Examen de la obra de Herbert Quain

8:03

helmut newton
¿Has leído Herbert Quain?
La pregunta sin ser capciosa, era afilada, cristalina, dura.
¿A quién?
Herbert Quain, un cuento, de Borges. Está en Ficciones.
No, dije, pero en mis adentros pensé: ¿Cómo puede ser? Has leído Ficciones dos veces, con años de diferencia, pero dos veces, ¡imposible no recordar ni una línea, pedazo de zoquete!
Pero no.
No lo recordaba.
Pedí que me resumiera el argumento. Se rió, como preguntándose a sí misma "¿argumento?"
Lo intentó. Dijo que era un obituario que le servía de pretexto a Borges para hacer una falsa reseña sobre los supuestos libros de Quain.
Una reseña dentro de una reseña, dijo, un hipertexto.
No tuve palabras. Quedé como un analfa. No lo recordaba.
Aunque no lo crean, pasa, hasta en las mejores familias.

Cuando me quedé solo, apaleado, busqué el volumen en mi biblioteca. No hubiera podido dormir con tal intriga. No lo recordaba. Nada. ¿En serio? Lo abrí, y empecé a releer. Ya me había pasado otras veces: que no lograba recordar casi nada de un libro leído. Me pasa hoy, que tengo la costumbre de empezar cuarenta libros al mismo tiempo: los personajes se me cruzan, los argumentos se fusionan, los estilos se mezclan, y ya no sé quién es quién, ni el autor, ni en el libro. ¿Qué le vamos a hacer? La vida del lector calificado es desgraciada: al final uno no lee para divertirse; lee para no morirse, de aburrimiento, de idiotez, de murria; para ser, no para saber. Pero detrás de la biblioteca asecha el olvido, el alzhaimer, la senilitá, el apabullamiento, y se lo lleva todo, al carajo, a la mierda.
Después de años de haber leído un libro, solemos olvidar prácticamente todo; pero al hojear de nuevo alguna página, el milagro se da: algo del argumento, una línea, una escena, vuelve, se retrotrae; de modo que el libro no ha muerto del todo en nuestra memoria, sepultado por la lectura frenética con que buscamos llenar zonas lacustres de estupidez.
Esta vez no fue así.
No pude recordar ni siquiera el título.
Tuve que buscarlo por el índice. ¿Herbert Quain?
Ahí está: entre Biblioteca de Babel y Lotería en Babilonia.
¿Es posible que todos los años que invertí en leer hayan pasado sin dejar rastro?
¿Ni la más mínima huella?
Es posible, cariño, cosas peores pasan bajo el sol.
¿No refutaba eso el sofisma generalizado de que leer transforma el espíritu, mejora la vida?
Ni una línea ligeramente familiar. Ningún adjetivo. Nada. El mismo Borges decía que el logro más alto de la literatura era pasar a la historia por una línea, una sola. El resto seguramente será olvidado.
Pero, ¿cómo era posible no recordar una línea como ésta: “no hay epíteto laudatorio que no está corregido por un adverbio”?
Borges siempre da.
Lees Borges y sales revitalizado, con ideas.
Pues no. Esta vez, no: ni una línea.
Lo releí todo, el cuentecito, tres páginas, sobre este autor desdichado (Herbert Quain) para quien la prensa no tuvo epítetos que no corrigieran adverbios al morir en el anonimato.
El cuento era puro Borges: falsa reseña. Aquí se apropia de la retórica académica para analizar la estructura de un libro inexistente. Borges fue quien lo puso de moda en esta parte del mundo: las biografías falsas y los falsarios. Borges es el borrador. Los demás somos la copia.
De la copia.
Mientras leía, me preguntaba la razón de que pudiera recordar pasajes enteros de Orbius Tertius, del Aleph, de Evangelio según san Marcos, de las Ruinas circulares, de Historia de cuchillos, de Libro de arena.
De éste, nada.

Ahora voy a ponerme la bufanda y a encender la pipa: Borges hace en este relato metaliteratura de la invención: aceptación falsa de una influencia falsa. Otro ejemplo de humor Borges, de su estilo, que mezcla todos los estilos (el antecedente de Ruinas Circulares, uno de los más perfectos que se le atribuyen, hay que buscarlo en un cuento ultra corto de Alexandra David-Neel -que puede leerse en Antología de la Literatura Fantástica, compilada por Borges y Bioy-. Lo que hace redondo el cuento Ruinas Circulares es la última línea, tomada directamente de Alexandra. Metaliteratura, ¿no le llaman así al adefesio? Me gustaba más palimsesto).
En Herbert Quain el chiste está en hacer creer que existe la obra de un escritor inexistente sólo por la descripción, fabricando así una bibliografía exponencial, fantasma.
Me estoy poniendo peor de lo que pensaba.
¿”Bibliografía exponencial”? ¿Qué mierda te hicieron en la universidá, cariño?
Cortemos la cátedra aquí.
¿Qué ocurriría si alguien escribiera las obras que se corresponden a las descripciones imaginarias dadas por Borges a libros inexistentes?
Ahora sería la literatura la que influiría en la vida concreta, y no al revés.
¿Pero por qué no me acordaba de nada?

Herbert Quain, o Examen de la obra de Herbert Quain (que así se llama), no tiene acciones; es decir que no hay argumento, ni personajes visibles.
El Aleph empieza por una escena: la del invitado que entra a una casa en Buenos Aires y ve un retrato y recuerda a Beatriz Viterbo. Esa visita detona el incidente del sótano. Hay decorado: están las campanas de la catedral, hay whisky. Hay diálogos, Carlos Daneri, la voz de Borges que murmura: “Beatriz, soy yo, soy Borges”. Y bueno, sí, en un sótano, está El Aleph, ese computador con banda ancha.
Pero en Herbert Quain no hay nada figurativo, ni decorado; no hay incidentes, ni escenas, ni acciones humanas.

¿Cómo se puede recordar un cuento sin escenario y sin actores?
Escribo esto luego de releer Examen de la obra de Herbert Quain. Escribo esto después de la desagradable sorpresa que me produjo la descripción que hace Borges sobre una obra de Herbert Quain.
Describe Borges el argumento de una obra llamada April, march. Dice que se trata quizá de la obra más heterodoxa del difunto. Afirma que es una novela de argumento invertido cuya primera escena resulta ser la última de una cadena de acciones, y cuyo poder de persuasión radica en que al ser leída en el orden algebraico que le dio Quain, lo de adelante funciona como final, y el final como comienzo:
“Los mundo que propone April, march no son regresivos, lo es la manera de historiarlos. Regresiva y ramificada. Trece capítulos integran la obra. El primero refiere a un ambiguo diálogo de unos desconocidos en un andén. El segundo refiere a los sucesos de la víspera del primero. El tercero, también retrógrado refiere a los sucesos de la víspera del primero; el cuarto de otra.”
Al leer esta descripción no pude sino echarme a llorar: mi primer intento por perpetrar una novela tenía por argumento este mismo esquema fabulado por Borges. Fue de ahí que lo saqué. De Herbert Quain. ¿Cómo pude olvidarlo? Hace años la malogré, a la novelucha. La destrocé. Le di “reset”. Quería hacer una novela hecha de antecedentes, cuyo momento final fuese el primer capítulo. Debió ocurrírseme cuando leí Herbert Quain por primera vez. Tenía 16 años y aun creía en la felicidad. Debí decirme: “¿y por qué no?” Era joven, luego imbécil. En ese tiempo buscaba la tristeza y el arrabal. Leí Herbert Quain y comprendí que era un argumento en busca de un escritor. Era una estructura que podía aplicarse a cualquier historia. Un tour- de- force, como Crónica de una muerte anunciada, que se cuenta desde el clímax al conflicto, de atrás para adelante. De modo que la escribí. Yo escribí Abril, marzo, etc.
Quiero decir que no soy Stanislaus Bhor; soy Herbert Quain.
Quiero decir que la primera reseña de mi primera, impublicable novela, puede leerse en ficciones de Borges.

Fue muy generoso conmigo, el Borges, avalando con décadas de anticipación la obra de un artista aun no probado, aun no nacido. También dejó ahí mi obituario.
Ahora, que mi novela es irrecuperable, sé qué titulo debía tener. Abril, marzo, o la obra del artista no nacido. Ya no la recuerdo, pero creo que nunca olvidaré este cuento, porque cuento no es, es la fabulación de un argumento.

Para mí tampoco habrá epítetos que corrijan los adverbios.
El olvido también purifica.

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