guardaespaldas armados de mini-uzi, sube a la tarima. El sicario que lo matará, viene infiltrado en el cuerpo de escoltas. Previamente estaba acordado que usaría una Mini Atlanta 380, capaz de atravesar el chaleco antibalas, pero a último minuto, en medio del despliegue, el sicario Jaime Rueda Rocha toma la mini uzi, que pertenece al cuerpo de escoltas del DAS. El sicario da un rodeo a la tarima. Se sitúa a la derecha. Frente a él tiene a un cómplice, vestido de blanco, con sombrero, que porta una pancarta alusiva al candidato. La mirada del hombre del sombrero le indica a Rueda Rocha el momento en que el candidato sube a la tarima. Una ráfaga al aire disparada por un tercero es la señal convenida. Rueda Rocha dispara desde abajo a la tarima. Tres balas se alojan en un cuerpo. La escolta dispara al aire. El candidato se desploma sobre la tarima. Un guardaespaldas le cae encima. Las ráfagas salen de todas las mini uzi. Los guardaespaldas sacan al candidato a rastras. Rueda Rocha desaparece entre la multitud. El hombre del sombrero sostiene la pancarta y no se mueve del frente de la tarima. Cuando ve que la sangre pertenece al candidato, se tira al suelo. Luego desaparecerá entre los que huyen de la balacera.

Fotografìa: asesinato Luis Carlos Galàn, Herchel Ruiz
Fuentes: Revista Semana (El dossier paramilitar, archivo 1989); Toño Sanchez Jr Blog; El paìs, España (Archivo, Carlos Pizarro)

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