Susan Sontag, Contra la interpretación

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Susan Sontag
A juzgar por este libro, los detestaba, a los interpretadores, por reductores, por rémoras del saber, por parasitismo ilustrado, pero (paradojas de la muerte) ella misma se convirtió en una “gran intérprete de su tiempo”. Eso fue lo que dijeron los panegíricos más cínicos el día que se murió de cáncer de mama. La vi en Bogotá, en la primera feria del libro a que asistí en la vida, y dos años después habría de morir. Tenía un gato blanco en la cabeza, vestía de riguroso luto y había una fila interminable de gente que quería hacerse firmar un libro por la interpretadora. Yo tenía 21 años y nunca nadie me había hablado de esta magnífica escritora, o de lo contrario me habría robado su libro y había acudido también a hacérmelo firmar.
El libro es de interpretaciones. De Sontag, sobre Camus; de Sontag, sobre Sartre; de Sontag, sobre Pavese; de Sontag, sobre Ionescu. Sontag que critica la interpretación de obras de arte basada en interpretaciones propias. Sontag que no quiere teorizar, pero teoriza. Tal paradoja sólo puede ser entendida a la luz de lo que ella misma expresaría años después del ensayo: que escribió aquello cuando aún era joven y sentimental por una sola razón: saber qué tipo de intérprete le interesaba ser.
Es precisamente ese tono desenvuelto, la hipótesis arriesgada, la pasión, la euforia y la arbitrariedad juvenil lo que salva el libro y lo mantiene actual en el siglo donde todo se envejecía en un día: las cosas y el pensamiento. Sontag, en los años 60s ya era la aprendiz de intelectual, arriesgada y polémica, inconforme con su época, que un día habría de ponerle una cita a Thomas Mann para invitarlo a tomar el té y hacerle par preguntas.
En el primer ensayo hace un dibujo somero sobre la historia de los defensores del arte. Parte, por supuesto, de Grecia, revisa los conceptos platónicos y aristotélicos sobre la forma y el contenido, y dice que todo partió de esa confusión, de una batalla que ganaron los defensores del contenido y perdieron los defensores de la forma. El contenido es el principio equívoco que le ha dado de comer a los especialistas, críticos e interpretadores de toda laya, desde Kant hasta la argentino-colombiana Marta Traba (que organizaba simposios de crítica literaria para buscar marido). Creer que una obra de arte es su contenido es afirmar que dice algo. Sontag entonces hace un inventario de las fórmulas críticas para definir ese algo: “X dice qué”, “X intenta decir que”, “lo que dijo X”, en donde la X ocupa el lugar de la obra, o peor aún: de lo que pretendió decir el autor de la obra:
“La interpretación, aplicada al arte, supone desgajar de la totalidad de la obra un conjunto de elementos (el X, y el Y, y así sucesivamente). La labor de la interpretación lo es, virtualmente, de traducción. El intérprete dice: “fíjate, ¿no ves que X es en realidad, o significa en realidad, A? ¿Qué Y es en realidad B? ¿Qué Z es en realidad C?”
Ella, claro está, se incluye dentro del gremio de aquellos que se dedican a defender el arte. Pero advierte que ningún crítico se atreve a admitir que esa sea su labor: “pretende (el crítico) no hacer otra cosa que tornarlo inteligible (el arte), descubriéndonos su verdadero significado”. En seguida revisa los modelos de interpretación que conoce, o al menos lo que más le inquietaron: el de Marx y el de Freud, el histórico y el sicológico. Luego de repasarlos advierte que a veces la interpretación es un acto liberador que evalúa y revisita el pasado, y a veces un acto reaccionario impertinente cobarde asfixiante (los adjetivos son de ella). La invectiva más severa la reserva para los críticos literarios. No me siento aludido, puesto que soy un experto en empanadas, no en literatura. Dice que viven del filisteísmo, del dolo, del embuste, de la tima (los adjetivos son míos), que se les subió a la cabeza y creyeron el cuento de que su labor consiste en traducir en “algo más” los elementos de un poema, de un drama, de una novela o narración:
“Quienes leen a Kafka como alegoría sicoanalítica ven en él desesperadas revelaciones del temor de Kafka a su Padre, sus angustias de castración, su sensación de impotencia, su dependencia de los sueños. Quienes leen a Kafka como alegoría explican que Kafka intenta, en El castillo, ganarse el acceso al cielo. Otras víctimas semejantes: Beckett, Proust, Joyce, Faulkner, Rilke, Gide”.
Finalmente, la Sontag intenta imaginar lo que sería la crítica ideal, una basada en la forma, que no pretenda suplantar al arte, ni darle más de lo que es, de lo que tiene, y de paso, imagina al crítico ideal que la integre (ella misma):
“Lo que se necesita, en primer término, es una mayor atención a la forma en el arte. Si la excesiva atención al contenido provoca una arrogancia de la interpretación, la descripción más extensa y concienzuda de la forma la silenciará. Lo que se necesita es un vocabulario –un vocabulario más que prescriptivo, descriptivo- de las formas. La mejor crítica, y no es frecuente, procede a disolver las consideraciones sobre el contenido en consideraciones sobre la forma.--- El valor más alto y liberador en el arte –y en la crítica- de hoy, es la transparencia. La transparencia supone experimentar la luminosidad del objeto en sí, de las cosas tal como son.—La finalidad de todo comentario sobre el arte debiera ser hoy el hacer que las obras de arte, y por analogía nuestra experiencia personal, fueran para nosotros más, y no menos, reales. La función de la crítica debiera consistir en mostrar “cómo es lo que es”, inclusive “qué es lo que es”, y no en mostrar “qué significa””.
Lo que sigue a este ensayo es un magnífico programa intelectual, que nos demuestra que no necesariamente toda juventud es imbécil.
Venció la intérprete.

¿Cuál de las dos es la foto obscena?

Título: Contra la interpretación y otros ensayos
Autor: Susan Sontag
Traducción: Horacio Vázquez Rial
Editorial: Seix Barral
Páginas: 342
Año: 1984
Imagen: Holocausto Canibal

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