El volcán, el mezcal, los comisarios, de Malcom Lowry

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La buena fama durmiendo-Manuel Alvarez Bravo

Quien sea incapaz de hablar sobre lo que escribe es un analfabeta del arte. Lo que no borra el grado de inutilidad, de esterilidad, que implica el hacerlo. El volcán, el mezcal, los comisarios, son dos extensas cartas de Malcom Lowry traducidas por Sergio Pitol. La primera es dirigida por Lowry a su editor Jonathan Cape, editor inglés de Bajo el volcán. La envía para hacer una defensa frontal de su novela, amenazada de cortes por un lector primario de la editorial. El informe de lectura es contestado punto por punto, línea por línea, con numeraciones, con citas y un aparato retórico casi de formalista literario. El acopio de lucidez, reflexión y confesión de los detonantes y las imágenes generadoras de Bajo el volcán son expuestos por Lowry sin tapujos y demuestran el razonamiento lúcido que soporta la estructura de su novela. Después de hacer una contra-argumentación de cada objeción en la que resuelve las lagunas del lector, señala su miopía con cierto capítulos, explica la necesidad orgánica de un pasaje oscuro y, finalmente, devela la cronología de Bajo el volcán (dónde, cuándo, bajo qué circunstancias y por qué fue escrita), capítulo por capítulo. Sin escrúpulos Lowry revela su propósito original de hacer una trilogía ambientada en México (ese extraño país con una religión de la muerte) sobre un esquema idéntico al de Dante (paraíso- purgatorio- infierno) del cual saldrían tres novelas alegóricas. El proyecto del paraíso, según confiesa, se fue al traste cuando se incendió su primer domicilio en Cuernavaca (mientras se iba al suelo su primer matrimonio con Jan Gabriel). El proyecto del purgatorio se disuelve en mezcal, y las sobras van a parar finalmente al proyecto de infierno, la peregrinación del Cónsul Geoffrey Firmin de cantina en cantina el día que lo van a matar en su estupor alcohólico. Es curioso ver explicado por su propio autor los niveles de profundidad y las explicaciones metafísicas con que fue pensado cada uno de los doce capítulos de Bajo el volcán. En cada capítulo subyace desde la historia cifrada de México (revolución cristera) hasta un trasfondo moral y un sentido cabalístico de la disposición. Según Lowry todo el aparato retórico que integra el libro haría que los niveles internos de la novela sólo se revelaran en relecturas, o en aproximaciones de lectores más calificados. Menciona la decepción de ver su proyecto anticipado en la novela “El fin de semana perdido”, de Jhon Jackson, que se gestó al mismo tiempo que se redactaba, y que le causó un problema con su propia vanidad de autor de un tema original (el lector de la editorial sugiere un modesto homenaje disfrazado de plagio). Lowry no duda en confesar que cambió un capítulo por tal parecido temático y que rompió la promesa hecha a su mujer de que si alguien se le adelantaba en la idea, se pegaría un balazo. Describe las reescrituras y cambios a que sometió cada parte. Explica el orden cronológico de su novela-delirio. Y todo, para dejar en claro que no era un analfabeta del arte, que su novela narraba un delirio de borrachos pero no había sido escrita en el delirium.
Es extraño que un autor acceda a demostrar tal nivel de raciocinio sobre el esquema general de su proyecto, y más extraño aun, conociendo la leyenda alcohólica que se labró Lowry. La lucidez y la capacidad de síntesis que demuestra aquí para explicar su novela lo alejan de esa imagen de malditismo literario, de irresponsable genial. Al releer fragmentos de Bajo el volcán, siguiendo algunas de sus orientaciones sobre el rito funerario, sobre la ordalía y el subyugante delirio del mezcal, sobre la fatalidad inscrita en el ambiente de un país conectado con el más allá, un nuevo nivel se empieza a mostrar. Lo cual me obliga a confesar que no es en tan vana ni estéril su explicación; lo cual deja a Lowry, al menos ante mi vista de lector, como un hombre lúcido, apegado a un nuevo aspecto que transforma su leyenda.

La segunda carta está dirigida al abogado Ronald Paulton. Es una declaración bajo gravedad de juramento en la que Lowry narra las mil peripecias burocráticas que acabaron por deportarlo de México. Es, esta vez sí, su expulsión del paraíso. Está escrita en primera del plural, porque narra el punto de vista suyo y el de su segunda esposa, damnificada por una vieja y falsa deuda contraída durante el primer viaje a México con Jan Gabrial, cuando concibió el nacimiento de Bajo el volcán. Es un testimonio deplorable de las bromas de un sistema burocratizado, donde las órdenes vienen siempre de arriba, donde la ley varía de un funcionario a otro y se degrada en las mil manos del soborno, donde no se sabe qué, ni por qué, ni a qué horas te vuelves culpable de lo que no hiciste. Al final, concluye Lowry, todo se reduce a que lo acusan de hablar mal de México. Es un retrato esta vez sí realista de las dos caras de ese México que vivió y escribió, de su paraíso perdido. Tiene un valor adicional y es el registro puntual del itinerario, con direcciones y ciudades y hoteles de donde estuvo y vivió Lowry (que he apuntado con la esperanza de ir algún día a peregrinar por esas rutas de viejas lágrimas).

(El prólogo, de Juan García Ponce, contiene una reflexión sobre el interés exacerbado que en el siglo XX surgió por la prehistoria de las grandes obras, y por la vida e influencias de los autores. Me parece una crítica válida a esta moda impuesta, a mi juicio, por la adoración del genio romántico, pero que Ponce relaciona tal vez a lo que podría llamarse, con una muletilla de la escuela norteamericana “deconstruccionismo”, y el periodismo cultural. Ponce desestima el excesivo bien, o el excesivo perjuicio que una exposición obscena de las fuentes y los motivos puedan arrojar sobre una obra concebida como unidad. Para él es una adoración del mercadeo que crea fanáticos. Suscribo esta suspicacia que tuvo Ponce por el mercadeo, pero me declaro voyerista de los diarios, los borradores y el material confesional de un autor; me declaro fanático de leer todo lo que se ha escrito sobre un libro que me impacta, y todo lo que se ha dicho sobre su autor, y aun de lo que su autor pueda decir en defensa de su libro.
Nada de lo cual mejora la comprensión de una novela.
Nada de lo cual garantiza el encuentro feliz de un libro y su lector.)

Malcom Lowry-el volcan-el mezcal-los comisarios
“El escenario es México, sitio de encuentro, según algunos, de la humanidad entera, pira de Bierce, salto mortal de Hart Crane, vieja liza de conflictos raciales y políticos de toda especie, donde un pueblo nativo genial y pleno de color posee una religión que rudimentariamente podríamos describir como una religión de la muerte; por lo mismo es un lugar tan bueno como Lancashire o Yorkshire para situar nuestro drama referente a la lucha de un hombre entre las potencias de la oscuridad y la luz. Su lejanía geográfica, así como la proximidad de sus problemas a los nuestros, concurrirán a la tragedia, cada cual a su manera. Podemos considerar a México como el mundo, o el Jardín del Edén, o como ambas cosas a la vez.—México es paradisíaco e indudablemente infernal. En realidad México es el lugar del pulque y de las chinches, y por ello es importante recordar que la historia se inicia en noviembre de 1939 y no en noviembre de 1938, el Día de muertos, y precisamente un año después de que el Cónsul ha sido lazado a la barranca, al precipicio, el abismo que el hombre contempla hoy día, el peor de la Cábala, el abismo aún indeciblemente peor del Qliphoth, o simplemente el drenaje, según sea el gusto.”

Título: El volcán, el mezcal, los comisarios
Autor: Malcom Lowry
Traducción: Sergio Pitol
Prólogo: Juan García Ponce
Editorial: Universidad Veracruzana
Año 2008
(Hay edición de Tusquets)

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