Blaise Cendrars, el arte de vagabundear

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Aunque las enciclopedias intenten resumir la vida de Cendrars en cinco reglones, sólo una frase de él mismo puede reducirlo todo a la más justa proporción: “Viví demasiado.” Resumir la vida de Cendrars en diez reglones es un despropósito. Me declaro incapaz de hacer con su obra una simple reseña. Comparto con Cendrars el “sadismo” de agotar a un autor y leer no sólo todo lo que pudo escribir, sino también todo lo que se escribió sobre él. A pesar de ello, su obra me sigue pareciendo un enigma. No tanto por su volumen (siempre hay algo que no está traducido o es inconseguible) sino porque en las cajas de seguridad de un banco boliviano, paraguayo o brasilero están escondidas las novelas que escribió en su etapa “suramericana” y que él mismo guardó cuando era millonario para luego lanzar la llave por la borda del barco que lo llevaba a Europa. La seducción esencial para mí se esconde en la forma con que está hecha su prosa: el encabalgamiento de esas frases coordinadas con subordinadas y complementos dilatados que esconden tantos niveles de profundidad, anacolutos, digresiones, circunloquios, merodeos para encadenar juntas varias ideas opuestas y simultáneas. Sin embargo, es su actitud ante la vida lo que se me ha convertido en un patrón de conducta. El lema usado para su propia vida lo he incorporado a la mía, como una máxima personal: “llevar mis actos hasta sus últimas consecuencias”. Siempre que estoy ante una encrucijada, o en la ventana, con la mirada fija a los tejados, resolviendo un problema, suelo preguntarme cómo actuaría Cendrars ante una situación parecida. Pienso en él para saber cómo pienso yo. Un día, a diez páginas de terminar un libro suyo, salí a dar un paseo (sólo por dilatar más el efecto y la tensión y la tristeza de acabrlo), con tan mala suerte que perdí las llaves por el camino. Quedé fuera de casa con la perrera municipal protestando por mi descuido. Di varias vueltas al mismo pueblo, hice algunas llamadas, fui a la única sala de internet donde me dejaron entrar con los perros, y durante varias horas les enseñé a navegar por la web mientras murmuraba en mis adentros “zoquete, morrongo, tarugo, vaca muerta, pendejo, idiota, guevón, cabrón, falópodo” y todo el sartal de auto-recriminaciones que surgen cuando la propia idiotez es la única culpable de las aflicciones que nos aquejan. Luego se acabó el capital y volví a deambular las calles, acompañado por seis perros tristes que me miraban sin comprender. El cielo se nubló y empezó a caer una lluvia densa y cargada de partículas como si se hubiera volcado una marmita de salmuera. Me escondí debajo de un alero para mojarme mejor. Los perros ni siquiera buscaron refugio. Estaban indignados por obligarlos a mojarse en contra de su voluntad. Se quedaron fuera del alero, sólo para recriminarme la negligencia. Entonces recordé a Cendrars, y me pregunté qué haría él en un caso así. La solución me la dio un perro blanco, gosquimano, parecido a la perra que lo acompaña en muchas de sus fotografías: “Lo que prueba que la vida no es lo que se dice o se pretende hacer creer es que uno tiene derecho a no desesperar jamás en ninguna circunstancia en que la mala suerte parece querer encerrarlo. Siempre hay una salida, una última posibilidad, una huida posible: irse de parranda con los canes”.
Y eso fue lo que hice.
(Nota para el lector desprevenido: Este es el último post de la serie “Cendrars”. El orden original de los artículos puede leerse de abajo hacia arriba.)
Fuentes, en el orden que fueron leídas: Blaise Cendrars, El hombre fulminado, Editorial Argos- Vergara, Barcelona, 1980; Cendrars, Ron, la aventura de Jean Galmot, Editorial Fontana, Barcelona, 1974; Cendrars, Hollywood la meca del cine, Parsifal Ediciones, Barcelona 1989; Cendrars, Trotamundear, Alianza Editorial, 2004; Blaise Cendrars, Tres Obras (L´or, L´Homme foudroyé, La main cupée) Editorial Vergara, Barcelona, 1963; Miller Henry, Los libros en mi vida, Ed. Siglo Veinte, Buenos Aires, 1973; Prosa del transiberiano y la pequeña Juana de Francia, revista Arquitrave.com, sin año.

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