Blaise Cendrars, trotamundear

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El padre de Cendrars era un viajero incansable y un mercader innato que según su hijo "montaba los más absurdos negocios para abandonarlos en plena prosperidad”. Lo que le reclama es que recorrió Europa fundando negocios para abandonarlos, y su manía desmoronó la familia. El padre de Cendrars, entre otras cosas, es el culpable de la urbanización acelerada de Nápoles, Italia, y del barrio que se construyó sobre la tumba de Virgilio, en la cual jugaba Cendrars de niño, y donde según su propia confesión literaria mató al primer hombre de su vida: un leproso. Al negocio de obras civiles siguió la primera empresa que le introdujo gas en la cerveza. Siguiendo la ley del siembra ceiba y cría gusanos, abandonó la pasteurización de la cerveza a punto de ser transnacional en Alemania y Rusia, y partió a Londres a fundar la publicidad en Neón. La madre de Cendrars nunca empacaba maletas. Acostumbrada a los arranques de su marido, dejaba todo, los amoblados, los libros, los tiestos de cocina y marchaba como un batallón de infantería en campaña a marchas forzadas, en pos de su marido. Cendrars recrimina en Bourlinger (traducida por Alianza como Trotamundear) y L´Homme foudroyé (traducido por Argos como El hombre fulminado) una y otra vez esta actitud de su padre y la sumisión de su madre. Sin embargo, Cendrars heredó el proceder de ambos. La vocación de viajes y el interés por los negocios absurdos es algo que calcó de su padre, y su derroche y desprendimiento de todas las cosas materiales lo calcó de su madre. Cendrars fue multimillonario tres veces, y tres veces derrochó su fortuna, regalándola a los amigos en desgracia, invirtiéndolas en la naciente industria del cine, inventándose negocios en Estados Unidos y Brasil.
Tal vez la historia que mejor ilustra el Edipo de Cendrars, el reproche a su padre, sus ambigüedades, los contrastes y la debilidad por el viaje y el desprendimiento sea La espina de Ispahán. Está en Trotamundear. Cendrars llega a Nápoles en la barca de un griego. Viene de Teherán, donde estuvo de ayudante de contrabandista. Al ver su fina garra para los negocios el contrabandista pone a Cendrars a regatear artesanías y joyas. Un día llega a sus manos una espina de Ispahán. Uno de esos bastones salidos de las mil y una noches (donde también hay una ciudad llamada Ispahán). El bastón es al mismo tiempo un estuche de perlas. Cendrars decide comprar la espina. El contrabandista dice que no vale nada. Es un ignorante que nunca leyó las mil y una noches. No sabe que adentro guarda el tesoro. Le descuenta la espina del sueldo. Cendrars se larga, quedándose con la espina. Atraviesa los desiertos de las mil y una noches usándola de bastón. Pasa Iraq y llega al mar rojo. Su único equipaje es la espina. Nadie quiere embarcarlo sin plata. La buena estrella de Cendrars lo conduce a un buque que lo abandona en el mediterráneo, frente a Nápoles, la ciudad donde su padre jugó a ser ingeniero, la ciudad de su infancia, la ciudad donde fue niño, la ciudad donde tenía por patio trasero la tumba de Virgilio. Allí se va a seguir el consejo de Kipling en Kim: lo mejor para aliviar las mataduras de un viaje desafortunado es dormir bajo tierra. Sube la cuesta y busca la cartuja abandonada de San Marino, en cuyo jardín yace la tumba de Virgilio. Con la espina abre un hueco y se tiende. Entonces empieza a rememorar su infancia, los juegos, las primeras aflicciones del corazón con una niña de moñitos trenzados con la que tenían de patio de recreo la tumba del poeta. El relato salta en múltiples direcciones. Seguirá metido en la tumba por ocho días hasta comprender que Kipling mintió. Está exhausto. Desnutrido. Tiene un tesoro, pero se muere de hambre. Tiene una espina de Ispahan con tres perlas dentro que valen una fortuna, pero no tiene ni vino ni un trozo de pan. Se va al puerto a probar su suerte. La buena estrella lo salvará otra vez. Un barquero que lleva vino de Samos pasa e increpa a Cendrars. Necesita un ayudante. Cendrars, ropa de harapos, rostro curtido, monta a la barca como marinero. Durante el viaje pasan mil cosas. Recuerdos y digresiones que dilatan la historia. La prosa de Cendrars es Staccato: un fluir de la consciencia. Interrumpe la acción y salta de país, de época, de la completa felicidad a la competa inopia. No conozco ninguna prosa capaz de oscilar a la vez del mundo vulgar a la erudición más refinada. Plástico cuando describe una ciudad. Sicólogo, cuando perfila un mundo interior. Poeta cuando precisa un olor. Estilista genial cuando ensambla dos historias paralelas. Puede usar la retórica marinera para narrar con minucia la vida en un barco, y al mismo tiempo puede dibujar las tensiones vividas entre curtidos lobos de mar. Cuando llegan a Rotterdam, Cendrars decide revolucionar a la tripulación y abandonar al griego mezquino. Reparten el vino a un buque que pasa cerca y se van a la capitanía del puerto a celebrar una fiesta monumental. La paga Cendras, que invita a todo el mundo con una de las tres perlas de Ispahán. El dinero alcanza incluso para contratar la banda musical más singular de todas: los músicos son las putas. Cendrars siente compasión de una. Le recuerda a su prima de Londres: lánguida, pálida, enfermiza. Debe tener tuberculosis y morirá pronto, así que decide obsequiarle otra perla de su espina, que la sacará de pobre. Pagará un tiquete de tercera clase en un tren y se irá con la perla restante y la espina de Ispahán hueca a París, a lamerse las heridas. Otro negocio fallido, pero un viaje más en la alforja. En un bar se encuentra al bibliotecario Rémy de Gourmond. Acaban de echarlo de su puesto en la biblioteca Nacional de Francia por el acto antipatriota de decir que Francia era una invención literaria, que Francia no existía. Cendrars admira a Rémy (al punto de que un día le pondrá Rémy a su primogénito, que heredará la beligerancia de Cendrars, será capturado por los nazis, escapará del campo de concentración y volverá a bombardearlos hasta que su avión estalle en pedazos en la segunda guerra mundial). Cendrars sólo era tímido ante lo que admiraba. Como había visto lo peor de los seres humanos, admiraba muy pocas cosas en los hombres: la valentía, la sabiduría, la sencillez y la santidad. Gourmound era un santo ante sus ojos. Lo oye hablar de la historia de los leprosos, y decide contarle cómo mató al primer hombre de su vida. Gourmound lo invita a casa. La casa de Gourmound era una biblioteca de clásicos olvidados. Ahora tendrá que venderlos para comer. Cendrars decide regalarle la última perla y la espina de Ispahán. Ahora no tiene nada. Otra vez. Nada. Pero al día siguiente Alemania le declarará la guerra a Francia, Cendrars se casará con la mujer que ama, y se alistará de paso en la legión extranjera.

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