22 de marzo de 2011

El verdadero Pablo, Astrid Legarda

Sicarios

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Una noche. En el gabinete de lecturas.
El verdadero Pablo, confesiones de “alias Popeye”, miembro del cartel de Medellín.
Se puede brillar en el bien, o se puede brillar en el mal.
¿Qué lleva a un joven de clase media a convertirse en sicario?
La fama, el reconocimiento, se puede hallar en tu padre, o en el jefe del cartel de Medellín. Popeye busca todo el tiempo un reconocimiento ínfimo de un hombre admirado. En su barrio era el parásito, el “no sirves para nada”, el que abortó dos veces una carrera militar. En cambio, en las filas de Escobar, un lugarteniente con subametralladora y subalternos. Su orgullo máximo consiste en haber escalado al segundo lugar (en peligrosidad) en el cartel de recompensas, cuando el estado llegó a ofrecer hasta cinco mil dólares por su cabeza. Todas los asaltos urbanos organizados por Popeye, según él mismo, fueron “operativos únicos” para la época. El libro que dicta a la periodista Astrid Legarda se extiende en pormenores cuando aborda acciones militares en que resulta ser centro de atracción y de tensión: el secuestro de Andrés Pastrana (futuro presidente) da la talla del libro: reiterativo, aburrido, con manifestaciones claras de odio de clase. Pero es un libro magnífico para comprender el desarrollo de la mente de un asesino. No lo acongoja la perspectiva de ser capturado o matado: todo lo que lo exalta es el reconocimiento de Escobar y El Mexicano reducido a un apretón de mano y a la frase: “buen trabajo, Pope”. “Con eso me basta”, afirma, situándose en terrenos de la nostalgia, en la perspectiva del tiempo. Al final del operativo consigue el gesto: Pablo Escobar lo mira a los ojos (nunca miraba) y le dice: “El negro me contó que usted lo ha manejado todo y que lo hizo muy bien, muy bien”. Así comienza a borrarse todo impedimento moral para la conciencia que asciende en el crimen: con el sistema de premios, como a las fieras de circo. Escobar con su rostro de papada henchida y ojos intensos de aquellos que sólo aman el dinero, sabía enaltecer el espíritu a sus matones, premiar la lealtad: los felicita, como nadie los felicitó en la vida, los remunera, los enaltece, aplaude sus audacias y sus excesos. Pero si dudan, no sirven, y si no sirven, los mata. Popeye, en el relato de infancia, remite a tres recuerdos claves que lo decidieron todo: una maestra que lo reprobaba y le predicó por destino el “camino del mal”. ¿Es imposible prever en los acontecimientos de una infancia aquello que producirá lo bueno o lo malo? Popeye descubrió que era bueno para el crimen cuando ve al primer hombre muerto en su vida y logra soportar sin parpadeos, la visión tremenda de la sangre. Según los siquiatras consultados por Alonso Salazar para su crónica (aquellos que se curtieron en buscar explicaciones para la conciencia del sicario) el único rasgo común a todos es pulso lento y mirada impasible, sin parpadeos. Escobar descubrirá el mismo potencial en la mirada de su lugarteniente. Un día le ordena matar al procurador Carlos M. Hoyos. Popeye lo mata porque en sus manos el jefe ha puesto (y enfatiza) el “prestigio de los extraditables”. El mismo día de aquel asesinato Escobar le ordena llamar a las emisoras nacionales y leer un comunicado a través del cual los narcos se atribuyen el ajusticiamiento del procurador: “por traición a la patria” y luego lo pone a oír su propia representación en el radio: Me pone el transistor donde mi voz se escucha fuerte y clara. Al final termino mi intervención diciendo: “y la guerra continúa”.


Y Pablo escobar: “Oiga, Popeye, yo no le dije que saliera con eso, está usted muy creativo”.
Yo me sonrío, no tanto por el apunte del jefe, como por la consolidación de su admiración y respeto. Definitivamente me convierto en el mejor de sus hombres.

Brillar en el mal, una elección.
Una forma de ascenso social.
(Continúa)
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