El villorrio, de William Faulkner

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Las sagas familiares son un éxito editorial porque el único rasgo en común que comparten la mayoría de lectores es la desgracia de tener una familia. Los escritores que escriben sobre familias corren el riesgo de ser best-seller. Las dos sagas familiares más ambiciosas de William Faulkner son los Sutpen (Absalom Absalom) y los Snopes (El Villorrio, Banderas en el polvo). Pero casi todas sus novelas (salvo Santuario) se sostienen sobre cuadros familiares: Los Brundens en Mientras Agonizo. Los Sartoris, en Sartoris. Los Compson, en El ruido y la furia. En realidad la clave que subyace en las redes de argumentos de Faulkner es siempre una genealogía (aun me falta leer la Sartoris y no me ha ido bien con los Compson, pero no importa). Cuando Paris Review entrevistó a Faulkner en 1956 y le preguntó qué recomendaba para las quejas de lectores que decían no entender sus libros después de haberlos leído tres veces fue que los leyeran cuatro veces. Suena pretencioso, pero quería decir que la complejidad se da al no poder el lector establecer a qué genealogía se refiere un capítulo (o bien por la extensión y mezcla de argumentos, o ya por la fragmentación que enrarece la historia). En Absalón Absalón, Faulkner decidió incluir un árbol genealógico y un mapa completo de su territorio imaginado (el condado de Yoknapatawpha) a modo de índice onomástico con los datos biográficos esenciales de los personajes más relevantes. Se agradece. Pero claro: el de Absalón Absalón es ya un Faulkner maduro que conoce los recodos de su mundo imaginario y se da el lujo de incluir un mapa. En El Villorrio las genealogías superpuestas las tiene que establecer el lector para no naufragar en sus parrafadas.
La historia de El villorrio (1940) está distribuida en cuatro libros, a su vez subdivididos en capítulos numerados. Los títulos de esos cuatro libros pertenecen al personaje principal del episodio o a la atmósfera que se evocará: Flem, Eula, El largo verano, Los aldeanos.
En Flem se cuenta la llegada de los Snopes a un aldeorrio sin nombre situado junto a Jefferson, capital del condado de Yorknapataupha. A partir de las voces y los rumores del pueblo se reconstruye la fama y el lastre que arrastra la familia Snopes, famosa por incendiar los ranchos y graneros donde les han dado trabajo. El viejo Varner, dueño de un fundo esclavista arruinado por la guerra civil (el recodo del francés) minimiza los rumores y decide dar empleo a Flem Snopes como administrador de sus propiedades. Todos auguran incendio seguro.
En Eula se narra la historia de Eula, la hija de Varner, cuyo cuerpo inicia un desarrollo acelerado y desde los nueve años es poseedora de un extraordinario cuerpo de mujer (aunque conserve la edad mental de una niña). Es un capítulo delicioso porque la pericia del narrador se dedica a registrar los estragos que provoca Eula entre sus compañeros, su hermandad, su maestro de escuela, el pueblo entero, mientras ella permanece ausente; ajena a los desastres de sus sexappeal, indiferente a sus propios humores; una niña encerrada en un cuerpo voluptuoso. Es una historia instintiva que registra la lucha entre machos alfa y la espera para hacerse algún día con este trofeo de caza. Su hermano, Jody, durante 5 años, la lleva y trae del colegio a lomo de mula. Él mismo le palpa el pecho para comprobar que lleve corsé. Le prohíbe montar a horcajadas. Mantiene a raya a los hombres de cachos y patas unguladas. El maestro de escuela, Labove, sufre un amor fulminante desde que huele a Eula por vez primera. La desea. La imagina, se imagina, en unos años, teniéndola, pidiéndola, de esposa. Delira. Desvaría. Olfatea el pupitre donde ha posado sus nalgas durante las clases. Lo lame. Un día Eula regresa al salón por su carpeta y presencia aquel extraño ritual de adoración. Es el día que Labove enloquece, la acorrala, la manosea y ella, inalcanzable, etérea, lo rechaza. Una vez más se quedará sin maestro la escuela. Finalmente llega el día en que la beldad despierte al instinto, pero entonces la poseerá un personaje fugaz, forastero, quien logrará sus favores casi por lástima. De esta unión, apenas sugerida, Eula saldrá preñada. La deshonra tan temida por Jody Varner queda así consumada, pero entonces una jugada maestra, orquestada por el viejo Varner y su hijo con vierten a Eula en la esposa del capataz Flem Snopes (capaz de casarse con la hija de Lucifer para heredar el infierno).
El largo verano es propiamente un viaje al interior de la familia Snopes, descendientes del viejo Ad Snopes, familia ambiciosa, codiciosa, trepamundos. El tercer libro empieza por el asedio de un Snopes a su amada, la persigue, la observa, detalla su forma, sus curvas, sus mamas, la secuestra; está perdidamente enamorado. Sólo que poco después el lector descubre que la descrita es una vaca. Y la vaca pertenece a otro Snopes, quien le enseñará que a un Snopes no lo roba ni un Snopes. Aquí aparecen dibujados los contrastes de estos Snopes, una familia de avivatos despiadados dispuestos a todo por surgir, incluso a pararse sobre los hombros de los suyos, en medio del paisaje inhóspito que sucedió a la Gran Depresión. Contiene también la historia notable de Houston y la muerte de su mujer, que no fue bella.
Los aldeanos, último libro, narra el regreso de Flem Snopes a la cabeza de un circo equino conformado en Texas. Los caballos, las carreras, trastocan ahora la vida del Villorio, convirtiéndolo en una mezcla de casino y de burdel. Todos los aldeanos son cazafortunas. Es un capítulo irregular, que se cierra con el asedio de 3 aldeanos a la propiedad heredada por Flem Snopes, El recodo del Francés. Hay un misterioso secreto oculto en esta hacienda desde los tiempos del esclavismo americano. Durante la Guerra Civil, el dueño negrero escondió oro y billetes en algún lugar de su fundo. El libro acaba con la compra de la propiedad entre los aldeanos J.K. Ratliff, Armstid y Bookright, testigos de la decadencia del Villorio, y la búsqueda enloquecida por hacerse con una riqueza aunque sea sobrenatural. Fin.
Los Snopes pertenecen a una especie de familia antagónica a todas las demás sagas de Faulkner: ya no son los sureños perdedores de guerras, los seguidores del sueño esclavista; los incestuosos, los arruinados; los Snopes son los emergentes de la gran depresión, damnificados de Wall Street (a uno de sus miembros lo apodan Wall Street) buscan y se apegan como sanguijuelas a una aldea donde puedan surgir. Son avivatos, parásitos, están dispuestos a los que sea. Olvidan pronto. No tiene moralidad, como los niños. Heredar es la forma más simple de surgir. Los naipes. Las carreras. El duelo. La especulación. Una familia de varones perdularios, donde los rasgos esenciales de la descendencia los marca el padre. Eula y El largo verano, son piezas impecables, por el punto de vista del narrador, por la dosificación de la información, por los giros insólitos, por el tour de force, por el conocimiento del mundo interno de los personajes y porque además resultan ser argumentos insólitos: un mundo de varones erotizado por el cuerpo de una niña y un idiota que se enamora de una vaca. Lo sabemos: los monstruos son todos prodigios; alteran el equilibrio. Lo demás es relleno, a veces tedioso, pese a los diálogos con doble sentido, pese a los demasiados argumentos que se cruzan.
(Los autores de genealogías tienen a su favor una fuente inagotable de tramas y -si corren con suerte- unos lectores dispuestos a proyectar su propio cuadro familiar sobre el espejo de la novela. Los libros que abordan la historia de una familia son terapéuticos -ver más en Jodorowsky-. Desde la Biblia, hasta Cien años de soledad, pasando por Grass y Faulkner, vemos en ellas nuestro linaje representado, y casi por primera vez comprendemos lo que pesa un incesto, un secreto, una desviación, un suicidio en las generaciones por venir. Comprendemos al fin por qué los hijos nunca perdonan. Vemos a los niños a quienes se prometieron paraísos que no se cumplieron convertidos en los verdugos de mañana; a los desheredados convertidos en monstruos amorales. Conocer tu propia familia puede ser el mejor entrenamiento de un escritor. Y un éxito seguro. Hasta los pordioseros tienen linaje.)
El Villorrio
William Faulkner
Traducción: Napoletano Torre y P. Carbo Amiguet
Plaza y Janes
1984

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