Los viajes del viento, Ciro Guerra

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Es difícil que una película guste más en la segunda vez que en la primera. Ya los trucos, los efectos, las superposiciones, están desgastados, no sorprenden. Cuando ocurre, cuando a la segunda te parece mejor que en la primera y crees que podrías seguir viéndola a lo largo de tu vida, empieza el fanatismo; como en The Horrow Picture Show, que tuvo teatros donde sólo se pasaba esa película y la gente acudía con disfraces de época y cantaba las canciones memorizadas y tiraba arroz en la hora del matrimonio, y así, en esa forma del fanatismo ocioso que tiene las sociedades opulentas. Lo digo porque he vuelto a ver Los viajes del viento, de Ciro Guerra, y ahora me gustó más que la primera vez. Un hombre parte en busca de su maestro acordeonero el día en que su mujer ha muerto. De camino, se le suma un adolescente que hará las veces de escudero durante este viaje un poco quijotesco a pie que para uno (el muchacho) es iniciático, y para el otro, final. De camino, recorrerán la ciénaga grande, enfrentarán al diablo en una piquería de acordeones, presenciarán un duelo de machete a la usanza antigua, participarán en el primer festival de la leyenda vallenata (lo que le da una perspectiva de época) asistirán a una parranda en los tiempos glorioso de los marimberos guajiros, treparán a la sierra nevada de Santa Marta con los indios Koguis, y descenderán a la planicie yerta de la guajira, pasando por las salinas de manaure hasta llegar a un rancho de india Wayú, último destino. Es un trasunto de la leyenda de los juglares vallenatos, hombres que recorrían el mundo a pie cantando noticias, herederos de Francisco el hombre, aquel juglar legendario que recibió su acordeón de manos de Walter Raleigh, según cuenta García Márquez en Cien años de soledad. Los aspectos que hacen significativa por segunda (y tercera vez) esta película son los silencios elocuentes de los personajes, la exuberancia del paisaje y los conflictos escondidos en la sutil complejidad de las escenas. Refiero una sola: la secuencia entera del festival de la leyenda vallenata mantiene su tensión en una incógnita postergada y no resuelta al espectador: una mujer asiste al festival llevando a un niño de la mano. El acordeonero cruza miradas con la mujer. El marido de la mujer la besa y mira al acordeonero, y la lleva fuera de la plaza. El niño, mientras lo alejan, mira al acordeonero con insistencia. Un cajero se niega a tocar con el acordeonero, porque hay un problema familiar que sigue sin solución entre el músico y su primo. A último minuto el acordeonero sube a la tarima con una solución simple. Pero arriba desiste de competir, renuncia al ritmo que se premia e interpreta una versión libre de una canción infantil (que habla sobre un caballito de madera para un niño). Desde el balcón, el niño mira, y la mujer teje. Nunca llegamos a saber con certeza si esa canción es un regalo de padre, si ese niño es hijo de una infidelidad. La maestría está en que todo el conflicto permanece oculto, eclipsado por la motivación primera, que es la de ganar un poco de plata para continuar el viaje. El doble conflicto está también en la visita al hermano ermitaño en la sierra del Perijá, así también en el duelo a machete en la ciénaga, así con el escudero que se enfrenta a los marimberos en busca de hacerse hombre, así en la última escena y en el mensaje que le deja al acordeonero su maestro, y que ahí sigue, esperando por él en el bolsillo del cadáver. Tal vez en el final opera la intriga postergada que obliga a una nueva contemplación de toda la película. En ese final espléndido por su sobriedad, el espectador tiene que inventar el contenido de la carta, para que la película adquiera sentido. La versión que a mí me sugiere es: “cuídeme los hijos, compadre, como si fueran suyos; y la mujer, también, como si fuera suya”. Si es así, todo el viaje del músico rompe el modelo del héroe clásico (Orfeo) que debe sacrificarse y perder, para ocupar el espacio que le corresponde en la leyenda. Desconocemos las motivaciones del protagonista para emprender la travesía, pero tal vez la muerte sea un pretexto mejor que entregar el instrumento. Si creemos que el personaje ha partido en busca de la muerte, como los héroes clásicos, el director nos sorprende con un giro humanitario, distanciándose: encontrará la vida, una razón para vivir, no la muerte. Del escudero también desconocemos sus motivaciones, tal vez la orfandad, pero aquí el director fue más freudiano: regresa convertido en un hombre, en su propio padre.
He visto otra película de Ciro Guerra. En ella la espléndida caracterización de los personajes se iba al traste con la redondez del guión. En esta, por suerte, no hay moraleja. O sí: que para hacer buen cine se necesita más que una cámara, un gran fotógrafo; más que una estrella mediática, un actor acorde a la cara del personaje; más que diálogos insultos, la ponderación dramática del silencio.

Ver trailer siguiendo el link:
http://www.losviajesdelviento.net/

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Maneki-Neco

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