La llama y el hielo, Plinio Apuleyo Mendoza

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Eres Aries, ascendente piscis, flamígero, belicoso, despistado, Marxista-derechista, línea dura, versión revisionista. Soy cáncer, ascendente tauro, y a mí no me engañas, frustrado. Fuiste un aceptable escritor que cosechó mal su espléndido fracaso. Como todos los que han vivido a la sombra de las celebridades, acabaste siendo un mal perdedor. Hoy, recién cumplidos tus primeros cien añitos, sufres de la tirana egolatría de los escritores fracasados, los que respiran por la llaga, los que no olvidan jamás un desaire y lo magnifican y enquistan hasta hacer de ello un tumor cerebral.
¿Qué hago yo leyéndote a ti, Plinio Apuleyo?
¿Qué hago yo leyendo a un ideólogo de la ultra-derecha?
Pura estrategia Sun Tzu (Arte de la guerra, capítulo 3): conocer al enemigo.
Compré el libro por dos razones sencillas: porque el precio era ínfimo (prueba de que ya nadie te estima), y porque en la tabla de contenido decías incluir una semblanza de Álvaro Cepeda Samudio (lo cual me inquieta, por ser Samudio autor de obligada aparición en este blog, y porque aparte del testimonio que deja García Márketing en Cien años de soledad y en Vivir para montarla, sólo había leído respecto a Samudio el testimonio de Daniel Samper incluido de prólogo en una Antología publicada en Áncora).
Dices de Cepeda que fue tu amigo, que comparten algo que les hermana: la forma de fracasar. Dices que Samudio se puso al servicio de un poderoso industrial barrranquillero (Mario Santodomingo, el papá de Marito Shopping mall), y la literatura, que es una dama libidinal que no admite extrañas asociaciones ni fastuosos amancebamientos, lo desterró de sus dominios:

"Razones profundas, inconscientes, le hicieron errar el camino. Buscaba un padre, me dijeron siempre sus amigos. Habiendo perdido el suyo desde niño, Álvaro buscaba un padre, es decir, buscaba quien supliera esa carencia afectiva: la autoridad, el afecto, la sombra reconfortante y segura que conjugara los fantasmas e incertidumbres de si infancia. Todo eso lo encontró en don Mario Santodomingo )(Álvaro tenía, pues, la ilusa impresión de participar en las grandes decisiones del mundo de los negocios y de la política, de influir, de demoler si era necesario, y el cigarro, el inmenso escritorio lleno de papeles y el teléfono repicando a toda hora, sus conversaciones con el gobernador de turno, con el alcalde o con los senadores del departamento y el gesto fácil con que firmaba el vale después de invitar a almorzar a veinte personas, todo aquello se confabulaba para arrebatarle a manotazos un tiempo precioso a lo que ha debido ser su actividad vital, escribir. Estaba alienándose sin saberlo, encandilado por la fuerza que irradiaba el viejo, y también por la personalidad de Julio Mario, su hijo y heredero."

Casi lo mismo podríamos nosotros acotar de ti con sólo parafrasear el frangmento de arriba (y con borrar el nombre de Álvaro para poner en su lugar Plinio Apuleyo):

¿No fue eso lo que llevó a venderte una vez más al último presidente de turno, como ideólogo de una novedosa y sutil forma de violencia sádica expresada en este oxímoron: seguridad democrática?
¿Qué buscabas Plinio, con tu lambonería procaz?
¿Gloria fácil? ¿Una embajada? ¿La de Portugal?
¿Y ahora, en la era Santos, tu defendido, qué buscás, la de Francia?
Te jodiste, sapo. Ya no te necesitan como ideólogo para un pueblo donde las mayorías son pobres de derecha.
Sí, ya sé, si te detesto ¿por qué entonces sigo leyendo el libro donde expones tus ideas que empiezan ya a radicalizarse en destellos y fragmentos fatuos?
Porque te quedó muy bien escrito, cabrón.


Fernando Botero

A Fernando Botero, pintor de triglicéridos, francamente lo acabas: lo retratas con una sagacidad sublime, como si cada palabra fuese una pincelada de Caravaggio. Lo dibujas tal y como lo desconocemos, tal y como fue hace añares en su ego libidinal: un Don Juan mutimillonario extraviado en las piernas de las ninfas parisinas. Un fauno de cachos y patas unguladas, pintor de gordas que, sin embargo, sólo come carne magra. Tú y Botero son los protagonistas de este round. Tú y Botero viven en París, años 40, se enamoran de las mismas mujeres, se desbancan, se rifan la carne joven, la asedian, la manosean, la desmembran y luego lanzan los huesos al tacho de desperdicios, y a los perros. El perfil tiene un título estupendo de Caravaggio: El fauno y el otro. El fauno es Botero. El otro eres tú. Una mujer los hermana, una mujer los separa.

García Márquez

Lo pusiste como entrada del menú, para descrestar con tu amistad con los célebres: ciento cincuenta páginas en un libro de 300, ¿no exageraste? Y peor: lo promocionaste como libro de semblanzas, cuando debía ser una biografía, la de Márketing, y tres estampas.
Se nota que fue publicado a dos años del Premio Nobel cuando todos los editores del mundo se peleaban desde un testimonio de cualquier cocinera a la que el Nobel haya estuprado, hasta un insulso poema del bachiller Gabriel José. Aquí pareces continuar con una vieja artimaña editorial que consiste en vender algo muy viejo y consabido haciéndolo pasar por nuevo. Ya habías publicado Olor de la Guayaba, la entrevista a García Márquez que te hizo famoso, muy a tu pesar. Ya García Márketing había escrito en una nota de prensa que le disgustaban esas estrategias de mercadeo que ponían su nombre al doble del tamaño de los autores incluidos en la antología, o de los autores reales de las entrevistas. Sin embargo, esta vez, dices de prólogo, no es más de lo mismo. ¿No? Tal vez tengas en parte razón. Ahora decides ofrecerle al mundo tu visión del Nobel desde el punto de vista de un testigo insobornable, crítico: el que vio a un costeño desastrado convertirse en una celebridad, y a un aprendiz de marxista en un socialista incondicional. Al comienzo lo sitúas en un cafetín de Bogotá hacia los años cuarenta. Le pones piel cetrina, bigote lánguido y un saco desguarangado. Dices que le cogió el culo a una mesera. Que la mesera lo despreció, que el futuro Nobel comentó que tal vez tenía la regla. Luego lo pones en Paris, en tiempos de vacas flacas, comiendo espaguetis viscosos y botellas de vino barato. Luego, juntos, siempre juntos, pasarán a Rusia, para ver lo que esconde la ridícula cortina de hierro, y allí se les desvelará el mundo a blanco y negro del comunismo soviético. Te distancias en el acto, no quieres una revolución para obreros tristes. García Márketing, por el contrario, se afianza. Luego lo invitas a Venezuela a presenciar la caída de un dictador. Luego lo pones al frente de una agencia cubana de prensa. Luego lo instalas en un escritorio de Nueva York con una varilla detrás del escritorio para defenderse de las amenazas de muerte de los exiliados. Luego lo instas a renunciar, y lo mandas por tierra hacia México, donde finalmente le abandonarás convertido en un escritor preparado para la fama (y presto a realizar una hazaña llamada Cien años de soledad y luego repetirla y superarla con otra llamada El otoño del patriarca). El García Márketing que nos ofreces es el hombre tras la celebridad, una bella demostración de integridad y carácter. Guardadas proporciones, una proyección del escritor que tú mismo soñaste ser, y no se pudo, por mediocre, porque García Márketing lo arriesgó todo sin recibir a cambio nada, cambió lo seguro por lo inseguro, la tranquilidad por la desesperación, y tú, Plinio, preferiste la comodidad de un escritorio, la lambonería al político de turno.


El gusano

Sin perder el impulso, ahora convertido en todo un anticomunista, harás gala ahora de tu nueva coherencia política. Llamas, entonces al pódium a un disidente cubano: Carlos Franqui. Con esa vida malograda de revolucionario envilecido por la burocracia comunista (y luego arrepentido) pretendes demostrar en el pellejo ajeno el tránsito de un pensamiento revolucionario a la praxis de una burocracia comunista. Horror.
Tan breve como aburrido.

El padre

El último perfil del libro está dedicado a tu padre, Plinio Mendoza Neira. ¿Es el mismo Plinio Mendoza que avanza cogido del brazo del caudillo del pueblo Jorge Eliecer Gaitán el día que lo matan en el centro de Bogotá? Sí, acabo de comprobarlo: está en todas las crónicas. A través de los hechos fundamentales de esa vida entregada al servicio público, construyes una versión sui generis sobre las convulsiones políticas en que se da el Frente Nacional (y que tuvieron en tu viejo un protagonista y testigo de esos hechos). Déjame decirte que el orgullo que sientes de los actos heroicos de tu papá, no me lo parecen tanto. Tu padre era un déspota. Un conspirador. Un atorrante liberal. Y aparte de todo: un padre castrador. Estabas jodido con un tipo así. Debiste matarlo. Lo bueno es que está narrado en segunda persona del singular (igual que este post), y ello le da un tono de intimidad, de cercanía, de sicoanálisis, de autoconfesión.
El pretexto de mostrar tu aparente oposición al padre, lo aprovechas para reflexionar sobre tu propia rebeldía, sobre las elecciones erradas que tomaste en la vida. Es a mi juicio, el mejor perfil de todos los cinco incluidos. Biografía, confesión, memoria familiar, crónica histórica, ensayo político: un relato esquivo, inasible, que desborda la clasificación en géneros. Planteas, al mismo tiempo, otra dimensión semántica de un término muy manoseado en Colombia: La violencia. En mayúscula. La de los años 50s. Dices que el término Violencia es inapropiado, porque el sustantivo solitario supone que fue la consecuencia irracional de un pueblo bárbaro, y no: Colombia es un país de analfabetas (aun tiene 20% de analfabetismo funcional), pero aquella violencia tuvo factores específicos que mediaron en su nivel de atrocidad: una violencia que tuvo culpables, con nombres propios, y son esos culpables quienes deben acompañar el término para que no siga siendo abstracto, para saber quién es quién en la historia de la hijueputez nacional: La Violencia laureanista, ospinista, llerista, rojista, roja, verde, liberal, conservadora, La Violencia de…; no La Violencia a secas. Inquietante postulado.

Guardo mis reservas conforme a tus definiciones políticas. Salpican todo. Lo envilecen todo. Sin embargo, el estilo de tu libro es impecable: el arado natural, continuo, de la prosa, está fracturado, y fragmentos enteros se pueden leer como versos, y podemos detenernos a saborear inclusive sus predicados:

“Y la luz del amanecer en las ventanas
y candelabros de plata sobre la mesa
y en la mesa, enorme y cubierta por un mantel recién almidonado, un festin digno de la antigua Persia
con todo lo que puede pescarse en el mar y cazarse sonre la tierra y en el agua de las lagunas
(langosta, langostinos, camarones, ostras, seviche, sierra, pargo, róbalo, caracoles y almejas, pero también patos, cerdo, venado, res, conejo y gallina)
y toda suerte de vinos.
Cosas que los bárbaros bebían y devoraban con ferocidad, sudando siempre, ante el constante asombro de la alemana, y del homenajeado que no podía alzar los ojos de su plato sin encontrar miradas de apiadado desprecio:
-¡Disque durmiendo, qué huevos!
Un suspiro de resignación, y luego:
-¡Cachaco tenías que ser!”

Es una prosa enrarecida, partida arbitrariamente con la ilusión de parecer versos, llena de sinestesias, de hipálages, de horas inhumanas, de miradas huidizas de quienes ha cometido desfalcos, de cafés con sabor a achicoria, de olor a yodo de los hospitales (cuando aún no había ley 100 y los hospitales aun atendían a los enfermos y no los enviaban a morir en la comodidad de sus hogares). También cazaste uno de los símiles más bellos de la literatura colombiana. Página 225, elegía por la muerte de tu padre: “vi cómo descendió la muerte por su cara (pensé en la sombra de una nube corriendo por los campos, cuando el viento la empuja).”
La llama y el hielo, es así un libro de perfiles y vidas que tal vez sea el testimonio de primera mano más parcial y mezquino que se haya escrito sobre las celebridades, los artistas más famosos de Colombia: Botero y García Márketing.
Por eso mismo, tal vez el más fiel;
el más irreverente,
el que mejor los humaniza.
Una gran muestra de envidia pública.
Salivazos, Bhor.

La llama y el hielo
Plinio Mendoza
Editorial Planeta
1984
Páginas: 300

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