El procedimiento silencio, Paul Virilio

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Vivo en una casa donde no hay señal de televisión y hay un niño que no comprende muy bien esta protesta doméstica contra la cosificación. Lo suplantamos por un reproductor de DVD y películas clásicas y contemporáneas que compramos por decenas a los piratas del centro. Ayer noté que el niño adelantaba las películas, de manera que a sólo veinte minutos quedaban reducidas películas de dos horas de metraje. Las adelantaba hasta escenas críticas, al in medias res (masacres, peleas, escenas eróticas y el final.) ¿Por qué lo hace? ¿Por protestar contra la descosificación impuesta en el hogar? No. Porque para él el argumento es prescindible. No le importa la estructura dramática, sino los clímax. No acumula, ni recrea en su mente (reciprocidad obligada para completar una historia.) Esto es posible por dos razones: no quiere entender, sino entretenerse; lo que le hace borrar del relato todo lo que haya de acumulativo para complementar la historia, y se queda así sólo con lo que no necesita ser pensado, con lo que le distrae o le impacta porque es explícito. Es posible, además, porque el control remoto le permite adelantar y retroceder a su antojo y cumplir su deseo de distracción. Entonces se suman dos aspectos que median en la contemplación estética del niño: el instrumento y el entretenimiento. Los mismos elementos que median en la contemplación de hoy en prácticamente todos los que nacieron hace una década, en un mundo mediatizado. La verosimilitud, como creía la estética, ya no es la coherencia. Creo que en la actitud de este niño se esconde la nueva mentalidad estética de la era internet, donde delegamos el pensar, sentir, deducir, imaginar, a una máquina, y nos satisfacemos con la escena extrema sin antes ni después. Paul Virilio dice que la estética contemporánea es un enigma. Tengo una amiga escultora, a quien llamaré Dorotea, que le preguntó a una niña: ¿Cómo te parece este cuadro? La niña, indiferente, respondió: Ummm, normal. El cuadro era una reproducción de la Monalisa. ¿Qué necesitaba esa niña para que La Monalisa de Da vinci dejara de ser normal y llamara su atención? Necesitaba lo anómalo.
Paul Virilio, en El procedimiento silencio, tiene dos postulados fundamentales que vale la pena escoliar. El primero es estético: el arte actual y la concentración de obras en un medio que absorbe otros, es el punto axial, la frontera más alta del arte humano. Y cuando todo llega a la cúspide, sólo se puede aumentar, enquistándose; como un tumor, como un carcinoma, que prolifera hasta la hipertrofia. Por eso no habrá más vanguardias, ni posmodernidad, ni after-pop. Después de la cúspide, del non plus ultra, lo que viene es el arte extremo. El cine extremo. El deporte extremo. La medicina extrema. La literatura extrema. Todos aspectos del non plus ultra. ¿Cuál es el plus ultra del porno? El cine Snuff que combina pornografía y crimen como sucedáneos de erotismo y placer. ¿Y el plus ultra de la violencia? Sobran candidatos: las decapitaciones vistas en vivo en Vimeo y Youtube, el medio millón de planos que retransmiten el horror del 11 de septiembre, la india tamaulipa que degüella a un centroamericano con un cuchillo eléctrico. ¿Y el plus ultra del arte? El performance con automutilación. Los museos del horror (Auschwitz, Nagasaki). ¿Y el plus ultra de la ciencia? La clonación; es decir: el advenimiento de la eugenesia nazi, después de que los nazis perdieran la guerra, avalada por las plutodemocracias y las industrias del eje del bien, los que ganaron. ¿Y el plus ultra de la guerra regular? La muerte teledirigida como en un juego de video (ver wikileaks), donde la humanidad del enemigo es un punto brillante en un monitor, la despersonalización total de la guerra con el bombardero a control remoto, la muerte del héroe militar a fin de cuentas. La obsolescencia de un presente imparable donde todo se envejece en un día: el arte, la tecnología, la mercancía, la comida, la ciencia; nuestro mundo. La producción en masa de obras que aspiran a ser arte pero solo son género, mercancía, es el peldaño final. ¿Qué nos queda? La hipertrofia.
El otro concepto de Virilio está desvalorizado: la ética. Vista como un mecanismo de urgente necesidad. Al menos para dilucidar los contenidos, ya que las formas son imposiciones del mercado. Virilio equipara la ética científica con la ética del arte. El artista que abre los espacios del arte a la degradación total, a la promoción del asesinato, al culto de la perversión y de la vejación y de la vileza, está en el mismo nivel del científico que pone su saber al servicio de la destrucción (genética, armamentística, transgénica, farmacéutica, cibernética). Los propagandistas de la ciencia extrema dicen que toda investigación busca el avance y el beneficio de la humanidad. Pero la guerra de patentes entre laboratorios permite que un país muera de sida o de paludismo o de enfermedades curables o susceptibles de hacerse crónicas antes que hacer gratuito un antiviral. El aprendiz de científico es patrocinado, abducido a través de becas a países que sí estimulan el saber científico, subvencionados de por vida y obligados a ceder los hallazgos a la empresa o el gobierno que pagó la investigación, no a la humanidad. El saber científico no beneficia entonces a la humanidad. Y el arte ya no existe.
Estética y ética se degradan en ésta, era de la información, dictadura de la ciencia: censura, libertad y límites del conocimiento. Los propagandistas de la ciencia y los artistas extremos enarbolan siempre la libertad de investigación y la libertad de expresión cuando aparece alguna forma de reproche a sus proyectos extremos. Los defensores de la libertad total del hombre creen que el problema se resuelve declarando la libertad de expresión e investigación por encima de toda ética y política y estética. Pero eso no hace más que propagar una defensa pueril del envilecimiento disfrazado de libertad de esxpresió. Ante una película Snuff censurada en España el crítico dice que la había visto y que había salido sintiéndose agredido por las escenas (que incluyen la violación de una embarazada en el momento del alumbramiento y la violación del recién nacido y el asesinato de los dos) pero destaca la excelencia de su producción, la cristalina iluminación y la impoluta puesta en escena, y concluye, finalmente, que no se debe prohibir, por la buena salud de la libertad de expresión. El verdadero arte no puede avalar el crimen ni la vejación. Y una crítica ética, tampoco. Lo que muestra el cine Snuff no es arte, sino abyección, brutalidad absurda, que se hace para envilecer, no para provocar un pensamiento crítico. Los que hacen cine Snuff deben ser vetados, y su público también. Esa, al menos, parece ser la sugerencia de Virilio.
La pregunta ética y estética que se abre ante la visión desesperanzada de un arte que es perecedero, que apela al crimen y a la pornografía para captar la atención, un arte llamado arte sólo por imposición de las plataformas mediáticas (pero que está cada vez más lejos del acto creador) es: ¿qué puede hacer un artista en un mundo que vende la idea de que todo ha sido expresado ya?
El artista se plantea alternativas: como ya no puede haber creación, hay que unir una sarta de gustos archiprobados. Los gustos son determinados por analistas del consumo. El consumo orienta la recreación para activar la creación. Paradoja: no hay creación. Hay un público ávido, insensibilizado, desnaturalizado, deshumanizado y unos mercaderes que conducen los consumos. Bajo esta norma imperativa se envilece el artista que quiera ser advertido. A su público potencial, ya no lo conmueve un argumento dramático. Ni siquiera el melodramático. Lo mueve el clímax de acción (la matanza directa, el close up de la penetración). El escritor se pregunta: ¿entonces sólo quieren sangre? Y sangre tienen, tres mil litros de ketchup en la masacre de la primera escena. El performista se corta el miembro viril ante una multitud que lo observa sin perder el aliento. El bailarín crea movimientos de dislocación que elevan su arte a un punto cúspide. ¿Quieren pistilos, estambres, secciones de realidad? El cineasta inmiscuye sexo en vivo o muerte simulada, que se convertirá en performances de sexo en vivo y muerte en vivo en los teatros bestiales del barrio Santa fé, de Bogotá, en los Cabaret del norte de México o los laberintos de Chuking Express, en Hong Kong (y en los cubículos de internet). Si el libro, o la película, saturadas de crimen y pornografía, llamadas a estas alturas “la obra”, reciben críticas y proscripciones, se invocará la libertad de expresión. Pero la libertad de expresión no opera cuando atenta contra la humanidad, contra la integridad de los demás, cuando llama al asesinato o a la degradación o al exterminio, porque lo que expresa no es arte, sino delito; y no sensibiliza, anestesia. La idea que subyace (no es una afirmación) pero sí una sugerencia de Virilio, es que el arte, en el fluir vertiginoso de este presente infinito donde las obras, los artefactos y todas las manifestaciones del conocimiento se envejecen en un día, ha dejado de existir. De todas las obras producidas en género, no se extrae hoy una obra maestra. Para Virilio, todos los caminos del arte están clausurados.
El procedimiento silencio de Virilio es un planteamiento ético y estético para vanguardistas extraviados. Pero se le escapan a Virilio al menos dos cosas: la ética de los espectadores, de los consumidores, de los promotores, de los gobiernos, de los empresarios bélicos, de los farmaceutas, debe sumarse (exigirse) tanto más, o igual, a como se invoca la ética de los artistas y la de los científicos en ésta era. Si la suma de éticas, juntas, sólo arrojan una hipertrofia; los humanos (la especie, el arte, su ciencia), están en declive. El arte, por otro lado, siempre ha tenido las puertas abiertas a los temas más incómodos de la sociedad (la violencia, el incesto, la perversión). ¿Hay algo más violento que la Judith cercenando la cabeza de Holofernes en un Caravaggio, o los fusilados de Goya? ¿Algo más visceral que las minuciosas descripciones con que Homero describe las heridas de sus guerreros en Iliada? El arte no se mide por la producción en masa de obras (y proliferación siempre ha habido, directamente proporcional al número de la especie), ni por el rédito que éstas arrojan (recientemente le pagaron a Botero un millón de dólares por una gorda en Nueva York; a Van Goth nunca le compraron un cuadro); el arte se mide por la obra de los que mejor re-significaron su época. Las obras que mejor significaron esta época, las obras maestras de este presente que supone Virilio eternizado por una tecnología incesante, aun están por dimensionarse, por descubrirse, y en el mejor de los casos, en gestación.
Lo mismo en literatura, como en ciencia.

Pero si un travesti que se viste con girones de carne cruda es la estrella de la música en el mundo (Lady Gaga) sobran las razones para la desesperanza.
Se entiende.

El procedimiento silencio, Paul Virilio, Paidos. 2003

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Maneki-Neco

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