El mito Pablo Escobar

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Pablo Escobar atentado al DAS
No es extraño oír aquel reclamo por exaltar el mito en boca de personas que anhelan una ciudad feliz y un país sin estigma. Pero soslayarlo es ignorar un acumulado de violencia histórica; como si la memoria subterránea se borrara con ignorarla: como si a Escobar se lo hubieran inventado un imaginativo clan de periodistas para oxigenar sus periódicos. Pablo Escobar pertenece a la memoria de quienes sufrieron con su guerra o fueron testigos impotentes (e indiferentes) del aparato criminal que encabezó. Nació en Envigado, se hizo bandido y murió a balazos en un barrio de Medellín. Escobar no es el mito del hampa; fue bandido de carne y hueso, asesino atroz que no le tembló la voz para mandar volar un avión repleto de civiles y una librería llena de niños. Es él, y los hombres que lo rodearon, los que mejor sirven (por cercanía, por vecindad, porque pasó ayer, porque aun sobran los testimonios de viva voz) para comprender los motivos de una generación desperdiciada.



La casa donde murió sigue siendo la calle 79A 45d-94, a siete cuadras del estadio Atanasio Girardot. La visité, pero casi no pude reconocerla. Hoy luce remodelada. Ya no tiene la verja ni el garaje donde estaba el taxi en que se movilizó el último mes de su vida con un ejército pisándole los talones. Ahora tiene un piso adicional a los dos que tuvo hace 16 años. Un Renault 9, gris, de placa ITN 687 de Itagüí está parqueado al frente. La familia que ocupa la casa quizá se incomode de ver a dos transeúntes frente a su inmueble. No queremos incomodar. Sólo constatar que el talento, necesario para escribir una novela o hacer una escultura gorda como las de Botero, se puede usar para burlar la ley, para enriquecerse con una necesidad creada, para estafar, para infiltrar a un estado, o para evadir los cercos de cien ejércitos. Y es que el talento también se malgasta (advertencia de Jaime Garzón en su última entrevista). De la vieja casa donde mataron a Escobar sólo quedan los basamentos de la verja que resguardó la entrada. En sus vestigios, cuatro artesas de barro con culebrilla, higuera, croto y cacho de venado que tratan tímidamente de disipar los rastros de la vieja fachada y adornar el frente, pero no lo logran. En el segundo piso, una mata de sábila. Justo en la ventana (donde vio su silueta al teléfono el comando élite que lo mató) hay un balcón y una mata de millonaria. Curioso nombre. Millonaria. Se usa para atraer cierto tipo especial de suerte: la de la plata. Al frente, la calle 79A y el caño canalizado, cubierto de almendros, mangos, platanillo, árboles jóvenes que fue lo último que debió ver (figurado) el día de su muerte, si fue que tuvo tiempo de asomarse a la ventana el día de su muerte. Nadie sabe lo que vio el capo ese día. Nadie sabe si acababa de levantarse (por sus hábitos de noctámbulo, de acostarse siempre al amanecer y levantarse a las doce para empezar el día a medio día). Nadie sabe si desayunó el huevo revuelto con plátano frito que lo hacía tan paisa. Nadie lo sabe, sólo la literatura.
El Limón, el sicario que lo acompañó hasta el final, y quien podría dar una idea exacta del último día del capo, murió cinco segundos antes que Escobar, tratando de cubrirlo en la retaguardia, en un intento vano de evadir el cerco, con una ametralladora MP54 a medio disparar y una granada de fragmentación en la mano. Al respaldo de la casa, está el tejado que conoce el mundo entero con el cuerpo del capo despanzurrado, y la ventana por la que intentó escapar descalzo, ahora sellada con ladrillos huecos que dejan filtrar un poco de claridad. Es aquel tejado y no el frente de la casa lo que recuerda la mayoría: Escobar obeso y muerto, vestido con franela azul, barbado, melenudo como cavernícola, bocabajo, sobre el caballete del entejado a dos aguas donde los policías y los agentes de la DEA que posan junto a él como lo que era: un trofeo de caza.
Junto a la vivienda hay dos garajes tapiados, con letreros a mano alzada, pero sus mensajes alusivos no se pueden leer porque otros aerosoles los cubrieron. ¿Eran a favor, o eran en contra? Dos muchachos bajan por la calle del caño. Son la quinta y sexta personas a quienes preguntamos, por comprobar, si esa es la casa.
Dicen que sí, que esa, sin interés.
¿Ustedes conocían la casa antigua?
No lo saben.
Qué va, nosotros éramos chinos.
Y ustedes, ¿son turistas?
Qué va, sólo pasábamos cerca, y quisimos ver.
Caminamos en silencio. En un puentecito, sobre la canalización, los esperan dos compañeros más. No se saludan, pero cruzan miradas timoratas y luego se pierden bajo los árboles que bordean el caño. Justo frente a la casa de Escobar, encienden un zepelín de marihuana.
Marihuana es la única droga que consumía el exportador de cocaína.


La imagen de Escobar que quedó en los barrios populares no es la misma que posee la clase media, ni mucho menos la que tienen sus víctimas. La clase alta lo desprecia, la clase baja lo aclama y las víctimas lo odian. La memoria es eso: lo que queda cuando las páginas de periódico empiezan a amarillear. En todo caso, la apuesta fue atroz y efímera. Los hombres que le rodearon requieren una reflexión constante y profunda sobre la mendacidad criminal que fue el caldo de cultivo de aquella generación despilfarrada. Su pasado, los testimonios de sus víctimas, y los testimonios de sus cómplices es todo lo que nos queda para comprender. Medellín fue el entorno donde se gestó para suerte o infortunio de la generación presente (y de las que vienen). Escobar, como todos los matones a sueldo, como los jóvenes de clase media alta que se convirtieron en matones por un par de zapatos, un reloj y gafas finas, nacieron en un medio permisivo, en una sociedad desequilibrada por la sublimación de la riqueza, una sociedad que puso al dinero como el rasero de la distinción.
Mito de pablo escobar

(Continúa, la última)

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