Trenes hacia Tokio, de Alberto Olmos

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David es profesor de lengua extranjera para niños en un suburbio, o en un pueblo a las afueras de Tokio. Monta en trenes. Todos los días. Tiene una novia con nombre de gallo: Kokoro; con cuerpo de top-model, pero jamás tienen sexo. Algo extraño, porque el narrador es un morbozón de tiempo completo, observador agudo, obsesionado con la entelequia, los motivos ocultos de la gente, que avanza por los vagones midiéndolo todo, pendiente de los elásticos, las medias, los cauchitos, las braguitas, los pezones esbozados y los glúteos mínimos de las diosas niponas. En varios capítulos David acompaña a Kokoro a fiestas, restaurantes, casas de campo. En varios capítulos lo acompañamos a dar clases de inglés a niños que replican a escala la gravedad de los japoneses adultos. En varios capítulos lo acompañamos a comprar discos compactos, o de compras con Kokoro. Sin embargo, David y Kokoro se separan y ahora tendremos que acompañarlo a salas de internet, o al callejón de las putas, o a comprar peliculas porno, o la casa de morbosín, otro extranjero en Tokio. El libro es de esos que detestan los finales, y la historia bien podría prolongarse a varios tomos de enumeraciones repetidas: dar clases, montar en metro, comprar artefactos. Son capítulos muy breves, sintetizados en títulos de una palabra, que evocan la retórica de los diarios japoneses al mejor estilo de Matsúo Basho.
Bueno, un Basho que trasiega y peregrina detrás de las nalgas del año 2000, y no de Haikús.
En realidad el libro se nutre y despliega gran variedad de estilos. Comienza a narrar un ausente, observador cazurro, enamorado de la parafernalia y la utilería japonesa, un narrador a quien sólo urge fumar y registrar su entorno y destacar lo raro con una vaguedad puntillista; pero hay un momento en que toma el control (tras la separación de Kokoro) otro narrador con una expresividad enérgica, que no escatima la vulgaridad: un gamberro.
El ojo avizor del narrador es lo que inquieta: a partir de suposiciones, teorías, intuiciones, inferencias y todo el arsenal de ciencias inexactas que compone la literatura, se aproxima a los motivos que esconde la gente, o se inventa aquello que los mueve a maquillarse, a consumir, a mirarse. Es el método de aproximación y tanteo del escritor viajero. Las ráfagas de su estilo directo no describen, muestran. Su poder de hipnosis radica en el exceso de frases activas. No dice: Veo que hay varias mujeres en el metro. Dice: una se pinta con rimel.Otra muestra las bragas. Una oprime mi polla con sus nalgas. Fumo. Cruzo la calle. Doscientos pasos. La miro. Me mira. Sonríe. No contesto. Cambios de dirección súbita, acciones que hablan de esos personajes enigmáticos que apenas se esbozan. Los orientales pueden ser esquivos para un escritor sin pericia, pero Olmos los desnuda con un prosa seca, arcana, bizarra. El lector, como el narrador, tampoco entiende: ¿Por qué se pintan las japonesas, por qué comen con palos, por qué las putas viven ocultas, por qué la champaña es intocable, por qué están obsesionados por los zapatos y por guardar distancias y composturas que borran una vez dentro del vagón del tren, por qué no se puede fumar, por qué toman fotos en los paseos y pasan sin fijarse en nada, por qué se divierten cultivando papas en medio del capitalismo salvaje y viendo porno si la belleza abunda en su sofisticada isla?
Porque las costumbres sociales son estúpidas, en Bogotá o en Tokio.
El narrador está en un mundo sofisticado, pero arcano; un mundo que parece feliz, pero cuyo orden no se puede trasgredir en público, porque se quiebra y todos te miran. Olmos usa así sus mejores armas para retratar al Japón que vio: aforismos, distanciamiento, levedad, poesía bizarra.
Abro de nuevo. Releo dos páginas.
Sí: tal vez hay demasiada derecha-izquierda, demasiada lateralidad. ¿A quién le importa si los edificios están a la izquierda y la carretera a la derecha y una calle mide tales pasos de hombre y tantos de mujer? A no ser que estemos en una escaleta que señale los posibles errores de continuidad para la película futura.
La otra objeción es que no hay mujeres feas. Sólo una, por el mal gusto, porque se viste como china, y es china, y se le nota en lo estrafalario de su facha. Otra, porque no tiene cejas, y ya sabemos que las mujeres sin cejas son espantosas. Todas las demás mujeres son bellas, y en una novela donde la mayor parte de personajes esbozados son mujeres, apariciones femeninas sublimes, inasibles, algo empieza a parecer fabuloso. O inverosímil.
Teoría: Olmos se fue a Japón porque allá no hay feas. En su blog no hay feas. En éste tampoco.
Hay otro detalle que enrarece (¿enriquece?) esta narración en primera persona:


“Parece muy cómoda esta cocina”, dice la mitad masculina de la pareja.
Descripciones inmisericordes, tan impersonales como presentarse diciendo: “hola, soy una entidad fisicoquímica, un bípedo implume.” Ahí tal vez está concentrada la deshumanización del Japón que vio David-Olmos-Malherido en los trenes nipones, o el mundo milimétrico que al menos yo puedo captar a través de sus palabras.
Selectas palabras.


Nota: Trenes hacia Tokio fue en un principio novela-web, publicada originalmente en el blog de Alberto Olmos http://hkkmr.blogspot.com/ Luego fue editada en físico y finalmente obtuvo un premio en España. En 1998, cuando Bolaño ganó el premio Herralde por los Detective Salvajes, A bordo del naufragio de Alberto Olmos quedó finalista. Luego se fue a Japón. Es autor de cuatro novelas (tres de las cuales pueden leerse en la Biblioteca Luis Angel Arango de Bogotá). En 2010 fue elegido por Granta como uno de los mejores escritores que vendrán en lengua española, lo que ahora deberá demostrar. Junto al blogger Juan Malherido fundó en 2005: http://lector-malherido.blogspot.com/
Ver video de Alberto Olmos en youtube:

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