Baudelaire, Sartre

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Para M.R. que come vidrio como otros comen pan con mantequilla

No hay genialidad innata. Todos empezamos por mamá, papá, caca y chichí. No hay determinismo, o sólo uno: la desnutrición, que atrofia el desarrollo. Por ende, la pobreza absoluta. El hombre es lo que haga de sí mismo, y será responsable de sus acciones (ante sí mismo y ante los demás). Rehusar de esta responsabilidad, de esta autonomía, conduce a un solo camino: la angustia. Ese es el principio de libertad existencialista, al que adhieren los desadaptados, como yo.
No es patrimonio de Sartre; ya Epicteto, un esclavo liberto a quien su amo le había roto las piernas con una porra, lo predicaba en una calle adyacente al coliseo Romano: “Hay que darle sentido a la propia vida aceptando lo que somos, asumiendo una posición en el Teatro del mundo”. Pero no en el sentido de posición social; tomar posición en el sentido de vocación. Sartre usó la correspondencia de Baudelaire, algunas afirmaciones, fragmentos de poemas y datos sabidos de su biografía (la sífilis, el derroche de una herencia, el rechazo de una clase social, el odio al padrastro, el amor por las putas, su gusto por las realidades alteradas con drogas, el único viaje que hizo en la vida, a Bélgica, sus adhesiones literarias a Poe, a los submundo decadentistas del dandy, etc.) para diseccionarlo con su modelo de sicoanálisis-dialéctico-existencial.

Mente existencial

En La Náusea, Sartre dice que uno deja de ser libre cuando ya no puede hacer lo que quiere. En Baudelaire, Sartre dice que el poeta hizo lo que le dio la gana, que se creó a sí mismo, es decir, que era libre. En El existencialismo es un humanismo, Sartre dice que la libertad y la responsabilidad son las aspiraciones del hombre libre. De modo que los mismos postulados atraviesan las tres obras, como si tratara de hallar una demostración a su filosofía en un personaje literario, un personaje histórico y un concepto. El concepto aplicado a personajes literarios (hipotéticos, imaginarios) se reparte realmente entre los protagonistas de La Náusea que representan dos aspectos fundamentales de la conciencia existencial: Roquetín, el alucinado que odia a la humanidad y vive en el tedio de no hacer nada con su vida, paralizado en el centro de la “mala fe”, y el Autodidacta que se plantea la lectura completa de la biblioteca municipal, esfuerzo y reto absoluto e imposible pero no por ello prescindible, que se hace a sí mismo). En Baudelaire, por otro lado, hallamos los mismos postulados pero encarnados en la figura de un poeta que además fue un personaje histórico y una figura trágica, es decir alguien que estuvo vivo y trascendió, al dejar una obra. En palabras de Sartre, Baudelaire “se hizo a sí mismo”. Es decir que tuvo la vida que se merecía porque fue una conciencia existencial.
La biografía de Baudelaire se puede reducir a unas cuantas pinceladas: nació de la unión entre un anciano de setenta y una muchacha, heredó una modesta fortuna que despilfarró antes de los 30 años, odió hasta la muerte a su padrastro militar, avergonzó a su ascendencia con una vida disoluta, se fue a vivir con una prostituta, escribió libros de poesía, cuento y ensayo considerados heréticos para su época (Las flores del mal fue procesado y censurado en un juicio en que apenas el poeta defendió lo escrito), tradujo a Poe y murió corroído por la sífilis a los cuarenta y cinco años. Estos aspectos se mencionan apenas en el libro de Sartre. Tal parece que no le interesa profundizar en datos biográficos sino buscar correspondencias en textos vitales como cartas y ensayos y testimonios ajenos. Creo que al dejar de lado la poesía, el método de Sartre se desluce por desaprovechar una veta muy fértil para un análisis metafísico, porque si lo que a Sartre le interesa es imaginar los motivos ocultos que llevaron a Baudelaire a ser Baudelaire, sólo lo podría descubrir ahí, en esa poesía a la vez agresiva, contestataria, directa, visceral que se relaciona con las intuiciones, las pesadillas y los recuerdos. Las alusiones a poemas son muy breves y escuetas, se reducen a reafirmar lo que el poeta ya ha dicho para que coincida con lo que Sartre quiere destacar en su argumentación. Esto puede ser asumido como tendencioso en el método de Sartre, pero es innegable que se puede argumentar lo que sea por ese mecanismo de cita-escolio y sostenerlo por cien o mil páginas. Es el mismo método implementado para San Genet: comentar las declaraciones del autor para convertirlas en demostraciones, en hipótesis, argumentos y teorías.

Elecciones tempranas

Lo paradójico, sin embargo, es que las conclusiones de Sartre frisan muchas veces la poesía. Suponía Sartre que la reflexión sobre la belleza elegida por Baudelaire es particular porque es grotesca, porque elude a la naturaleza, apela a los mundos artificiales y a la belleza de los antros y el decadentismo. Para Baudelaire la belleza no es sólo lo sublime, es también lo anormal, lo descompuesto. Simplemente, porque la fealdad es muchas veces más eficaz para sacudir al mundo. El mundo no se sacude con amabilidad. El mundo se sacude lanzándole a la cara su propia vergüenza. Sartre lo nota y le dedica la parte más intensa del ensayo. En su análisis, el cuerpo de Baudelaire, un cuerpo que se descompone en vida, por la sífilis, que amenaza locura y parálisis, se convierte en el atizador de la obra. Porque la angustia de la muerte es angustia de producción. El deseo frenético de escribir encubre en el fondo el miedo a morirse. Baudelaire antes de los 30 años ya lo ha hecho todo, lo ha escrito todo, lo ha decidido todo:
“Este misántropo profesa un humanismo de la creación. Admite 'tres seres respetables: el sacerdote, el guerrero y el poeta. Saber, matar y crear'. Se observará que destrucción y creación constituyen una pareja: en los dos casos hay producción de acontecimientos absolutos; en los dos casos un hombre es por sí solo responsable de un cambio radical en el universo. A esta pareja se opone el saber que nos conduce a la vida contemplativa. No podría indicarse mejor esa complementariedad que unirá siempre para Baudelaire las potencias básicas del espíritu a su lucidez pasiva. Definirá lo humano por la creación, no por la acción. La acción supone un determinismo, inserta su eficacia en la cadena de las causas y de los efectos, obedece a la naturaleza para mandarla, se somete a principios que ha recogido a ciegas y jamás pone en duda su validez. El hombre de acción es el que se interroga sobre los medios y jamás sobre los fines. Nadie más alejado de la acción que Baudelaire. A continuación del párrafo que acabamos de citar, añade: ´los otros hombres son bestias de carga hechos para la cuadra, es decir, para ejercer lo que se llama profesiones´”.

El parásito

Pero ¿quién fue Baudelaire, según Sartre? No queda muy claro. El análisis dialéctico consistía para Sartre en hacer surgir oposiciones, marcarlas, manifestarlas, reducirlas: crisis, oposición y síntesis. En este caso, utilizar una vida para hacer un discurso (la confirmación de una vida existencial). Sartre que criticó a la antropología por utilizar a un hombre como objeto cuando lo estudiaba, y como sujeto cuando requería sostener un fundamento, hace de Baudelaire sujeto cuando especula y objeto cuando Baudelaire afirma un principio personal en una carta. Es decir que cuando la prosa de Baudelaire es el testimonio del acto (odio a mi mamá), Sartre reafirma (odia su mamá). Cuando el testimonio sobre la vida y actitudes de Baudelaire son fuentes ajenas (odiaba a su mamá), supone un por qué (por qué odiaba a su mamá). La pregunta que cabría hacerse entonces para llegar a una humanización de Baudelaire que sirva como imagen de lo que fue y de lo que hizo con su vida, sería plantearse el revés, su negación, su dialéctica: ¿Qué es lo que NO fue Baudelaire? Por las afirmaciones de Sartre es claro que no fue un hombre de acción. No fue un ciudadano respetable. No cumplió las leyes como otro civil de la época las cumpliría. No honró a su padre ni a su madre. No deseó el bien del prójimo. No se rigió por leyes morales, porque fabricó su propia moral. No fue un hombre ecuánime. No eligió profesión alguna. Para Sartre, Baudelaire fue un parásito, en el sentido burgués de “intelectual”. Y es precisamente la pugna entre la sociedad en que vivió y su rebelión vital lo que lo hizo una conciencia existencial:
“Dependiente en cuanto a su trabajo y a su vida material de una sociedad superior e inaccesible que, ociosa y parasitaria, remuneraba su labor con dones caprichosos y sin relación perceptible con la obra hecha, sumido sin embargo por su familia, sus amistades y las modalidades de su vida cotidiana en el seno de una burguesía que había perdido su poder de justificarlo, había comprendido que estaba aparte, en el aire y sin raíces, Ganimedes llevado por las garras del águila; se sentía perpetuamente superior a su medio. Pero después de la Revolución la propia clase burguesa se adueña del poder. Ella, como es lógico, debería conferir al escritor su nueva dignidad. Sólo que esa operación sería posible su este aceptara regresar al seno de la burguesía. Pero no hay posibilidad de que así sea: en primer lugar, doscientos años de favor real le enseñaron a despreciarla; pero sobre todo, parásito de una clase parásita, se habituó a considerarse un letrado, cultivador del pensamiento puro. Si vuelve a su clase, se función se modifica radicalmente: la burguesía, en efecto, si bien es una clase de opresión, no es parasitaria; despoja al obrero, pero trabaja con él; la creación de una obra de arte en el interior de una sociedad burguesa se convierte en una prestación de servicios; el poeta debe ofrecer su talento a su clase, como el ingeniero o abogado; debe ayudarla a adquirir conciencia de sí misma y contribuir a desarrollar los mitos que permitan oprimir al proletariado. A su vez, la sociedad burguesa lo consagrará. Pero el escritor pierde en el cambio: abdica su independencia y renuncia a su superioridad; forma parte de una élite, es cierto. Pero también hay una élite de médicos, una élite de notarios. La jerarquía se constituye en el seno de la clase según la eficacia social; y la corporación de los artistas ocupa un lugar secundario, un poco por encima de la universidad.” (Pg 114-115)

Veinticinco años suicidándose

La fatalidad de la muerte, el sentido de la fatalidad, quiero decir, radica en que podemos elegir todo: el lugar, la hora, podemos creer que la eludimos, a la muerte, mientras cuidamos nuestra alimentación con productos orgánicos y gimnasio, nuestros viajes con aviones, nuestra vejez con jubilaciones, nuestros riesgos con seguros, pero no podemos elegir no morirnos. Baudelaire quiso ejercer desde muy joven el último acto de control sobre su vida: suicidarse. Pero el suicidio duró al menos veinticinco años y no tuvo acto final, muerte a mano propia. Acariciar la idea del suicidio simplemente le servía para tener el destino en sus manos, para seguir viviendo. Un suicidio que duró veinticinco años: los de su etapa creadora. Los veinticinco años que analiza Sartre. Es, sin embargo, el mismo Baudelaire (prólogo a la traducción de Allan Poe), y no Sartre, quien dibujó mejor el repertorio de reglas para estar en el mundo. Dos nada más. A saber: “El ser humano tiene dos derechos fundamentales: el derecho a contradecirse y después a irse.”

Título: Baudelaire
Autor: Jean Paul Sartre
Traducción: Aurora Bernárdez
Editorial: Losada S.A.
Año: 1949
Páginas: 160

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