Brevísimo tratado sobre titulación de las obras

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La clave de un buen título está en su poder de persuasión, en el enganche; y lo que engancha y persuade sigue siendo la sangre, el sexo, o la esperanza. Los títulos más fáciles de memorizar son los que visualizan por el poder evocador del sustantivo: “Memorias de una puta blenorrágica”, es un titulo fuerte que visualiza al instante, ¿o no vieron el moco cervical? Otros que visualizan son los que contienen un crimen: “¿Quién mató Palomino Moreno?”, “Crónica de una muerte anunciada”, “Operación Masacre”, “Que se mueran los feos (y las gordas y los maricas)”. Los títulos que dan esperanza son elipsis sicológicas que operan sobre los complejos y debilidades humanas ofreciendo una promesa. Por tanto, son los que más venden: “Cómo hacer feliz a la mujer de tu vida”, “Caminos espirituales del éxito”, “Cien formas de hacerse millonario”. Los que más me gustan son los que incorporan de entrada un punto de vista: “Escupiré sobre vuestra tumba”, “Eres cual hembra que nació para el placer”, “Mamá qué hago”, “Por atrás que tengo el menstruo”, “Penetro”. Toda la prensa amarillista publicita así, y la gente devora. Todo lo contrario a lo que ocurre con títulos de especialista: “Hermenéutica del naturalismo”, no vende. “Antropología del mercado”, no vende. “Etnografía de los indios motilones”, no vende. “Diagnósticos de econometría”. No vende. El peor título que pude apreciar en la feria internacional del libro de Bogotá estaba en el stand del Banco Mundial: “¿Cómo mitigar la pobreza?” Era un sarcasmo, claro. El Banco Mundial sabe bien que la única forma de acabar con la pobreza es exterminando a los pobres, matarlos por hambre. Por regla, los títulos de editorial universitaria, ninguno vende. De vez en cuando los especialistas deberían repasar los títulos de Hawking, el minusválido: ese sí sabía cómo moverse en el mercadeo; cuando quiso comprimir la historia del espacio sideral en un volumen utilizó el título menos académico que imaginarse pueda: “Universo en una cascara de nuez” (secuestrado de Shakespeare). El libro fue Best Sellers porque nadie lo entendía, pero todos lo compraban por el título. ¿Y si titula “Geofísica fractal”? Jodido. No le alcanza ni para el lote del cementerio que compró junto a Wittgenstein, en Inglaterra (ver más en Cees Noteboom, “Tumbas de poetas y pensadores”).
Pero concedámosle algo a la retórica de especialistas: sirven si dicha retórica se invierte y ponemos un título como Aritmética de los seres muertos a un volumen de cuentos y no en un libro de texto, por contraste, por suscitar a enigma, la gente compra.
El título es el registro civil, o la partida de defunción, según se elija. Soy pésimo bautizando mis obras, pero el mejor rebautizando libros ajenos. No se imaginan lo que he hecho con los libros de Vargas Llosa y todos los del boom: remarcarlos como títulos de cine porno. “Cien años sin eyacular”. “La blenorragia de Artemio Cruz”. “Maricas en el Leoncio Prado” “Rayuela anal”. Hace un par de años mi dama me aconsejó llevar un cuaderno de títulos, y ahora tengo doscientos títulos para mi próximo libro, todos exitosos, vendibles, aunque ninguna página escrita. Adelanto uno de los más tentativos: “Sexo en la banda paramilitar”. Es mejor tener mil títulos inéditos que mil novelas. Al escribirlos he ido advirtiendo ciertas pautas y errores que se deben evitar al momento de titular un libro. Como el post se llama Brevísimo tratado sobre la titulación de las obras adelanto algunos tips:
Jamás utilices frases retóricas que sólo pueda entender un guetto de especialistas. No latín. No anglicismos. No galicismos. Ninguna nomenclatura química. Ninguna alusión a las ciencias de la psiquis. Ningún sustantivo seudocientífico: antropología de, etnografía de, propedéutica de, aritmética de. Jamás utilizar frases con predicados y complementos que juntos sumen más de diez palabras. Si es poesía, evitar tropos fáciles, porque la gente desprecia la poesía: si quieres titular con éxito tu último poemario, utiliza el más prosaico que encuentres. Nada que anuncie el poema. Erradicar toda poesía del título (si se puede, del libro). Será un best sellers. Insisto: basta con uno que no delate el contenido, que no anuncie con bombos y serpentinas: “cómprame, soy poema”. La poesía se vende mal porque sus títulos están llenos de Ruiseñores, de hipálages fáciles (Borges arrasó con las mejores y dejó la zupia), árboles que lloran, ciudades que enmudecen, cosas así. Ya lo dejó dicho Rubén Darío: “Líbranos señor de la luna y el sol, de la primavera y del ruiseñor”. Que lo primero que el lector vea en el anaquel sea un par de tetas y una línea poderosa: “Diario de masturbaciones” (no me lo roben, así titulé mis poemas de adolescencia, de inminente aparición). Embauquen al imberbe masturbador que todos llevan dentro. Hagan que cuando llegue a su miserable covacha en donde sólo le espera el hambre, la abyección y el acné, abra el libro y la bragueta al mismo tiempo y al ver el texto quebrado, exclame: ¡Mierda!, qué asco: ¡poemas! Que cierre la bragueta. Que empiece a leer. O lo tire al basurero. Nunca permitas que el exceso de pudor envilezca tu obra. Coño, Puta, Hijueputa, Mierda, Culo, Sicario, Perra, Terrorista son palabras nobles, inteligibles, dignas de estos tiempos deletéreos.
La semana pasada, paseando la Feria Internacional de Libro de Bogotá noté que los libros más vendidos cumplían a cabalidad mis preceptos. Bastó con que me pusiera en la cola de saldos de Panamericana para ver cómo se peleaba la gente por libros que venden esperanza, por novelas con sustantivos denigrantes como terrorismo, sicario, puta; poemarios sin poesía. Bastó con dar una vuelta por las naves vacías del pabellón universitario y repasar las aritméticas de, el cálculo de, las antropologías de, para saber por qué la ciencia y el saber no cautivan corazones en el Tercer Mundo. Bastó con una breve ojeada a la galería de Random House Mondadori para ver cómo vende se vende de fácil la sandez.
El siguiente es el único resumen que encuentro en la web de lo más vendido en la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2010. Ojo a los títulos:
“Entre los libros de autosuperación con más éxito encontramos “El Quinto Acuerdo” de Miguel Ruiz y “La Fuente de los Milagros” de Kathleen Mc Gowan, ambos de editorial Urano; “Para No Morir de Amor” escrito por Walter Riso de editorial Norma; “Las Valquirias” del Paulo Coelho y “Mecánica del Corazón” del autor Mathias Malzien los dos editados por Ramdom House Mondadori. Por su parte, los periodistas también dieron la pelea en este ranking, representados por Daniel Samper Ospina con “El Club de los Lagartos” editado por Santillana; Germán Castro Caicedo con “Objetivo Cuatro” de editorial Planeta, Francisco Tulande con su lanzamiento de Feria: “En el lugar de los hechos” de Ediciones B. Para otras editoriales, los textos que más hicieron sonar la registradora y despertaron el interés de los lectores fueron los asociados al erotismo y la sexualidad, tal es el caso de “El Arte de la Seducción” de Robert Greene, Editorial Océano; “Vida Sexual” de Catherine Millet editado por Penta (sic); pero la cuota colombiana la puso “Sexo sin Misterio” de la reconocida Flavia Dos Santos traído por Villegas Editores. “Las Nuevas 300 Ediciones más útiles de Internet”, escrito por Silvia Parra y editado por Santillana; la novela “Suite Francesa” de Irene Nemirovsky editada por Océano, “Pelota de Letras” de Andrés López de ediciones B; “El Animalario” del Fondo de Cultura Económica, “La era del vacío” de Lipovetsky editado por Penta y “Cosas de Niñas” de María Villegas presentado por Villegas Editores, son algunos de los títulos que los visitantes se llevaron de los estantes.
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Mis compras:
La vida de las abejas, Maurice Maeterlink
Contrapunto, Don DeLillo
Arte de la fuga, Sergio Pitol
Gallina y el otro, Carolina Vivas
Ya viviste lo tuyo, Anthony Burgess
La pasión de contar, Juan José Hoyos

No me esperen en las cifras.

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