Blaise Cendras, la poesía y el mar

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El tema principal de su poesía es el viaje y el mar. Nada nuevo en un hombre que se enamoró del mar a los trece, al embarcarse en un buque que hacía la ruta Le Havre-New York en quince días. Luego, en el mismo barco, se largará a China, y allí pasará un año de vagabundo en las calles de Shangai, muriéndose de hambre. Viajaba como leía: en desorden. Porque el encanto de viajar no estaba en desplazarse por el espacio, sino en el tiempo y en el hecho de atravesar una selva africana y hallarse con los caníbales, o un desierto asiático y toparse de repente con una aldea que vivía en la física Edad Media. “Creo que lo mismo ocurre con la lectura. Excepto que está a disposición de todos, sin peligros físicos inmediatos, al alcance de un valetudinario, y que a su trayectoria, todavía más extendida en el pasado y en el futuro que en cualquier viaje, se le añade el don increíble de hacerle a uno penetrar sin gran esfuerzo la piel de un personaje”.
Su poeta más amado desde los primeros trasiegos será Francois Villon, estudiante, poeta y ladrón. La obra completa de Villon es el libro que cargó siempre Cendrars en el bolsillo como quien carga la biblia o un talismán contra la mala suerte. La edición era del siglo XVIII, y la perdería esa noche maligna en que envió a su amigo Kosakov a vender el libro para pagar la cuenta en el restaurante y el compañero de todos viajes jamás volvió. La esposa del judío diamantista, coleccionista de libros que se quedó con el ejemplar, fue la encargada esa noche de buscar a Cendrars y de pagar la cuenta del restaurante (porque al ver el libro más preciado por su amigo sospechó que algo andaba mal, que debía estar en las últimas para atreverse a tal despropósito: vender su libro más preciado). Al verlo allí, bebiendo a sorbos una botella de vino fino ante una mesa vacía, esperando que los meseros comprendan que está ilíquido y llamen a la policía, le pregunta si en realidad envió a Kozakov con el ejemplar. Cendrars dice que sí. Ella murmura: lo sabía. Y le da la noticia de que su marido pagó una fortuna por el libro de Villon.
El poema más extenso de Cendrars se llama Prosa del Transiberiano y la pequeña Juana de Francia. Es un extenso poema narrativo que cuenta la partida de un tren que sale de Moscú con destino Siberia. Adentro va Cendrars, con una prostituta que rehabilitó y convenció de irse con él en busca de un futuro mejor. Es un poema plástico, que habla de la miseria del invierno y la miseria del poeta y la lucha por la vida de todas las parias del mundo:

En aquel tiempo yo era un adolescente
Apenas tenía dieciséis años y ya no recordaba mi infancia
Estaba a 16.000 leguas del lugar de mi nacimiento
Me hallaba en Moscú, en la ciudad de los mil tres campanarios y las siete estaciones
Y no me bastaban las siete estaciones y las mil tres torres
Porque mi adolescencia era tan ardiente y loca
Que mi corazón, alternativamente, ardía como el templo
[de Efeso o como la Plaza Roja de Moscú
Cuando se pone el sol. Y mis ojos iluminaban antiguos senderos.
Y yo era tan mal poeta
Que no sabía llegar hasta el fondo de las cosas.

La influencia de Villon es evidente para quien haya leído sus poemas y baladas. Villon encriptó una suerte de diario de andanzas y amigos y fechorías en esos poemas, de modo que los aspectos más sobresalientes de la vida de Villón pueden leerse en ellos. Así mismo, la vida de Cendrars está resumida en sus poemas. La definición más exacta que dio de su poesía impresionista es que la poesía pura consistía en dejarse impregnar y descifrar en sí mismo la firma de las cosas. Poesía de contacto, poesía inmersión, como Virgilio. Detestaba a los poetas de salón, a la poesía de movimiento, de grupo, de gueto. Nunca transigió con las vanguardias. Se declaró enemigo del Surrealismo, del Dadaísmo, de Rilke, de Sartre, del Existencialismo al que pulverizada narrando la historia de un prostituta asqueada de vivir y al final comentaba “esto no es existencialismo, no es el ignorante que se niega a instruirse, a pesar de Heidegger, a pesar de Husserl… pero ya Schopenhauer, el último filósofo clásico, lo decía: ´desconfiad de los profesores de filosofía. No tienen originalidad, carecen de talento y su escuela es una escuela de tópicos´”.
Creo que Cendrars andaba tan de prisa que no tuvo tiempo de comprender ni el surrealismo, si el dadaísmo, ni el existencialismo. No los despreció por ignorancia, sino porque sólo supo de ellos de paso entre viaje y viaje. Pero su obra resulta tan revolucionaria como el surrealismo, tan demencial como el dadaísmo y (pese al mal entendido concepto pesimista y anti vitalista con que se generalizó en las academias), existencialista.

Tenía hambre
Y a todos los días y a todas las mujeres en los cafés y a todas las copas
Habría querido beberlas y romperlas
Y a todas las vitrinas y a todas las calles
Y a todas las casas y a todas las vidas
Y a todas las ruedas de los coches que giraban como
[torbellinos sobre los malos empedrados
Habría querido hundirlas en un gran horno de espadas
y habría querido moler todos los huesos
Y arrancar todas las lenguas
y licuar todos esos grandes cuerpos extraños y desnudos
[ bajo la ropa que me vuelve loco.
En junio de 1916, en la rue de Savoire, donde vivía el poeta y atravesaba una temporada de hambre, llegó un sobre con un cheque del Banco de crédito francés. El cheque venía desde Nueva Zelanda y aunque era una cifra de varios ceros con que la situación de penuria menguaba, el director se negó a decirle quién era el titular. Hasta 1926 Cendras se enteró de quién era la autora del milagro: una profesora de literatura en un instituto de muchachas de Bouril, N /7, que había leído un poema suyo, uno sólo, y al enterarse de que el autor pasaba por dificultades decidió hacer la donación para que siguiera escribiendo.
“No sé cuál poema y ni siquiera pude agradecérselo a esta alma gemela, porque la vieja francesa exilada había muerto”.

Mi pobre vida
Esta manta
Deshilachada sobre cofres llenos de oro
Con los que viajo
Sueño
Fumo
y la única llama del universo
Es un pobre pensamiento...
Desde el fondo de mi corazón me brotan lágrimas
Si pienso, Amor, pienso en mi querida;
Ella no es más que una niña, a quien encontré así
Pálida, inmaculada, en el fondo de un burdel.
No es más que una niña, rubia, risueña y triste,
No sonríe y nunca llora;
Pero en el fondo de sus ojos, cuando te deja beber en ellos,
Tiembla un dulce lis de plata, la flor del poeta.
Es dulce y muda, sin ningún reproche,
Con un largo estremecimiento cuando tú te aproximas;
Pero cuando yo voy hacia ella,
por aquí, por allá, festivo,
Ella da un paso, luego cierra los ojos, y da un paso.
Porque es mi amor, y las otras mujeres
Sólo tienen vestidos de oro sobre grandes cuerpos llameantes,
Mi pobre amiga está tan desamparada,
Está toda desnuda, no tiene cuerpo, es demasiado pobre.
No es más que una flor cándida, endeble,
La flor del poeta, un pobre lis de plata,
Muy frío, muy solo, y ya tan mustio
Que me brotan las lágrimas si pienso en su corazón.
Y esta noche es similar a otras cien mil cuando un tren rasga la noche
-Caen los cometas-Y el hombre y la mujer, aún jóvenes, se divierten haciendo el amor.
El cielo es como la carpa desgarrada de un circo pobre en un pueblito de pescadores
En Flandes
El sol es un quinqué humoso
Y en lo más alto de un trapecio una mujer representa la luna.
El clarinete la corneta una agria flauta y un mal tambor
Y aquí está mi cuna
Mi cuna
Siempre estaba cerca del piano cuando mi madre como
[Madame Bovary
tocaba las sonatas de Beethoven
Yo pasé mi infancia en los jardines suspendidos de Babilonia
y la rabona, en las estaciones frente a los trenes a punto de salir
Ahora hago correr todos los trenes detrás de mí
Bale-Tombuctú
También jugué a las carreras en Auteuil y Longchamp
París-Nueva York
Ahora hago correr todos los trenes a todo lo largo de mi vida Madrid-Estocolmo
Y perdí todas mis apuestas
Sólo queda la Patagonia, la Patagonia, que convenga a mi inmensa tristeza,
la Patagonia, y un viaje por los mares del Sur
Estoy en camino
Siempre estuve en camino
Estoy en el camino con la pequeña Juana de Francia
El tren pega un peligroso salto y vuelve a caer sobre todas sus ruedas
El tren vuelve a caer sobre sus ruedas
El tren siempre vuelve a caer sobre todas sus ruedas
«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»
Estamos lejos, Juana, viajas desde hace siete días
Estás lejos de Montmartre, de la Butte que te alimentó del
[Sagrado Corazón
contra el cual te acurrucaste
París desapareció y su enorme fogata
No quedan más que las cenizas constantes
La lluvia que cae
La turba que se hincha
La Siberia que gira
Los pesados manteles de nieve que ascienden
Y el cascabel de la locura que tintinea como un último deseo en el aire azulado

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