El sueño del celta

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Fuente: Peru21.pe
Lo increíble no es que hasta el 2010 le hayan concedido el Nobel, lo increíble es que a los 24 años haya escrito:
EL ESCLAVO estaba solo y bajaba las escaleras del comedor hacia el descampado, cuando dos tenazas cogieron sus brazos y una voz murmuró a su oído: "venga con nosotros, perro". Él sonrió y los siguió dócilmente. A su alrededor, muchos de los compañeros que había conocido esa mañana, eran abordados y acarreados también por el campo de hierba hacia las cuadras de cuarto año. Ese día no hubo clases. Los perros estuvieron en manos de los de cuarto desde el almuerzo hasta la comida, unas ocho horas. El Esclavo no recuerda a qué sección fue llevado ni por quién. Pero la cuadra estaba llena de humo y de uniformes y se oían risas y gritos. Apenas cruzó la puerta, la sonrisa en los labios aún, se sintió golpeado en la espalda. Cayó al suelo, giró sobre sí mismo, quedó tendido boca arriba. Trató de levantarse, pero no pudo: un pie se había instalado sobre su estómago. Diez rostros indiferentes lo contemplaban como a un insecto; le impedían ver el techo.
Una voz dijo:
-Para empezar, cante cien veces "soy un perro", con ritmo de corrido mexicano.
No pudo. Estaba maravilado y tenía los ojos fuera de las orbitas. Le ardía la garganta. El pie presionó ligeramente su estómago.
-No quiere -dijo la voz-. El perro no quiere cantar.


“Ha olvidado la casa de la avenida Salverry, en Magdalena Nueva, donde vivió desde la noche en que llegó a Lima por primera vez, y el viaje de dieciocho horas en automóvil, el desfile de pueblos en ruinas, arenales, valles minúsculos, a ratos el mar, campos de algodón, pueblos, arenales. Iba con el rostro pegado a la ventanilla y sentía su cuerpo roído por la excitación: “voy a ver Lima”. A veces, su madre lo atraía hacia ella, murmurando: “Richi, Ricardito.” El pensaba: “¿por qué llora?” Los otros pasajeros dormitaban o leían y el chofer canturreaba alegremente el mismo estribillo, hora tras hora. Ricardo resistió la mañana, la tarde y el comienzo de la noche sin apartar la mirada del horizonte, esperando que las luces de la ciudad surgieran de improviso, como una procesión de antorchas. El cansancio adormecía poco a poco sus miembros, embotaba sus sentidos; entre brumas, se repetía con los dientes apretados: “no me dormiré.” Y, de pronto, alguien lo movía con dulzura. “Ya llegamos, Richi, despierta.”
La ciudad y los perros.

Lo leí a los 15 años, cuando tampoco conocía la ciudad y vivía entre una jauría de perros. La historia del Jaguar, del Esclavo, del Serrano Cava, de la Malpapeada perrita, del Boa (por la verga), de Alberto, de Ricardo Arana, del Flaco Higueras, del crímen en el colegio militar Leoncio Prado. Me hice fan. Era adolescente, luego imbécil. Difícilmente distinguía entre realidad y ficción. El Jaguar podría ser yo. Su prosa me enseñó lo cerca que estábamos todos de la delincuencia. Vivíamos en un mundo de perdedores donde sólo a golpes podíamos imponer una gloria efímera y abrirnos paso por la vida. Las cicatrices que ornan mi cuerpo son fanatismo, lucha y terror. Según la sicología cognitiva es imposible que alguien que no sea un genio congénito desarrolle el razonamiento abstracto a los 15 años. Y sin razonamiento abstracto es imposible comprender el arte. No comprendí nada entonces. Lo leí al pie de la letra, literal, como si me contara mi propia vida. Luego vino la historia de la tía Julia y Pedro Camacho, la pugna de varguitas con su padre para hacerse escritor y desposar a su tía política. Yo también quería ser escritor y también quise casarme con mi tía política, pero lástima, porque yo no tengo tías. Más tarde me estrellé contra los muros de esa catedral en que conversan. Después me apaleó con su Guerra del fin del mundo. Aun no logro terminarla. Enseguida leí sus ensayos sobre Flaubert y el arte de novelar (Cartas al joven novelista). Leí un libro malo sobre unos cuadros. Leí cadáveres (que también ha escrito: Pantaleón, la niña mala...), pero en el 2006 tuve la suerte de leer Paraíso en la otra esquina y volví a extraviarme entre los dominios donde la realidad y la ficción se desdibujan. En realidad lo único que importa es la ficción. Llevo años esperando El sueño del celta. Ya viene. Roger Cassement. El Diario Negro. Celebro este premio. Lo han ganado dos dobles míos. Uno se metió un tiro. El otro, no quiso aceptarlo.

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