Algebra, de Baldor

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Algebra de Baldor ilustrada por Edouard Henry Avril
Empiezo por una confidencia: mi profesor de álgebra fue el mismo profesor de ética, y en los dos roles demostró ser un verdadero hijo de perra. Era escritor (así llaman a los que tienen al menos un libro publicado). Publicó un libro, de aforismos, y uno de esos aforismos era la piedra angular de su clase de ética: "Parvularios, nos decía, en esta vida hay que hacer plata honestamente, pero si no se puede honestamente, de todos modos hay que hacer plata". Me ahorro el nombre del santo, pero no el milagro: me enseñó a odiar el Álgebra, a desconfiar de las estadísticas y a aborrecer la trigonometría, lo que le agradezco, porque esta precariedad me obligó a buscar refugio en la metafísica (pensar y sentir al mismo tiempo) a desconfiar de los que explican la vida con argumentos estadísticos y lo que más pondero: a reconciliarme con el azar. En consecuencia, ya olvidé los casos de factorización; dicho lo cual pasemos al libro: el Álgebra Baldor es tal vez uno de los libros más vendidos en Latinoamérica en todo el siglo XX. Apenas superado por Don Quijote y Cien años de soledad. En realidad es un Long Sellers (anglicismo técnico para decir que una obra se vende tanto hoy como el día en que se lanzó al mercado). Durante muchos años creí que Baldor era un árabe de turbante y barba hirsuta que figura en el primer plano de la portada, pero hace dos años mi pitonisa de cabecera me reveló que estaba equivocado: Baldor era Aurelio Ángel Baldor, cubano, nacido en la Habana y muerto en Miami. La historia de su vida es tan triste como la historia de su libro, y sirve para ilustrar los flujos y reflujos del mundo editorial del siglo XX, hoy en vías de extinción.
Era abogado, Baldor, además de matemático y se distanció de la revolución de Fidel, por lo que fue invitado muy cordialmente  a largarse de Cuba o a ceder su plantel, el suyo, que había fundado con las regalías de esos juegos y teoremas con los que configuró el Álgebra y la Aritmética. La historia de cómo resultó convertido aparentemente en contra-revolucionario puede leerse en un reportaje melodramático de Martha Colmenares para una revista Dinners del año 2000. La historia editorial del libro tal vez sea la mejor anécdota de injusticia editorial al estilo siglo XX. Y es que a pesar de sus múltiples ediciones para educar a los escolares desde México hasta Argentina, Baldor no ganó lo suficiente con su obra como para granjearse un exilio feliz. A la salida de Cuba, en el desamparo de los parias, le resultó imposible recobrar los derechos cedidos de su obra a la editorial mexicana Publicaciones Culturales. Por muchos años, Baldor intentó recuperarlos, pero la filigrana, la letra menuda, los términos del contrato a través del cual cedió los derechos le hizo imposible obtener regalías. Eran los tiempos en que un contrato de cesión de derechos de autor la propiedad se entregaba para la eternidad. Fue esa forma de negociación entre autores y editoriales la que por esos mismos años 60s cambiaba la agente Carmen Balcells (la matriarca del boom que estaba en primera fila durante el discurso del Nobel ofrecido por Vargas Llosa en diciembre pasado). En una entrevista otorgada al diario El Clarín en 2006, la misma Balcells sintetiza qué hizo para cambiar aquella forma casi morganática de renunciar a los derechos de autor:

¿Puede explicarnos cómo revolucionó el panorama mundial de la edición?
- —Cambié las reglas del juego, con ayuda del abogado Molas, que fue providencial en mi vida. Creé por primera vez dos elementos nuevos en los contratos: límites geográficos y de tiempo. Antes, las novelas se vendían a un editor para toda la vida y en todo el mundo. Fue un hallazgo que me dio gran seguridad, hoy es el procedimiento habitual en todo el mundo.

- —¿Pero cuál fue el detonante? ¿Qué manzana le cayó en la cabeza?
- —La primera reacción de rebeldía que recuerdo es al leer un contrato entre la sociedad de autores inglesa y un editor de Barcelona. El autor era nada menos que Rudyard Kipling y, por 75 libras, se concedían a la editorial los derechos indefinidos de Kim. Me dije: una de dos, o este oficio que hago no vale nada, y abandono, o hay que cambiar las cosas. Decidí convertir mi trabajo en algo digno. Y, poco a poco, fui cancelando los derechos indefinidos de autores como Faulkner, Joyce, etcétera. Imagínese: los herederos de Neruda todavía hoy cobran una cantidad de la que se puede vivir. Con el sistema anterior, Neruda habría cobrado una sola vez por cada uno de sus libros.

(Esto, por supuesto, está en vías de extinción. La agencia literaria Balcells acaba de ofrecer parte de sus acciones para un socio comercial y de convertir su archivo de manuscritos en un museo. Hoy todo lo relacionado con la cesión de derechos y los intermediarios editoriales están en vías de extinción ante el kraken de internet y los monopolios multimediáticos.  Hasta la editorial Anagrama ha vendido a un grupo italiano su sello independiente.)
¿Qué ganó con su original forma de regateo, Baldor?
Que lo odiemos, no a causa de su talento, sino de sus correligionarios; los maestros de matemáticas del continente latinoamericano. Hay un aspecto, sin embargo, que poco se pondera del libro, y es el que a mí me sigue interesando: las ilustraciones. El árabe de la portada es el matemático Al Juarismi. Cada capítulo viene acompañado de un matemático célebre y una nota biográfica ilustrada en viñetas. Son estas imágenes lo que más recuerdo, porque el libro me lo robaron. Aun espero que me lo devuelvas, abelantonio, perro. Cierro los ojos y recuerdo que en la contraportada está ilustrada la vida de Arquímedes. Cierro los ojos y recuerdo una batalla romana en la que una flota arde con el arma fatal desarrollada en Siracusa: el sol refractando por espejos que apuntan al velamen de la armada. Cierro los ojos y veo la imagen atroz de los guerreros asaltando la fortaleza, atravesados por flechas de parte a parte, descerebrados por grandes piedras que arrojan catapultas y hombres corpulentos. El bachiller imagina la atrocidad de ese mundo antiguo y se pregunta qué tiene qué ver la barbaridad con los casos de factorización, ingenuo, sin saber que la guerra es la partera de todas las ciencias. Al menos eso era lo que me preguntaba entonces, mientras retocaba con micropunta las barbas y dibujaba tatuajes en los cuerpos de estos guerreros que perdían la crisma en atroces batallas (y en tanto el cretino desde el tablero nos desarrollaba el ejercicio catorce para prepararnos a una vida más parecida a la atrocidad de los dibujos que a los platónicos teoremas).Si el Álgebra del Baldor la hubiese ilustrado Edouard Henry-Avril, hubiera sido un éxito entre los bachilleres.
Pero no.
Edouard Henry Avril- Algebra Baldor
La academia de Platón, por Edouard Henry Avril

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